sutilezas

12 dic. 2011


Hola, sí, dame dos kilos


Estoy siendo un poco egoísta y te estoy dando todo, que es darte lo peor, porque si estuviera tan bueno me lo quedaba para mi (muy adentro) y listo… Pero te lo estoy dando, lo que significa que no lo quiero, lo que significa que te considero lo suficientemente importante como para que merezcas mis miserias… Así que acá me tenés: apretando manos, devolviendo saludos. Forzando. Mucho.
Una foto, un autógrafo, un beso robado, otra foto.
Un poco de exageración, un poco de frialdad… Como si tuvieran mucho que decir, pero se quedan estupefactos, esperando que yo lo diga primero, porque se supone que hago eso, ¿no? Es mi especialidad, ¿no? Es lo que me mejor me sale, ¿no? Es para lo que me preparé toda la vida, ¿no? Es lo que me apasiona, ¿no?
Ojalá fueran esas las preguntas, así diría: NO. Y después sonreiría, liberado, me dejaría caer en la silla, me desabrocharía algunos botones, me tocaría la pija, de pura satisfacción. 
Pero quieren saber otra cosa, cosas poco interesantes, y me quedo muy serio, para tratar de no burlarme de mi, de mis palabras de cartón, que parecen tan lindas, tan precisas, tan ajustadas. Tanto que aprendí a mentir. 
Soy un genio.
Me quedo perfecto, siendo todo lo desprolijo que mi prolijidad solicita, sin terminar de entender, rascándome detrás de la oreja, para no dormirme. Y mis pupilas, ausentes hace rato, se transforman en un signo de interrogación.
¿Qué saben de mi?
¿Qué soy?
¿Qué piensan que pienso?
¿Cómo garcho?
¿Por qué lloro?
¿Voy a llegar a viejo?
¿Soy un universo? ¿Soy una estrella?
¿Qué soy?
¿Ya pregunté eso?
Suspiro. Qué difícil son algunos días. 
A veces, salir a comprar el pan y cruzar tres palabras con el panadero es toda una odisea.

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