la mafia de la ilusión

24 sept. 2012


YO NO VI NADA SI USTED NO VIO NADA


Sigue camino, se tambalea, tropieza, se agarra de la sombra de un mítico héroe, inmortalizado luego del estallido nuclear, el mismo que no distinguió entre justicieros y villanos, el más puro de todos los besos, el ocaso más hermoso, que alguien, de seguro, pudo disfrutar, quizás con una fotografía causal o un beso, todo anexado en el campo de la casualidad, para que ocurriera lo demás, porque los engranajes son preciosos, valiosos, íntimos y siempre relucientes, en el óxido que les otorga la atemporalidad necesaria, para que nunca envejezcan, para que el génesis sea una broma:
“Qué pajero de mierda…”, susurra, escupiendo a su sostén, sin sospechar que toda extensión de oscuridad te pertenece cuando la luna aúlla y canta a los lobos, cuando las tumbas salen de los muertos, cuando las escobas vuelan en brujas, cuando sucede
lo
inevitable
que resulta
impredecible;
se aleja, por callejones llenos de charcos multicolores de inexacta profundidad, quizás el agujero negro, quizás el túnel que el gusano cavó al salir de la manzana, quizás la herida que la bala dejó al recorrer tu cerebro, creando la nueva ruta, directo a las vacaciones, quizás el subte, con los monstruos vestidos de traje, madrugando, desesperanzados, preguntándose cuándo dejaron de ser adultos, para ser niños, cobardes, con sueños tan, tan, tan absurdos, quizás el recorrido del telescopio que une las ganas de pegarse un tiro y los domingos tardíos, quizás el pozo en el que la mafia de la ilusión oculta otro crimen, nada premeditado, impulsivo, pasional
caótico
como todo 
como nada 
más;
quizás la intimidad de una muñeca inflable, ya floja y desgastada, a la que alguien bautizó “Esperanza”;
se pierde, en un follaje de no-espacios, en una ruta fantasma, repleta de gritos, como bocinazos, de autos que nunca llegaron a destino, en un laberinto de vidrieras espejadas, que nos muestran superpuestos, con todo lo que nos tienta, o que nos roba,
todo
lo 
que 
nos devora,
en una melodía de terror, como si el clímax no dejará de suceder (jamás), como si el final estuviera agazapado, con una sonrisa feliz, esperando el momento adecuado (cercano) de saltar y decir “¡sorpresa!”, con acordes que son pisadas que se traducen en asesinos que marchan en línea y en el rincón más “mal viaje” del cosmos, hacia su primer víctima, porque la tragedia, 
la muerte,
la maldad,
es el dios, eterno, el momento que no dejó de suceder,
que sucede
sin 
poder
no
suceder
pero cuyos extremos no dejan de gravitarse, en el equilibrio más absoluto:
la estúpida 
y 
perfecta
repetición:
se acecha.
se escapa.
se alcanza.
se mata…
defendiéndose,
sin nada
para confesar.

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