¿el gato? está más vivo que nunca

27 dic. 2011


Miopía en el orto


Vemos poco, todo el tiempo.
Una fracción e inventamos el resto, logrando unir los cabos con maestría, esgrimiendo conspiraciones mínimas y olvidando a la madre de todas.
Vemos una porción y ya estamos hablando de la torta, de la fiesta, del cumpleañero. Hablamos de la piñata, de las sorpresas, de los regalos, de los familiares que faltaron, de los que ya no van a venir, de los amigos que se olvidaron.
Nos guiñamos un ojo, cómplices, como si fuéramos detectives de alto nivel en lugar de lunáticos paranoides. 
Llenamos los espacios vacíos, los puntos suspensivos, lo que podría ser, con anécdotas nefastas. Construimos la miseria, el peor de los paisajes, como castigándonos, porque la curiosidad mató al gato, porque la cerradura es para meter la llave y no el ojo, porque nos gusta pensar que está mal. Mal. 
Completamos, con autocompasión, para esbozar frases inteligentes, críticas de altura… Para vivir peor, pero más eruditos.
Espiamos. Y pinta el morbo.
Vemos poco. 
No nos merecemos ver más…
¿Pero no pagamos antes de entrar? 
¿Tan mal está pedir un asiento desde el cuál no sólo se vean dos columnas?
A veces, para saber contar, hay que aprender a mirar. Levantate y cambiá de lugar. Eso de las butacas numeradas es la mayor mentira de todas.

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