entiendo

15 ago. 2012


Y la madrugada gana por goleada. 
Pero a mi me basta con un Sol



Llenó la copa y la deslizó por la mesa, con una sonrisa entre estúpida y sensual.
-Y pensar que en algún lugar, en alguna sesión de espiritismo, la copa está pasando de letra a letra…
La idea me resultó atractiva. Más atractiva que sus ojos, que bailaban con violencia, imposibles de seguir. Se escapaba, otra vez.
Brindamos. 
-Es injusto –dije, después de pensarlo un rato- Si no puedo ver de qué le
tra a qué letra muevo mi copa es injusto. Nunca podría saber lo que estoy diciendo… 
-Lo que vas a decir…
-Bueno, sí, eso: lo que voy a decir… ¿Qué voy a decir?
Se aproximó un poco, estudiándome, entrecerrando los ojos de pronto, como si dejara de conocerme.
-Nunca vas a saber lo que dijiste… 
-Lo que voy a decir –corregí.
-No. Ya lo dijiste. Lo dijiste mañana, cuando estés muerto… que es estar vivo, pero diferente.
-¿Diferente?
-Claro. Es estar vivo, sabiendo que dejaste de estar vivo.
Bajé la vista y jugué con mi copa, moviéndola de un lado a otro.
-Nadie nunca te puede entender, es eso, ¿no? 
-No. Siempre vas a estar emborrachándote. Como cuando te quisiste comunicar con espíritus la primera vez… ¿Te divertiste?
Recordé el temor, la euforia, la noche, las ganas de que algo se rompiera, se quebrara; de que todo, por fin, resultara contundente: el fantasma liberado.
-Sí. Fue divertido.
-¿Y cuál fue el mensaje?
Tragué saliva, pensando, con algo de punzante dolor, que yo, alguna vez, había tenia la mejor-peor idea de todas. 
-Nunca me imaginé que todo iba a cambiar…
-Pero lo sabías, ¿no?
Temblé. El vino se derramó. Me llevé el cristal a los labios, para disimular. Mi estómago se anudó, con un raro eco de felicidad.
-Sí. 
-¿Y cuál fue el mensaje? –repitió, implacable. Vació su copa. La giró: boca abajo, sobre el mantel.
(Las sombras. ¿Te diste cuenta de que las sombras son iguales en todos los hogares? Podría haber estado en cualquier lugar. Estaba en cualquier lugar)
-No sé. No tuvo sentido. Fueron letras, al azar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, se detuvieron, por unos segundos. Mis pupilas se reflejaron en las suyas. Me hundí en mi yo reflejado y, luego de apurar el último trago, también giré mi copa. La deslicé hacia ella. 
-Nunca entendemos porque los muertos no quieren hablar con nosotros. No les interesa. Hablan entre ellos… se sienten solos.
Su copa terminó en mis manos. 
-Entonces, ¿qué dije? ¿qué digo? ¿qué voy a decir?
-Que no entendés. 
-Pero… No entiendo.
Dejamos de mirarnos. Su dedo sobre mi copa. El mío sobre la suya. 
Cerré los ojos (más sombras), respiré profundo, y, de pronto, lo sentí.
Alguien me tocaba, me empujaba, 
haciendo trampa…
Haciendo que todo, y nada, tuviera sentido.
“Entiendo…
Que no entiendo…”
Luego me preparé
para
estallar-
vaciarme-
quebrar.

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