sinpastis

16 abr. 2012


LAS PÁGINAS ARRANCADAS
[el día que robé en la biblioteca no me sentí mal]


La muerte, la noche, las estrellas y los libros que quedaron callados, con el olvido de la madrugada, con la apertura de otra dimensión, a otro lugar, el mismo de siempre: vivir un día, tras otro, hasta que pierde sentido, hasta que se vuelve matemáticas, hasta que hacer la tarea lastima, hasta que pedís faltar, con fiebre de verdad o fiebre de mentira, hasta hacerte la rata y descubrir que afuera no había nada, que lo que fue, terminó, que lo ansiado envejece, casi tanto como vos, y los sueños no perduran porque también llevan un calendario atado al cuello y un par de agujas desgarrando la piel, en ambas direcciones, haciendo que nieve sobre los amaneceres de toda esa escena mil veces ensayada, tan pasada de moda, ya sin emoción, contundente pero de cartón, con el decorado demasiado decorado y la basura asomando, los cadáveres sonriendo, como zombies deprimidos, sin pastis, tendiendo la mano, vendiéndote boletos para un parque de diversiones que se cae a pedazos, cargado de fantasmas, agonizante, chirriante y lleno de estática, igual que tus auriculares, que se vuelven uno con vos y te hablan de drogas tecnológicas y de salón, de los afiches de esa época en la que empezaste a dejar pasar, los graffitis de esas bandas, cuando la rebeldía empezaba a ser un arma de doble filo, un deporte medio pelotudo en una olimpiada demasiado planificada, sin medallas ni fuegos artificiales, pero con un constante desafío: el de competir, por algo, por alguien, por cualquier cosa que fuera un poco estúpida, para que nadie se asuste, como se asustan tus pasos al no poder recorrer de memoria el camino a casa, con esa frustración tan típica de las aulas, con la mirada de todos clavadas, con temor a que el adulto, tan lejano, niegue, con temor a que el compañero de banco se ría, con temor a pasar desapercibido por esa piba, que no te importa pero está buena, como las tardes con ventanas cerradas, como cerradas están ahora las plazas, convertidas en cenizas, ya sin la aventura, sin el pensamiento feliz de que serían selva si nadie las cuidara, pero las cuidaron lo suficiente, para que significaran lo que debían significar, después quedó el teatro en desuso, un pueblo vacío, que no dejamos de llenar, con ecos, con nombres que inventamos, después de olvidar las sílabas que de otro modo repetirías hasta llorar, llorar y llorar, como una lluvia insuficiente y perfecta, como la metida de pata, como las poesías del límite, como la chance de ignorar que el apocalipsis no es uno y siempre es más, como la muerte, la noche, las estrellas y los libros que quedaron callados
y
sin
piedad.

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