final

9 oct. 2012




[Que no haya seguido no significa que tarde o temprano no quiera seguir, así que dejo éste preámbulo para que ustedes creen los universos alternativos y todo lo que sucederá... Ojalá creen una buena historia y espero que me hagan conocer el destino de mis personajes cuando encuentren un final]

Se llama: CUANDO LEÉS UN CUENTO SIN FINAL TE TRANSFORMAS EN EL FANTASMA DE UNA FICCIÓN. Y dice así:

Caminábamos con paso torpe, chocándonos con intermitencia, suspirando alto, pasándonos el último pucho, que estaba torcido y medio aplastado. 
Estaba tan triste que por momentos tenía que contener una sonrisa, Esteban estaba peor. En todos los sentidos.
Se me ocurrió que sus ojos, tan duros en el camino, tenían la misma convicción que cuando teníamos doce años y jugábamos a buscar extraterrestres en el cuarto de herramientas de la casa de sus padres. Ese que estaba al fondo del fondo. Ese tipo de lugar poco iluminado, sucio, lleno de polvo y atiborrado de porquerías que siempre esconde monstruos, fantasmas y el interruptor para volver inmortal un momento determinado. 
El segundo del presente se queda estático,
así, abriendo el mueble que no había que abrir.
Esa clase de lugar tan irresistible cuando tenés doce, cuando creer depende de vos, sin amenazas ni sobornos; cuando sos el respirador artificial que mantiene con vida (inestable, inestable, inestable… 
todo se vuelve inestable)
a tu amigo imaginario; cuando sufrís el accidente. 
Porque siempre hay un accidente, uno que deja marcas.
El mío me dejó una fea cicatriz en la rodilla, y una consecuente renguera los días húmedos. Eso y un beso (con rimel rojo) en el corazón.
Caminábamos con paso torpe, rumbo a la plaza dónde nos habíamos emborrachado por primera vez, con una ouija bajo el brazo.
Dos adultos.
Superpuestos. 
Éramos todos los acontecimientos que nos habían llevado a ESE acontecimiento. Éramos todo lo que seríamos después, dejando el sol que se moría a nuestras espaldas, en calles vacías, con ventanas desde las cuales nadie nos saludaba.
Desde donde ni siquiera nos espiaban.
Éramos nosotros y, quizás, no existíamos.
Rotos y épicos.
El humo se escapó entre mis dientes y pensé en papá, mirándome, cuando yo no necesitaba saber pero era aleccionado de modo diario.
-El mundo estaba lleno de ingenuidad… -solté, con la risa a flor de piel y un escalofrío en la espalda-. Y parecía tan mala leche… era ingenuidad pura.
No me miró, pero asintió. 
-Se trata de entender que papá, alguna vez, también se sintió así, ¿no?
Se me llenaron los ojos de lágrimas, con una exquisita gratitud.
Le pasé a Esteban el cigarro.
Miré al frente. 
Me vi, de espaldas. 
Apreté los puños.
Mis manos volvían a ser pequeñas, como cuando apretaba la taza, las mañanas con náuseas, los ojos doloridos de haber dormido poco o haber leído de más, escuchando historias sobre el oficio, las obligaciones y todo lo de-más. 
Escuchando, entre líneas, un chiste, un guiño de ojos, un “no me tomes en serio”.
Había un misterio que resolver. 
Luego, el misterio empieza a resolverte.
Y un humo espeso, 
entre una cosa 
y la otra.

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