(limes)

2 sept. 2012


IMAGINÉ LO PEOR


Se cae a pedazos, y cada ladrillo levanta polvo, resuena, grita mi nombre, y el de mis amigos, amenaza, con impotencia, furioso, y asusta, a pesar de todo. Las chapas levantan un eco más agudo, como si hubiera truenos, como si campanas deformes intentaran cantar, como si pájaros mutantes no se pusieran de acuerdo en el himno, como si la electricidad tuviera voz. Las llamas bailan sobre las velas, 
extasiadas, de un lado a otro, con un seductor y epiléptico movimiento de caderas, con una brutalidad sensual, como adolescentes pasados de pastis, en una fiesta con otros adolescentes, brazos al aire, anteojos oscuros, cuerpos pegados, sudor, erección y ausencia de corpiños, hipnosis musical. Las llamas son el espasmo que vas a sentir cuando la muerte entre en tu cuerpo; las llamas son la máxima expresión de vida, porque producen sombras, que, a contraposición, se sincronizan de modo pendular, casi en cámara lenta, convirtiendo la melodía invisible e implícita que llena la situación de una textura más profunda y pronunciada, un desnivel, un túnel de espejos, una casita del terror particularmente buena, una que realmente te haga preguntarte lo único que es importante preguntar: “¿voy a conseguir salir alguna vez?”.
Se cae a pedazos, como se cae una porción de nosotros, y cada segundo desde el primer gran paso de la última gran decisión muta en pantano, arena movediza, una cinta de correr.
-¿Cuándo dejamos de ser lo que éramos? –pregunta alguien a mi derecha. 
Creo conocerlo de otro tiempo. Creo que era mi mejor amigo.
-¿Cuándo va a dejar de ser importante esto? –pregunta alguien a mi izquierda.
Creo que nunca lo conocí. Creo que siento empatía. 
Creo que ya nunca podría conocer a nadie, del mismo modo que estoy seguro de que es imposible no conocer a alguien, y de pronto mis brazos extendidos ya no son dos, 
son miles / miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ miles/ 
(limes)
y en mis dedos los dedos de otro, de otros, de todos. Siento como mi gota de sudor se unifica con otra gota de sudor, que no me pertenece, y siento que la comunicación es mucho más compleja de lo que hubiera podido imaginar. 
De pronto siento algo de pudor, porque sé que dije más de lo que había previsto.
Un pensamiento me invade, pero no puedo abrir la boca: 
-Vivir es decir cada vez menos, por mucho que creamos que hay más para decir, vivir es ir callando el discurso definitivo, en pos de las palabras justas, el conjuro, el trabalenguas que desate las carcajadas en el patio del colegio, las primeras palabras de un bebé, que juega solo en la oscuridad de su habitación, con pupilas que lo observan, hambrientas, expectantes, desde los rincones, deseosos de acariciar. 
A pesar de que nadie formula la pregunta el viento trae una respuesta: 
soy un fantasma
soy un accidente
soy vos, pero nunca llegué a tu edad
te moriste antes
estás muerto
hablando con un vivo
y lo que escucho en mi cabeza no es lo que escuchan los demás- pero sí- y empiezo a imaginar esta posibe no-vida, con la culpa puesta en el alcohol (después de todo es la primera vez que nos emborrachamos) o en las drogas (después de todo nunca nos había pegado tanto) o en la inocente ingenuidad (después de todo es la primera vez que nos animamos), con un fractal angustiado, donde la imagen se repite, cada vez con más minuciosidad, donde sólo cambia la lente y el enfoque, donde no cambia la mirada, jamás; donde todo, siempre, será ésta noche, ésta hora (12: 03), éste derrumbe, hasta que la alucinación se consuma a si misma, hasta que una de las pesadas columnas nos devore y agonizantes en una cama de hospital, a los ochenta años, descubramos que nunca salimos de esa fábrica abandonada,
que nunca estuvimos llorando en habitaciones vacías,
que los funerales fueron una pesadilla,
que cruzarnos por la calle y no saludarnos fue una paranoia, 
que sentir que llamarte para tirarnos al piso y hablar era una estupidez sólo fue una mala historia escrita en un momento de susceptibilidad,
que nunca 
(nunca.nunca.nunca)
nos soltaron las manos.
Si logramos salir del trance,
¿me mirarías a los ojos?
¿verías las arrugas de mi interior por mucho que mi rostro siga siendo el de un niño asustado?
¿verías?
caemos
a 
pe-
da-
zos

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