la obra de teatro de quinto grado

5 abr. 2012

¿Qué hay entre una Eternidad
y otra?



Me voy con la bolsa colgando del hombro, jugando a que nunca bajé del escenario de la obra de quinto grado, cuando era negro y vendía velas, cuando estaba descalzo y la ropa era rota, cuando ser otro no era una exageración, ni un ritual casi de apareamiento; cuando era demasiado simple salir por ahí a mentir, 
sin saber lo que significaba mentir.
Me voy con un moretón grande, que casi me cubre la cara, como si nunca me hubiera levantado del asfalto el día que casi me mato con la bici por aceptar una apuesta muy estúpida, como las que no dejé de perder, como las que me crearon una adicción a redoblar, para dar la mano y confiar, en querer ser más, en odiar, en llorar, en desesperar, en volver a intentar. 
Me voy con las manos gastadas, como si la única pelea hubiera sido la del patio del colegio, cuando mi enemigo me salvó de morir aplastado por un tanque dos cursos mayor, el del acné, que luego tuve yo, sin convertirme en el malo, pero llenando otro otro prototipo, otra idea trillada y comercial.
Me voy con el paso lento, asumiendo que nunca dejo de irme de tu casa, la vez que seguro me decías que sí, si no hubiera esperado, jurado, APOSTADO, que nunca iba a terminar, que nunca iba a ser victima de mi propia fantasía, de desgracia y destrucción.
Me voy con los hilos cortados, el celular destrozado, las cartas vacías, como si el fuego del cerebro nunca se hubiera apagado, como si seguiría ardiendo por las calles desnudas, en las madrugadas solitarias, igual al meteorito que una y otra vez nos amenazó.
Meteorito de mierda
la puta madre que te parió.
Me voy, con lentes negros, rumbo al sol, imaginando a las personas que nunca volví a llamar, besándolas, en secreto, dándoles las gracias, llorando, riendo, 
transpirar
y amar.
Me voy repetido, rumbo al próximo pueblo que voy a abandonar,
Me voy, 
repetido.
Y ya no soy el mismo:
Otra eternidad.

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