mundos-veneno

10 mar. 2013


La Maldición de la Novena Sinfonía


Y la tormenta llena de sonidos el mundo exterior, creando (y recreando) la melodía con la que alguna vez me quebré, con la que desafiné el pentagrama de tantas madrugadas, haciendo insomnio lo que para vos era pavada, con la que dejé sin voz a la plaza, con la que aturdí a los fantasmas de casas que probablemente ya no estén encantadas, con la que golpee las paredes, siempre buscando hacer un agujero que me diera la chance de poder espiar, de pensar en un “ustedes”, de pensar en las habitaciones que son tan fáciles de imaginar cuando la imaginación se incendia y corre con mucha más velocidad que el resto del espíritu, que contempla y mueve un pie, al ritmo, ansioso, enamorado sin compasión, jugando al sútil espectador, que espera la orden, el pie para entrar y buscarse un lugar en la fiesta que pasa adentro, donde las copas aún no murieron pero donde los invitados siguen cayendo, de a uno, sonriendo o llorando, caras que envejecen en el piso y que estoy seguro que nunca podría recordar, porque el sol en los parques era mucho más efectivo que las llamas de mi terquedad, porque me cansé de que todos mis poemas digan que no nos conocimos por casualidad, así que por cada borrachera victoriosa, por cada sobredosis lujosa, en un baño, haciendo de rock, por cada suicidio feliz y traidor, por cada beso desesperado, por cada abrazo quebrado, por cada instante de brutal confesión (“deberías saber que no sé tu nombre pero me acuerdo tu dirección…”), por cada epifanía solitaria entre cenizas que forman paisajes de montaña, que remiten a un futuro anterior, por cada globo que se desinfla, por cada guirnalda que se vuelve corbata y decora una camisa (“mira mamá, crecimos… ahora buscamos trabajos que nos hacen más optimistas”), por cada botella que se estrella, buscando la atención de todos, ganando el respeto de otras botellas, que saben mejor que vos y yo, lo que es vaciarse, por una causa, que no importa si mejor o peor, siempre y cuando sepas lo que das, lo que podés causar, el eco que podrías causar, porque lo importante no es saber en qué momento saltar, sino qué salto eternizar: romperse es muchas veces, más una de verdad, como destejer el mapa de los besos que existieron y saber dónde está el palacio, marcado con mi lágrima y tu labial; 
por cada chiste sin sentido, por cada taquicardia y por cada “me gustás”, una parte de la última casa se desmorona y el ruido queda tapado, porque la tormenta no se calla, no se detiene, y es más fuerte y nos trae la luz intermitente de cada emoción, que atraviesa las pupilas y se instala en el cerebro, dando origen al cortocircuito, o, a veces, en el centro del corazón, que se divide, en partes que jamás serán iguales, para convertirse en el condimento secreto del trago que algún demonio ancestral prepara, licuando, haciendo que fluir sea pura intensidad (necesidad), porque si yo fuera la sangre buscaría escapar, salir, sin piedad, para jamás tener que memorizarme el camino, para nunca tener la posibilidad de buscar el detalle de tal o cual calle, para nunca sentir que a ese colectivero lo conozco o que a ese tipo lo vi mil veces, a veces casi desnudo, a veces de traje, para nunca caer en la trampa de pensar en que la chica que atiende ese quiosco me mira como ausente, como si quisiera decirme algo lindo (“o capaz le caigo muy mal”), para nunca entregarme a la sorpresa de entender que no hay sorpresa, que cada casa, auto, árbol, plaza, banco, niño-jugando, vieja-quejando, se repite y estar vivo deja de ser una paranoia, para ser una obsesión y perdoname, pero prefiero ser un perseguido, que un perseguidor y el invasor viene de una galaxia que queda por adentro, a 300 kilómetros de años luz, en un espacio lleno de palabras mudas, que se dibujan y ensordecen la visión;
mundos-veneno en plena combustión, que congelan realidades en puntos estratégicos del cosmos interior, para dar luz a la constelación que forma la palabra “amor”, que suena, cuando se lee, como una explosión, que llega como apagada, porque la tormenta no se apaga y llena y revive y mata, un trueno, la luz cortada, las velas derramadas, el fuego, el humo, las risas, las miradas sin encontrase, la mano tomada, el ritual, la danza, para que todo se seque, para que se vuelva 
desierto 
la mañana,
para que haya silencio,
por fin, 
entre tu cara 
y mi cara.

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