profanía

20 ago. 2012


HOLA, DRAMA...


Van a profanar mi tumba, cuando sólo sea huesos, y van a usar mi calavera para invocar a ese personaje que creé borracho, el mismo que me mató, para dejar de existir, para detener el tiempo, para ganar una batalla que nadie había desatado, pero que se comía los segundos, los pasos, los mundos, por la inercia de exigirle palabras a la nada, de seguir contando, un poco más, lo suficiente, como para 
ir a dormir con una pregunta, un latido, un poco de vida, un pulso de paz. 
Mis cuencas vacías serán la cuna de papeles arrugados, de bollos inciertos, de posibilidades muertas, de universos estallados, de Apocalipsis en miniatura o infinitos, envoltorios 
(¿cuánto vamos a tardar en destruirnos, sin querer, al borrar la línea incorrecta?);
mis dientes van a ser arrancados, para dibujar la inicial del asesino, para representar el grito, el llamado, la obediencia primordial: obra/autor (y viceversa); 
van a dibujar conejos en mi cráneo, con pinceles gastados, sabios, soberanos: voy a conocer el mundo, desde cero, intuyendo el conocimiento previo, en dos niveles activado, brillante,
oscuro,
poeta,
maldito:
van a golpear la puerta y el viento va a enfriar las telas, las luces van a opacarse, como queriendo esconderse, los sonidos van a estallar, convirtiéndose en el eco de lo que representaban, hasta empezar a perderse, hasta quedar diseccionados, hasta unirse, hasta que las sílabas se escalonen y suenen en secuencia:
y quizás diga: “abrí la puerta”, 
o “yo te escribí todo este tiempo”/
“no soy real”/
“mañana todo esto será un error”/
“mañana no existe”/
“¿quién cuenta la historia de los nombres borrados?”;
vas a vengarme, y vas a ser yo, en esa noche de fuego, bautismo-chamán, cuando desperté temblando, con los ojos ya nunca iguales, desdoblados, para siempre, ciegos y expectantes, el día que descubrí la pesadilla, o la pesadilla me descubrió, cuando nos sentamos, con una hoguera separándonos, en un desierto del pasado, del futuro, interminable:
“hola, esto es el Drama”
“hola, Drama, éste soy yo”;
vas a estar en mis zapatos el día que corrí feliz, porque había dicho una mentira, porque nadie era cómplice, porque era libre, porque tenía un secreto; del mismo modo que vas a estar en mis zapatos, el séptimo día, cuando la ficción se hizo real:
“la profesora tuvo un accidente, no tenés clases”,
y vas a tener que explicar por qué no salís a festejar, por qué se te pone la piel con escamas, por qué pierden color tus mejillas, tus dientes, tu pelo, tus pupilas,
lavadas,
descubiertas,
culpable de sentirte culpable, inocente en la búsqueda de ser el perfecto espectador: 
poder comprar golosinas, disfrutarlo, tensionarme y entender, sentir una brutal empatía, reír y llorar, nunca poder predecir, aún prediciéndolo, el épico final;
vas a ser mi reflejo el día que me miré en un espejo y supe que si quería conocer lo que había a mi espalda tenía que correr, y ya no verme… Vi (vas a ver) mis dudas, genuinas, puras, de verdad: ¿y si cuando me giro mi reflejo no se gira y me ve mientras me alejo? ¿y si intenta saludarme y nunca me doy cuenta del corazón partido, los sueños frustrados?;
vas a estar sentado en ese bar, esa noche, en aquel barrio (todo lo que debería quedarse se va), y vas a mirar los rostros en las otras mesas, o en la barra, y vas a darte cuenta de que en definitiva todos podemos sentir al otro y es lo único que nos hace iguales, enteros en cada fracción de la maqueta rota, aplastada, por un capricho, pero con pasión
“Todos podemos sentirnos”,
una buena historia para contar, en tercera persona del singular, a veces disfrazada, de primera del plural;
vas a entender la importancia que tiene pararse entre mi futuro y mi perdición, vas a entender que girar el picaporte puede significar una revelación;
vas a entender que quizás sólo fui un señuelo, 
que el asesino me escribió,
para encontrarte,
y decirte
que va a dejar de escribir,
para que nadie presencie el crimen,
el más efectivo,
Vivir
Con fuerza
VIVIR.

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