A veces el Sol deja de salir

10 ene. 2011

[Me hubiera gustado conocerte ayer]
“Los lunes son así…”



Buceaba feliz, desnudo, en aguas oscuras pero llenas de paz. Iba con los ojos abiertos, por eso sabía que era un sueño: nunca pude abrir los ojos bajo el agua.
Buceaba con énfasis, ganaba profundidad.
“Tengo que darle de comer a Pixie…”
Era una tarea noble; me hacía sentir noble.
Tenía que bajar.
(Más…
Más...)
Y bajaba convencido.
Me movía con gracia. Cada uno de mis movimientos estaba cargado de convicción.
Ojalá hubiera podido concretar el sueño.  O quizás ese era todo el sueño. Supongo que hay cosas que jamás pueden saberse.


Me levanté un poco más temprano de lo habitual, porque los lunes siempre me levanto un poco más temprano de lo habitual. Los lunes cuesta mucho más volver a ser una persona de las que cumplen horario, de las que tienen una tarjeta de crédito… Una persona de esas que cruza bien por la senda peatonal… Un boludo de los que pagan impuestos. Los lunes cuestan. Y te preguntás  por qué no te pegaste un tiro el domingo, a las siete, cuando estabas en el clímax de la depresión. Los lunes te acordás que sos un cagón, que al pibe que soñaba con ser alguien de grande lo violaron en un baldío, lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al Riachuelo para que se lo comiera Riachuelito (el mutante traga bala que se esconde en esas míticas aguas).
Parpadeé varias veces hasta que mi vista se acomodó a la oscuridad de la casa.
“Tengo que darle de comer a Pixie”.
Fui hasta el baño tambaleándome, rascándome la entrepierna, los ojos entreabiertos, el pelo cayendo sobre la cara, olor a transpiración etílica. No prendí la luz (tengo una única regla de convivencia para conmigo: “Jamás prender la luz del baño. Mirarse en el espejo entre sombras es mucho más reconfortante”) y me regalé una sonrisa muy chota que mi reflejo devolvió indignado.
“Andá a cagar, exquisito”.
Estudié las ojeras. Muy pesadas, imposible ocultarlas.
Me centré en los ojos… Lo que se suponía blanco estaba irritado… Las pupilas estaban dilatadas… Tan dilatadas que me dieron náuseas.
“Tengo los ojos muy grandes…”, llegué a pensar antes de girarme y vomitar. No soy de vomitar con regularidad, pero logré darle al inodoro de lleno, como un experto, sin siquiera salpicar, lo que fue todo una proeza si se tiene en cuenta que fue un vómito totalmente líquido (color rojizo).
El estómago se me contrajo y sentí un dolor punzante y horrible en toda la espalda. Como un escalofrío hecho de espinas, o algo así.
Me quedé un rato inclinado. Algunos fragmentos sueltos del fin de semana acudieron a mi mente… Una botella de vino era la protagonista.
—A mi no me gusta el vi…
Volví a vomitar. Me tembló todo el cuerpo. La cerveza no es tan hija de puta. No señor.
Con torpeza estiré la mano y accioné el botón para que el agua se llevara todo eso que hasta hacía un rato había estado en mi interior. Cuando los fluidos se mezclaron y se arremolinaron nuevos recuerdos afloraron en mi cabeza afiebrada: en el vértigo me vi tirado en el piso, la vista clavada en el techo, fascinado… Sólo que ahora el techo era yo, vomitando. Otro escalofrío, esta vez de los clásicos.
Cerré un rato los ojos (“Son enormes…” –principio de arcada… Por suerte ya no había nada qué expulsar-) y respiré hondo. Mi aliento apestaba, la garganta apestaba… Tosí.
—Esto es irremediable… —dije, sin sentir pena, con la cabeza hundida en uno de mis brazos. Luego otro recuerdo, de carácter sonoro:—. A veces el Sol deja de salir.
Me pareció basura, poesía mediocre, pero me gustó. Los lunes son así, como decía.
Sin perder el tiempo abrí el agua caliente y me dispuse a lavarme los dientes, con un dentífrico de color opaco y dudosa consistencia que se escurría sobre un cepillo maltrecho y amarillento.
Tenía una remera de mangas largas y en un acto de lucidez me la arremangué para evitar mancharla. Me fastidia que las manchas de dentífrico se parezcan tanto a manchas de semen. No me gusta quedar como un pervertido que se eyacula en la ropa cuando en realidad soy un idiota que tarda en despabilarse.
Al verme el brazo quedé petrificado por unos segundos que se hicieron eternos.
Traté de asimilarlo, traté de convencerme de que yo había tenido tatuajes toda la vida y que de pronto lo había olvidado. Intenté persuadirme con esmero, lo juro. Hasta evalué la posibilidad de bajar la manga e ignorar el detalle… La verdad es que no pude hacerlo.
Tiré el cepillo a un costado y me saqué la remera, con desesperación.
—La cagué…
Me miré al espejo y prendí la luz de un manotazo, rompiendo mis reglas: ya no había nada que perder.
Estudié todos esos garabatos enfermizos que me cubrían del cuello para abajo.
Un nuevo flashback, veloz, conciso, hiriente: velas, dibujos en las paredes (“¿Qué paredes? ¡¿Mis paredes?!”), cuerpos desnudos, risas, saliva mezclándose con sangre, objetos raros y perturbadoramente fálicos. Más cuerpos desnudos, mojados.
Retrocedí un paso, entre espantado y sorprendido. Trastabillé y caí.
Los recuerdos dejaron de ser una catarata sin sentido. Al menos parte de ellos.
—¿Participé de una orgía y no me lo acuerdo?
El pensamiento me escandalizó, pero en algún punto me hizo sentir orgulloso.
“¡Participé de una orgía!”.
—¡Dejá de hacer ruido!
 Me giré con brusquedad. La voz (una voz femenina y aguda) provenía de mi habitación.
“No… No puede haber nadie ahí… No puede haber nadie en mi habitación… No puede…”.
—Laura…
Salió de mi boca sin que pensara en decirlo… Y no había en mi mente más que eso: un nombre. Fijé mi vista en los azulejos, queriendo perforarlos, deseando ver al otro lado.
“¿Laura? ¿Quién mierda es La…?”.
De pronto: “Ella es Laura”. “Hola, un gusto…”. “El gusto es mío… Traje un vino…”.
No lograba ver rostros, la subjetiva era bastante pobre en detalles. Pero bastó.
“Parece que me acosté con Laura…”.
Me levanté despacio, para no marearme, sosteniéndome de todo lo que podía.
“¿Por qué no me percaté de que había alguien en la cama cuando me desperté?”, me recriminé.
Usé la pileta para equilibrarme y ahí me quedé, agarrado de ella. Eché algunas miradas veloces al espejo.
—La cagué… La cagué…
—¡SHHHHHH!
“Bien, segundo dato importante”, me dije, “Aparte de llamarse Laura tiene un humor espantoso por las mañanas…”.

Salí del baño, con cautela, y me dirigí con paso apresurado al comedor.
Mejor dicho: lo que quedaba de mi comedor.
Las paredes estaban dibujadas, como había temido. Pero eso no era nada a comparación del resto.
No había una sola silla sana, los sillones (propiedad de mi vieja) estaban rajados en varios sitios y de sus heridas asomaban desde un tenedor hasta una  fotografía (mi ex y yo de vacaciones en Mendoza… O Salta).
La mesa estaba tapando la ventana que, evidentemente, ya no tenía vidrio. El ventilador de techo colgado de unos pocos cables que no eran gruesos y que no daban un gran sentimiento de seguridad. Las ollas y sartenes formando torres igual de inestables.
El mueble de los libros estaba destrozado y, por lo que se podía intuir, alguien lo había roto valiéndose del perchero que me habían traído del Tigre (creo). Los libros, claro, no habían corrido mejor suerte: ninguno estaba cerrado y había hojas mutiladas esparcidas por todo el lugar.
Algunas dedicatorias habían sido arruinadas para siempre.
Los cds estaban fuera de sus cajas, machacados, convertidos en fragmentos cortantes: músicos muertos dos veces muertos. Ian Curtis ya no iba a poder aconsejarme desde el más allá.
Mi escoba había penetrado a la tele. Aún seguían en pleno acto sexual, con impunidad grotesca y morbosa. Había paquetes de fideos, de arroz, de harina… todos abiertos, violados.
Rostros, lugares, palabras… Todo hecho una maraña. De pronto mi maestra de jardín era la piba que a los catorce me había hecho una paja en la plaza. Y me miraba a los ojos, mientras decía: “¿A quién querés más? ¿A mamá o a papá?”.
Tragué saliva con dificultad. Era como tragar arena.
Las paredes estaban transpiradas, el techo goteaba.
La botella de detergente, la de aceite, la de gaseosa, la de cerveza y otras cuantas que no reconocí mezclaban sus fluidos en un rincón: de pronto tenía un pequeño lago artificial y psicodélico en mi comedor.
Los caracoles que había juntado durante mis doce veranos en Mar de Plata estaban alineados demarcando un camino que iba de donde yo estaba hasta un bulto rectangular que descansaba cerca de la puerta, tapado con un mantel. Había velas prendidas a su alrededor.
“¿Velas prendidas? ¿Hace cuánto que terminó esta locura? ¿Cuánto hace que…?”.
Pero todo eso quedó sepultado. Me centré en el bulto del piso.
Caminé entre tangas, forros usados y vasos (los vasos estaban todos parados y en perfecto estado, cargados hasta el tope, ajenos a la tragedia que los rodeaba). Caminé con una mano tapándome la boca. Un solo pensamiento (deseo) rebotando en mi cabeza, de una punta a la otra, desquiciado:
“Que Pixie esté bien… Que Pixie esté bien…”.

Saqué el mantel, temblando.
La pecera estaba sana, tenía agua, nadie había desconectado el purificador… Pero Pixie, mi pececito dorado, ya no estaba. En su lugar había una botella de vino.
Una botella de vino dentro de una pecera.
Volví a marearme.
“Esa botella de vino…”.
“Ella es Laura…”.
“El gusto es mío… Traje un vino…”.
Desvié la vista, asqueado, y me topé con unas líneas de coca que alguien había olvidado sobre el teléfono, que tenía el cable enrollado sobre sí, sobre una gran cantidad de latas de energizante, al lado de la licuadora que tenía mi trofeo de quinto grado (¿Trofeo de fútbol? ¿Trofeo por asistencia perfecta?) en su interior…
Aquello era demasiado.
Volví corriendo al baño, desandando el camino de caracoles. El baño, por alguna razón, al igual que los vasos, se había salvado de la detonación nuclear.
Volví corriendo al baño, sí. Pero antes me metí la coca.
Dos líneas, de una.
“Pixie… Pixie… Pixie…. Pixie…”.
Me tomé la cabeza con ambas manos y me tumbé contra la puerta, cerrándola, con fuerza.
—¡SHHHHHHHHHHHH!
“Pixie… Pixie… Pixie…. Pixie…
¿Qué le pasó a Pixie?”.
Me deslicé por la madera hasta quedar sentado. Las lágrimas caían de mis ojos sin que intentara detenerlas.
—No llorés…
Venía de mi cabeza.
Con rapidez, instinto asesino, me aferré a esas dos palabras, dispuesto a no dejarlas escapar. Tiré de ellas, furioso.
Las traje hacia mí, sin piedad.
Traje las horas perdidas.
“¡¿QUÉ CARAJO LE PASÓ A PIXIE?!”.

—No llorés…
—Tengo ganas de llorar…
—Va a estar todo bien…
—Ya sé… No soy yo la que tiene todos esos dibujos en el cuerpo…
—¿Entonces?
—Me hubiera gustado conocerte antes, nada más.
—¿Cómo era tu nombre?
—Laura.
—Claro, Laura.
—…
—…
—¿Por qué lo hacés?
—No llorés…
—Ayer me sentía tan mal como vos te sentís ahora… Pero ayer no nos conocíamos.
—¿Por qué te sentías mal?
—Porque siempre me siento encerrada. Siempre siento que me ahogo.
—Estar encerrado es horrible…
—Si te hubiera conocido te hubiera llamado llorando, para que vinieras a darme ánimos… Pero ni siquiera sabía tu nombre, no estabas en mi agenda, nunca había soñado con vos, nunca te había extrañado, nunca nos habíamos emborrachado juntos, nunca tuvimos una cena pelotuda y romántica…
—Hay tiempo…
—Hay de todo, menos tiempo.
—No digas pavadas… No llorés…
—…
—…
—¿Qué pasa?
—Nada. Esos dibujos te quedan bien.
—A mi tampoco me gusta ahogarme…
—Hay que ir hasta el fondo…
—Aguantar la respiración.
—Todo esto va a terminar mal. Me hubiera gustado conocerte antes.
—Tengo un pez. ¿Te lo presenté?
—¿Te pensás que sos el único que puede hacer una idiotez?
—Es un pececito dorado… Él no sufre.
—¿Cómo podés decir que no sufre?
—Él no tiene amigos, él no tiene conocidos… No tiene tiempo.
—¿De dónde salió toda esta gente?
—No tengo idea.
—Es tu fiesta, deberías saberlo…
—No creo…
—¿Cómo?
—No creo que sea mi fiesta… Creo que estoy en el lugar correcto, en el momento correcto. Alguien se confundió y yo no me confundí. No me acuerdo de nada…. Es decir, los detalles están ahí… Pero me siento ajeno.
—…
—…
—¿Te pensás que sos el único que puede hacer una estupidez?
—Ayer me tendrías que haber llamado.
—…
—…
—¿Querés más vino?
—Dale…
—¿Sabés? A veces el Sol deja de salir…

Me sangraba la nariz.
Me levanté con rapidez y abrí el pequeño botiquín en el que guardaba el algodón. Me sorprendí al ver allí mi celular.
La sangre pasó a segundo plano.
Prendí el aparato, ansioso. Estaba transpirado de pies a cabeza. Mojado, húmedo.
“¿Y ahora?”.
La pantalla inicial estaba en blanco. Mi fondo habitual, con el dibujo de Delirio, el personaje de Sandman, había desaparecido.
Giré el pequeño teléfono entre mis manos, para cerciorarme de que fuera el mío. Lo era: los mismos golpes, los rayones, el pedazo de papel en la tapa trasera, para que no se saliera la batería.
Cada detalle tan significativo… Pero tan lejano.
Revisé la agenda: vacía.
Todos mis contactos habían desaparecido.
—¿Quién mierda…?
Ni un mensaje, ni lista de llamadas. Aquello era un celular fantasma.
Hice memoria hasta que unos números brillantes aparecieron en mi cabeza. Los marqué con rapidez, convencido.
Me atendieron al segundo timbrazo.
—¿Hola?
—¿Dedo?
—Sí… ¿Quién habla?
—¡Yo, boludo! –traté de no levantar mucho la voz, me tapé el oído libre con un dedo, dejando que la sangre brotara libremente, y pegué la frente a los azulejos fríos.
—No… no sé quién habla…
—¡Yo! ¡Gaby! ¡Necesito saber qué cosa pasó ayer en la fiesta! ¡Necesito saber dónde está Pixie! ¡Necesito que me digas por qué estaba en la misma cama que la piba esa que vino con no-sé-quién! Esto es un desastre, Dedo… Posta… La cagué… No sé bien cómo pero la cagué… Y explicame por qué estoy todo tatuado... Por favor…
Respiraba de modo agitado. Las palabras se atoraban, eran aniñadas, cobardes, suplicantes. No me molesté por disimular nada.
Esperé unos segundos. Creí que se había cortado.
—¿Hola?
—Hola… Sí…
—Dedo… ¿Qué pasa?
—Mirá… No sé quién sos… Me llamo Dedo… Me dicen Dedo… —hizo una pausa, confundido—. Soy Dedo, pero no sé si querés hablar conmigo… No tengo idea de lo que decís…
—Dedo, no me jodas…
El corazón me empezó a latir muy fuerte.
—No conozco a ningún Gaby, no fui a ninguna fiesta y estoy por llegar tarde al trabajo así que…
—Dedo…
—Perdoname…. No te puedo ayudar. Te confundiste.
Y cortó.

“Te confundiste”.
Miré el celular, atónito. Intenté volver a llamar, pero el número ya no estaba en “Llamadas Recientes”. Quise volver a marcar, pero fue en vano: los números se negaron a aparecer en mi cabeza.
“Mierda… recién me lo sabía…”.
Descubrí, unos minutos después, que incluso había olvidado por qué le decíamos Dedo a Dedo.
Del auricular del celular empezó a brotar agua. Lo tiré, espantado.
—La cagué…
—Sí, la cagaste…
La voz me resultó extrañamente familiar, aunque no la conocía: era muy grave, con una especie de eco. Venía de la ducha.
Corrí la cortina, mientras sentía que mi cerebro bajaba por un tobogán, a gran velocidad.
Más abajo…
Más…
Más…
Cuando lo vi, caí de rodillas.
—No… Pixie…
Estiré una mano para tocarlo, pero la repulsión fue más fuerte.
Estaba en un pequeño charquito bordo. Estaba partido a la mitad. Su cola había desaparecido. Había dolor en sus pequeños ojos.
—La cagaste… —repitió—. No sé cómo, pero la cagaste feo. A veces el Sol deja de salir.
Tosió y siguió agonizando.
Sentí que el pecho se me abría a la mitad. Sentí que me ahogaba.

—Me ahogo…
—Es normal…
—¿Voy a morirme?
—No.
—¿Muy seguro?
—Para nada… ¿Estás seguro de que querés olvidarte?
—Sí… Estos dibujos son graciosos…
—La realidad es que las cosas nunca se olvidan del todo…
—No tengo nada muy importante para recordar, pero así y todo estoy mal…
—Como quieras…
—…
—…
—¿Y ella?
—Dice que no sos el único que puede hacer una idiotez…
—Entiendo…
—…
—…
—¿Qué son?
—¿Qué cosa?
—Los garabatos…
—Los nombres de las personas que nunca conociste.
—Yo no veo ninguna letra…
—Algún día las vas a ver.
—Ah…
—…
—…
—Ehhh…
—¿Sí?
—¿Voy a morirme?
(Suspiro)

Salí del baño, patiné en la puerta, me levanté y me dirigí a la habitación, sin pensarlo.
Prendí la luz.
Laura era tal como no la recordaba.
—¿Qué hacés?
Le saqué la sábana, de un manotazo, y cuando comprobé mi hipótesis estallé en carcajadas.
Laura era una sirena. Su cola de pez se movía, frenética.
—Deberías meterte en una pecera… Vas a empezar a pudrirte… No podés estar fuera del agua…
Me miró intrigada, aún con fastidio. Se volvió a tapar.
Dejé de reírme.
—¿De qué hablas? Ésta es nuestra pecera… —susurró—. Ésta siempre va a ser nuestra pecera… Siempre, Pixie.
Acto seguido se giró.
—¿Qué? —logré soltar.
—Apagá la luz…. ¡YA!
Obedecí.
Los lunes son así: a veces se estancan, no terminan más.
A veces el Sol deja de salir.

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