cartas

6 oct. 2012


ENCUENTRO CERCANO CON LA PIBA QUE BESA A TODOS
pero no se acuesta con ninguno


Apareciste toda rota y arrastrando una secuencia muy peligrosa, haciendo que fuera un juego de chicos toda mi mafia, despreocupada y entregada a tu aura, que era del mismo color que la electricidad,
dijiste con voz gastada, como quien no quiere la cosa, que entregar cartas era divertido, que era como estar por afuera de algo, pero vivirlo,
“es como pagar la entrada para una peli que nunca vas a mirar”,
guiño cómplice y el humo remarcando lo que era necesario remarcar
“no sé por qué vine ni cómo supe la hora”, te dije, esperando que no se notara que las balas eran de plástico, que las heridas estaban dibujadas con labial,
quise esconderme un poco más en las sombras, pero estaba congelado, como se debe congelar el azar,
cada vez que un renglón anticipa a una musa, dándole color,
vida
forma
una razón,
cada vez que una musa predice un renglón, con claridad,
verano 
mi mejor amigo
sin edad,
cada vez que funciona la metáfora
o cuando deja de funcionar
y ya no queda mucho rastro en la ciudad,
que se hace pueblo fantasma,
ruinas,
cenizas,
un adorno para llevar,
la tiendita de un mal adivino que no para de tomar, que grita imaginando que un satélite lo capta, soñando con la idea de que alguien lo quiera escuchar, 
disfrazando esperanzas con paranoias,
para nunca admitir la derrota,
cuando a la carpa se la lleve el huracán;
y masticaste con más furia tu chicle:
“lo importante es que estás acá”,
y supuse que las facciones de demonio eran por culpa de mi auto, a mi espalda, que no te dejaba de alumbrar,
del mismo modo que tus luces me cegaban,
y más allá de nuestros resplandores la oscuridad total, 
la nada,
como si fuéramos intrusos dentro de la sombra que otro proyectaba,
allá, en otra inmensidad:
un pibe recostado, escribiendo cuentos en un bar,
una mina drogaba recitando a Zambayonny, sin parar,
en una casa que bien podría haber estado abandonada: secuela de una peli de terror que de movida era mala,
que por eso era tan buena,
que nunca pudiste volver a sintonizar,
“lo importante es que me asusta no saber regresar”, respondí con una voz que venía de otro planeta,
con una voz que yo no pude escuchar,
porque yo ocurría, 
pero no estaba en mi lugar,
por eso que pude ver tu sonrisa desde todos los lugares posibles, en planos que ni podrías imaginar:
somos un recorte constante,
una tijera sin filo,
y las sobras que siempre caen, 
en pos de dibujar un contorno más ajustado, más ilustrativo, más real,
tanto que nos olvidamos que la realidad es sólo el fragmento de la noticia que es primera plana en los callejones de la nostalgia y la soledad,
porque miramos para atrás
y no hay otro modo de mirar.
Sacaste el sobre no sé de dónde y no dudé en aceptar,
después de todo, los regalos no abundan 
por muy regalada que estuviera mi integridad;
se rozaron nuestros dedos y las decisiones se activaron en una carrera veloz y eficaz,
fichas de un dominó en consecuencia,
el pasado cuerpo a tierra,
casi sin respirar,
escapando a los tentáculos del enemigo:
un yo y un vos que sí nos conocimos,
que tuvimos los mismos amigos
envejecidos,
un consuelo benigno para el corazón,
ya roto y adicto,
entero en la comunión;
nos separamos como en un chispazo
y tuve ganas de gritarte, de escupirte, de tirarte de los pelos,
para que me putearas, con golpes bajos,
con hijadeputez bestial,
para ya no poderte perdonar;
volvimos a nuestros respectivos vehículos, 
sin abandonar,
jamas,
la sospecha, la duda, el escalofrío mágico de la libertad,
siempre camuflada,
intuída,
aproximada
una despedida sin palabras,
y saco la carta, mientras te alejás, 
mientras tu figura desgarbada ya se borra de mi mente gracias a la resaca que me acabo de inventar,
hoy es mañana
y viceversa,
ya te vas a enterar,
para quedar más confundida,
como confundido me dejan las líneas
que aseguran, entre otras cosas,
que las venas siguen largas,
que hoy,
otra vez,
no me voy a matar.

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