o está escondida

16 jun. 2012


EL MELODRAMA DE ROMPER CENICEROS CONTRA LA PARED


Cae la pared que sostiene la integridad,
el diálogo,
la sonrisa ingenua,
para que las ruinas brillen, con fuerza, 
una noche de tormenta,
con truenos que juegan a ser el eco del último portazo,
que fue silencioso,
infimo,
tímido 
e íntimo,
pero que crece, con paso firme, seguro de si mismo,
“¿qué querés ser cuando seas grande, pequeño golpe?”
“quiero ser el había una vez, de otro hogar…”
Y aplaudo la respuesta, tirándole con todo lo que me rodea, porque si se van los cuadros no me sirven los adornos; 
sin los adornos las cortinas no combinan, 
como deja de combinar la lámpara, los discos, los libros, la tele… 
¿para qué mierda quiero un florero?
Entra el viento,
los sonidos, 
el aullido de rituales lejanos, 
el resplandor que seguro alguien pintó para una escena que no me pertenece,
porque el rebote es lo único que persiste,
mientras mi escenografía se degrada,
se vuelve ficción,
inhabitable,
un lindo sitio
para recordar:
“¿te acordás cuándo jugábamos a romper, 
a gritar hasta doler?”
“sí… me acuerdo
de cada
rincón”
Y levanto el piso de la cocina, buscando los fósiles,
buscando la vida anterior,
deseoso de entender que ya estuve
y que voy a volver a estar,
ansioso por olvidar,
por correr los muebles de lugar,
para que la función no se repita,
para que no me reconozcas,
para decirte, al llegar el momento, 
que los marcos de las ventanas, 
los azulejos,
los zócalos,
son un reciclaje, 
porque de eso trabaja la gente que no ves:
construir a tu alrededor, 
todas las sorpresas
y la pronta,
inevitable,
decepción,
que se esconde
(o está escondida)
en la fascinación,
por la hermosa,
pura,
fresca,
destrucción.

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