final-mente

18 sept. 2012


Una vez escribí un guión donde el malo se llamaba Gatrachele


Todos corremos, detrás del polvo perfecto, soñando con el momento de la bella traición:
-Avisame cuando estés por acabar…
-Sí, vos chupá…
Y sonreír, con los ojos cerrados, dedicándole cada pulso, cada violento palpitar, cada eco en la cien, a la forra que te enseñó catequesis, con cara de demente, perfumes pasados de época y una fascinación por la palabra “satán”; 
o a la minita que te dijo que no
 quería saber nada con vos, aún antes de que se te ocurriera que podías querer tener algo con ella;
o a esa piba tetona, con la que jugaste el verso de la amistad y el no me calentás;
o a la conchuda que negó, con desaprobación, garabateó una receta y concluyó: “si seguís tomando te vas a matar”;
o a la chica de ojos grandes, piercing perfecto, mochila de Ramones, auriculares del futuro, esa que apenas te miró, 
esa que el bondi se llevó
(sí, también es para vos);
o a la vieja que sale todas las mañanas a cascotear a los gatos que rompen las bolsas de basura, como si no fuera más fácil dejar de madrugar
(¿somos adictos
a
la 
obsesión?); 
o a la señora bien que atiende la almacén, la que seguro ya no garcha, pero tiene cara de haber garchado, 
a lo bestia
un montón;
o a la boluda que dice cosas que sos incapaz de memorizar, porque es como si no dijera nada, porque cada frase combina, a la perfección, con su remera, los zapatos, el pantalón,
y te mareás,
y te preguntás cuántos mundos puede esconder un placard,
y estás seguro que son muchos más que los que esa peli mala te hizo sospechar;
o a la madre de algún conocido, porque es como dedicarle una puteada a mamá,
porque es decirle a la continuidad
que lo que engendra muere,
que lo único vivo
es la vida
y lo que podés dar;
o a la camarera extranjera que te miró sin entender, sin disimular, 
porque de pronto tus palabras fueron esa cosa absurda que nunca tendrían que haber dejado de ser
(perdón… yo no entendió);
o a la mujer inexistente -trampa, ritual-, la del almanaque de la perversión, la del verano con temblores, el abismo, la salvación
(qué lejos puede estar el terror);
o al cartel que te robó el corazón, porque entendiste que siempre fue una cámara, distorsionando todo, 
un trabajo más,
y las ganas de regresar
tan iguales a las tuyas
y tus ganas
de
llorar;
o, ¿por qué no?
(¿por qué no?
¿POR QUÉ NO?)
al presente, tan hipócrita,
tan pasado,
tanto pasar,
tan futuro
sin novedad
.
.
.
vaciarte, como si la consecuencia ya no formara parte del discurso
como si el instante fuera lo único
de 
verdad,
como las ansias del mejor polvo
como el polvo
de 
la 
ansiedad
.
.
.
Finalmente
No
Avisar.

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