A veces el Sol deja de salir

10 ene 2011

[Me hubiera gustado conocerte ayer]
“Los lunes son así…”



Buceaba feliz, desnudo, en aguas oscuras pero llenas de paz. Iba con los ojos abiertos, por eso sabía que era un sueño: nunca pude abrir los ojos bajo el agua.
Buceaba con énfasis, ganaba profundidad.
“Tengo que darle de comer a Pixie…”
Era una tarea noble; me hacía sentir noble.
Tenía que bajar.
(Más…
Más...)
Y bajaba convencido.
Me movía con gracia. Cada uno de mis movimientos estaba cargado de convicción.
Ojalá hubiera podido concretar el sueño.  O quizás ese era todo el sueño. Supongo que hay cosas que jamás pueden saberse.


Me levanté un poco más temprano de lo habitual, porque los lunes siempre me levanto un poco más temprano de lo habitual. Los lunes cuesta mucho más volver a ser una persona de las que cumplen horario, de las que tienen una tarjeta de crédito… Una persona de esas que cruza bien por la senda peatonal… Un boludo de los que pagan impuestos. Los lunes cuestan. Y te preguntás  por qué no te pegaste un tiro el domingo, a las siete, cuando estabas en el clímax de la depresión. Los lunes te acordás que sos un cagón, que al pibe que soñaba con ser alguien de grande lo violaron en un baldío, lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al Riachuelo para que se lo comiera Riachuelito (el mutante traga bala que se esconde en esas míticas aguas).
Parpadeé varias veces hasta que mi vista se acomodó a la oscuridad de la casa.
“Tengo que darle de comer a Pixie”.
Fui hasta el baño tambaleándome, rascándome la entrepierna, los ojos entreabiertos, el pelo cayendo sobre la cara, olor a transpiración etílica. No prendí la luz (tengo una única regla de convivencia para conmigo: “Jamás prender la luz del baño. Mirarse en el espejo entre sombras es mucho más reconfortante”) y me regalé una sonrisa muy chota que mi reflejo devolvió indignado.
“Andá a cagar, exquisito”.
Estudié las ojeras. Muy pesadas, imposible ocultarlas.
Me centré en los ojos… Lo que se suponía blanco estaba irritado… Las pupilas estaban dilatadas… Tan dilatadas que me dieron náuseas.
“Tengo los ojos muy grandes…”, llegué a pensar antes de girarme y vomitar. No soy de vomitar con regularidad, pero logré darle al inodoro de lleno, como un experto, sin siquiera salpicar, lo que fue todo una proeza si se tiene en cuenta que fue un vómito totalmente líquido (color rojizo).
El estómago se me contrajo y sentí un dolor punzante y horrible en toda la espalda. Como un escalofrío hecho de espinas, o algo así.
Me quedé un rato inclinado. Algunos fragmentos sueltos del fin de semana acudieron a mi mente… Una botella de vino era la protagonista.
—A mi no me gusta el vi…
Volví a vomitar. Me tembló todo el cuerpo. La cerveza no es tan hija de puta. No señor.
Con torpeza estiré la mano y accioné el botón para que el agua se llevara todo eso que hasta hacía un rato había estado en mi interior. Cuando los fluidos se mezclaron y se arremolinaron nuevos recuerdos afloraron en mi cabeza afiebrada: en el vértigo me vi tirado en el piso, la vista clavada en el techo, fascinado… Sólo que ahora el techo era yo, vomitando. Otro escalofrío, esta vez de los clásicos.
Cerré un rato los ojos (“Son enormes…” –principio de arcada… Por suerte ya no había nada qué expulsar-) y respiré hondo. Mi aliento apestaba, la garganta apestaba… Tosí.
—Esto es irremediable… —dije, sin sentir pena, con la cabeza hundida en uno de mis brazos. Luego otro recuerdo, de carácter sonoro:—. A veces el Sol deja de salir.
Me pareció basura, poesía mediocre, pero me gustó. Los lunes son así, como decía.
Sin perder el tiempo abrí el agua caliente y me dispuse a lavarme los dientes, con un dentífrico de color opaco y dudosa consistencia que se escurría sobre un cepillo maltrecho y amarillento.
Tenía una remera de mangas largas y en un acto de lucidez me la arremangué para evitar mancharla. Me fastidia que las manchas de dentífrico se parezcan tanto a manchas de semen. No me gusta quedar como un pervertido que se eyacula en la ropa cuando en realidad soy un idiota que tarda en despabilarse.
Al verme el brazo quedé petrificado por unos segundos que se hicieron eternos.
Traté de asimilarlo, traté de convencerme de que yo había tenido tatuajes toda la vida y que de pronto lo había olvidado. Intenté persuadirme con esmero, lo juro. Hasta evalué la posibilidad de bajar la manga e ignorar el detalle… La verdad es que no pude hacerlo.
Tiré el cepillo a un costado y me saqué la remera, con desesperación.
—La cagué…
Me miré al espejo y prendí la luz de un manotazo, rompiendo mis reglas: ya no había nada que perder.
Estudié todos esos garabatos enfermizos que me cubrían del cuello para abajo.
Un nuevo flashback, veloz, conciso, hiriente: velas, dibujos en las paredes (“¿Qué paredes? ¡¿Mis paredes?!”), cuerpos desnudos, risas, saliva mezclándose con sangre, objetos raros y perturbadoramente fálicos. Más cuerpos desnudos, mojados.
Retrocedí un paso, entre espantado y sorprendido. Trastabillé y caí.
Los recuerdos dejaron de ser una catarata sin sentido. Al menos parte de ellos.
—¿Participé de una orgía y no me lo acuerdo?
El pensamiento me escandalizó, pero en algún punto me hizo sentir orgulloso.
“¡Participé de una orgía!”.
—¡Dejá de hacer ruido!
 Me giré con brusquedad. La voz (una voz femenina y aguda) provenía de mi habitación.
“No… No puede haber nadie ahí… No puede haber nadie en mi habitación… No puede…”.
—Laura…
Salió de mi boca sin que pensara en decirlo… Y no había en mi mente más que eso: un nombre. Fijé mi vista en los azulejos, queriendo perforarlos, deseando ver al otro lado.
“¿Laura? ¿Quién mierda es La…?”.
De pronto: “Ella es Laura”. “Hola, un gusto…”. “El gusto es mío… Traje un vino…”.
No lograba ver rostros, la subjetiva era bastante pobre en detalles. Pero bastó.
“Parece que me acosté con Laura…”.
Me levanté despacio, para no marearme, sosteniéndome de todo lo que podía.
“¿Por qué no me percaté de que había alguien en la cama cuando me desperté?”, me recriminé.
Usé la pileta para equilibrarme y ahí me quedé, agarrado de ella. Eché algunas miradas veloces al espejo.
—La cagué… La cagué…
—¡SHHHHHH!
“Bien, segundo dato importante”, me dije, “Aparte de llamarse Laura tiene un humor espantoso por las mañanas…”.

Salí del baño, con cautela, y me dirigí con paso apresurado al comedor.
Mejor dicho: lo que quedaba de mi comedor.
Las paredes estaban dibujadas, como había temido. Pero eso no era nada a comparación del resto.
No había una sola silla sana, los sillones (propiedad de mi vieja) estaban rajados en varios sitios y de sus heridas asomaban desde un tenedor hasta una  fotografía (mi ex y yo de vacaciones en Mendoza… O Salta).
La mesa estaba tapando la ventana que, evidentemente, ya no tenía vidrio. El ventilador de techo colgado de unos pocos cables que no eran gruesos y que no daban un gran sentimiento de seguridad. Las ollas y sartenes formando torres igual de inestables.
El mueble de los libros estaba destrozado y, por lo que se podía intuir, alguien lo había roto valiéndose del perchero que me habían traído del Tigre (creo). Los libros, claro, no habían corrido mejor suerte: ninguno estaba cerrado y había hojas mutiladas esparcidas por todo el lugar.
Algunas dedicatorias habían sido arruinadas para siempre.
Los cds estaban fuera de sus cajas, machacados, convertidos en fragmentos cortantes: músicos muertos dos veces muertos. Ian Curtis ya no iba a poder aconsejarme desde el más allá.
Mi escoba había penetrado a la tele. Aún seguían en pleno acto sexual, con impunidad grotesca y morbosa. Había paquetes de fideos, de arroz, de harina… todos abiertos, violados.
Rostros, lugares, palabras… Todo hecho una maraña. De pronto mi maestra de jardín era la piba que a los catorce me había hecho una paja en la plaza. Y me miraba a los ojos, mientras decía: “¿A quién querés más? ¿A mamá o a papá?”.
Tragué saliva con dificultad. Era como tragar arena.
Las paredes estaban transpiradas, el techo goteaba.
La botella de detergente, la de aceite, la de gaseosa, la de cerveza y otras cuantas que no reconocí mezclaban sus fluidos en un rincón: de pronto tenía un pequeño lago artificial y psicodélico en mi comedor.
Los caracoles que había juntado durante mis doce veranos en Mar de Plata estaban alineados demarcando un camino que iba de donde yo estaba hasta un bulto rectangular que descansaba cerca de la puerta, tapado con un mantel. Había velas prendidas a su alrededor.
“¿Velas prendidas? ¿Hace cuánto que terminó esta locura? ¿Cuánto hace que…?”.
Pero todo eso quedó sepultado. Me centré en el bulto del piso.
Caminé entre tangas, forros usados y vasos (los vasos estaban todos parados y en perfecto estado, cargados hasta el tope, ajenos a la tragedia que los rodeaba). Caminé con una mano tapándome la boca. Un solo pensamiento (deseo) rebotando en mi cabeza, de una punta a la otra, desquiciado:
“Que Pixie esté bien… Que Pixie esté bien…”.

Saqué el mantel, temblando.
La pecera estaba sana, tenía agua, nadie había desconectado el purificador… Pero Pixie, mi pececito dorado, ya no estaba. En su lugar había una botella de vino.
Una botella de vino dentro de una pecera.
Volví a marearme.
“Esa botella de vino…”.
“Ella es Laura…”.
“El gusto es mío… Traje un vino…”.
Desvié la vista, asqueado, y me topé con unas líneas de coca que alguien había olvidado sobre el teléfono, que tenía el cable enrollado sobre sí, sobre una gran cantidad de latas de energizante, al lado de la licuadora que tenía mi trofeo de quinto grado (¿Trofeo de fútbol? ¿Trofeo por asistencia perfecta?) en su interior…
Aquello era demasiado.
Volví corriendo al baño, desandando el camino de caracoles. El baño, por alguna razón, al igual que los vasos, se había salvado de la detonación nuclear.
Volví corriendo al baño, sí. Pero antes me metí la coca.
Dos líneas, de una.
“Pixie… Pixie… Pixie…. Pixie…”.
Me tomé la cabeza con ambas manos y me tumbé contra la puerta, cerrándola, con fuerza.
—¡SHHHHHHHHHHHH!
“Pixie… Pixie… Pixie…. Pixie…
¿Qué le pasó a Pixie?”.
Me deslicé por la madera hasta quedar sentado. Las lágrimas caían de mis ojos sin que intentara detenerlas.
—No llorés…
Venía de mi cabeza.
Con rapidez, instinto asesino, me aferré a esas dos palabras, dispuesto a no dejarlas escapar. Tiré de ellas, furioso.
Las traje hacia mí, sin piedad.
Traje las horas perdidas.
“¡¿QUÉ CARAJO LE PASÓ A PIXIE?!”.

—No llorés…
—Tengo ganas de llorar…
—Va a estar todo bien…
—Ya sé… No soy yo la que tiene todos esos dibujos en el cuerpo…
—¿Entonces?
—Me hubiera gustado conocerte antes, nada más.
—¿Cómo era tu nombre?
—Laura.
—Claro, Laura.
—…
—…
—¿Por qué lo hacés?
—No llorés…
—Ayer me sentía tan mal como vos te sentís ahora… Pero ayer no nos conocíamos.
—¿Por qué te sentías mal?
—Porque siempre me siento encerrada. Siempre siento que me ahogo.
—Estar encerrado es horrible…
—Si te hubiera conocido te hubiera llamado llorando, para que vinieras a darme ánimos… Pero ni siquiera sabía tu nombre, no estabas en mi agenda, nunca había soñado con vos, nunca te había extrañado, nunca nos habíamos emborrachado juntos, nunca tuvimos una cena pelotuda y romántica…
—Hay tiempo…
—Hay de todo, menos tiempo.
—No digas pavadas… No llorés…
—…
—…
—¿Qué pasa?
—Nada. Esos dibujos te quedan bien.
—A mi tampoco me gusta ahogarme…
—Hay que ir hasta el fondo…
—Aguantar la respiración.
—Todo esto va a terminar mal. Me hubiera gustado conocerte antes.
—Tengo un pez. ¿Te lo presenté?
—¿Te pensás que sos el único que puede hacer una idiotez?
—Es un pececito dorado… Él no sufre.
—¿Cómo podés decir que no sufre?
—Él no tiene amigos, él no tiene conocidos… No tiene tiempo.
—¿De dónde salió toda esta gente?
—No tengo idea.
—Es tu fiesta, deberías saberlo…
—No creo…
—¿Cómo?
—No creo que sea mi fiesta… Creo que estoy en el lugar correcto, en el momento correcto. Alguien se confundió y yo no me confundí. No me acuerdo de nada…. Es decir, los detalles están ahí… Pero me siento ajeno.
—…
—…
—¿Te pensás que sos el único que puede hacer una estupidez?
—Ayer me tendrías que haber llamado.
—…
—…
—¿Querés más vino?
—Dale…
—¿Sabés? A veces el Sol deja de salir…

Me sangraba la nariz.
Me levanté con rapidez y abrí el pequeño botiquín en el que guardaba el algodón. Me sorprendí al ver allí mi celular.
La sangre pasó a segundo plano.
Prendí el aparato, ansioso. Estaba transpirado de pies a cabeza. Mojado, húmedo.
“¿Y ahora?”.
La pantalla inicial estaba en blanco. Mi fondo habitual, con el dibujo de Delirio, el personaje de Sandman, había desaparecido.
Giré el pequeño teléfono entre mis manos, para cerciorarme de que fuera el mío. Lo era: los mismos golpes, los rayones, el pedazo de papel en la tapa trasera, para que no se saliera la batería.
Cada detalle tan significativo… Pero tan lejano.
Revisé la agenda: vacía.
Todos mis contactos habían desaparecido.
—¿Quién mierda…?
Ni un mensaje, ni lista de llamadas. Aquello era un celular fantasma.
Hice memoria hasta que unos números brillantes aparecieron en mi cabeza. Los marqué con rapidez, convencido.
Me atendieron al segundo timbrazo.
—¿Hola?
—¿Dedo?
—Sí… ¿Quién habla?
—¡Yo, boludo! –traté de no levantar mucho la voz, me tapé el oído libre con un dedo, dejando que la sangre brotara libremente, y pegué la frente a los azulejos fríos.
—No… no sé quién habla…
—¡Yo! ¡Gaby! ¡Necesito saber qué cosa pasó ayer en la fiesta! ¡Necesito saber dónde está Pixie! ¡Necesito que me digas por qué estaba en la misma cama que la piba esa que vino con no-sé-quién! Esto es un desastre, Dedo… Posta… La cagué… No sé bien cómo pero la cagué… Y explicame por qué estoy todo tatuado... Por favor…
Respiraba de modo agitado. Las palabras se atoraban, eran aniñadas, cobardes, suplicantes. No me molesté por disimular nada.
Esperé unos segundos. Creí que se había cortado.
—¿Hola?
—Hola… Sí…
—Dedo… ¿Qué pasa?
—Mirá… No sé quién sos… Me llamo Dedo… Me dicen Dedo… —hizo una pausa, confundido—. Soy Dedo, pero no sé si querés hablar conmigo… No tengo idea de lo que decís…
—Dedo, no me jodas…
El corazón me empezó a latir muy fuerte.
—No conozco a ningún Gaby, no fui a ninguna fiesta y estoy por llegar tarde al trabajo así que…
—Dedo…
—Perdoname…. No te puedo ayudar. Te confundiste.
Y cortó.

“Te confundiste”.
Miré el celular, atónito. Intenté volver a llamar, pero el número ya no estaba en “Llamadas Recientes”. Quise volver a marcar, pero fue en vano: los números se negaron a aparecer en mi cabeza.
“Mierda… recién me lo sabía…”.
Descubrí, unos minutos después, que incluso había olvidado por qué le decíamos Dedo a Dedo.
Del auricular del celular empezó a brotar agua. Lo tiré, espantado.
—La cagué…
—Sí, la cagaste…
La voz me resultó extrañamente familiar, aunque no la conocía: era muy grave, con una especie de eco. Venía de la ducha.
Corrí la cortina, mientras sentía que mi cerebro bajaba por un tobogán, a gran velocidad.
Más abajo…
Más…
Más…
Cuando lo vi, caí de rodillas.
—No… Pixie…
Estiré una mano para tocarlo, pero la repulsión fue más fuerte.
Estaba en un pequeño charquito bordo. Estaba partido a la mitad. Su cola había desaparecido. Había dolor en sus pequeños ojos.
—La cagaste… —repitió—. No sé cómo, pero la cagaste feo. A veces el Sol deja de salir.
Tosió y siguió agonizando.
Sentí que el pecho se me abría a la mitad. Sentí que me ahogaba.

—Me ahogo…
—Es normal…
—¿Voy a morirme?
—No.
—¿Muy seguro?
—Para nada… ¿Estás seguro de que querés olvidarte?
—Sí… Estos dibujos son graciosos…
—La realidad es que las cosas nunca se olvidan del todo…
—No tengo nada muy importante para recordar, pero así y todo estoy mal…
—Como quieras…
—…
—…
—¿Y ella?
—Dice que no sos el único que puede hacer una idiotez…
—Entiendo…
—…
—…
—¿Qué son?
—¿Qué cosa?
—Los garabatos…
—Los nombres de las personas que nunca conociste.
—Yo no veo ninguna letra…
—Algún día las vas a ver.
—Ah…
—…
—…
—Ehhh…
—¿Sí?
—¿Voy a morirme?
(Suspiro)

Salí del baño, patiné en la puerta, me levanté y me dirigí a la habitación, sin pensarlo.
Prendí la luz.
Laura era tal como no la recordaba.
—¿Qué hacés?
Le saqué la sábana, de un manotazo, y cuando comprobé mi hipótesis estallé en carcajadas.
Laura era una sirena. Su cola de pez se movía, frenética.
—Deberías meterte en una pecera… Vas a empezar a pudrirte… No podés estar fuera del agua…
Me miró intrigada, aún con fastidio. Se volvió a tapar.
Dejé de reírme.
—¿De qué hablas? Ésta es nuestra pecera… —susurró—. Ésta siempre va a ser nuestra pecera… Siempre, Pixie.
Acto seguido se giró.
—¿Qué? —logré soltar.
—Apagá la luz…. ¡YA!
Obedecí.
Los lunes son así: a veces se estancan, no terminan más.
A veces el Sol deja de salir.

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No Ser

7 ene 2011

EL ESCUADRÓN DE PERSONAJES DESECHADOS


Al final de la historia mato a mi mejor amigo.

Sacó el celular y, sin detenerse, marcó un número. Tuvo que bajar la cabeza para hacerlo. Casi se mata al tropezar con un pedazo de vereda que asomaba burlona, levantada por culpa de un árbol que la había violentado con sus ramas viriles, invasivas, fuertes, llenas de savia.
Puteó, después se llevó el teléfono (grande, nada de última generación para él) al oído. Un timbrazo… Dos…
Dobló en una esquina, agitado, dejándose llevar por un impulso. Su sombra quedó delante suyo.
Sus pisadas levantaban ecos en la noche silenciosa. Se tentó: “Los perdí… Es probable que los haya perdido…” (era un pensamiento en frecuencia baja… Su cabeza era instinto puro, supervivencia. La ecuación era: ESCAPAR- LLAMAR A PERCHA… El resto era un decorado vertiginoso).
-¿Sí?
Escuchó la voz al mismo tiempo que escuchaba resurgir el motor de la vieja Chevy. Se aproximaban.
-¡Me descubrieron! –gritó.
-¿Eh?
-¡Me descubrieron… Pelotudo!
Volvió a doblar, confiando en su oído, alejándose del motor que avanzaba, implacable. La transpiración le empapaba la frente, la espalda, las pelotas. Las piernas le dolían, el estómago le dolía, la cabeza le dolía…
Recordó que una vez había leído en un foro muy estúpido que una persona había muerto al consumir cocaína y luego presentarse en una maratón. Dos kilómetros y el corazón había reventado. El tipo (lo afirmaba alguien que parecía tener autoridad en el foro) estaba con el pene duro como una roca; una sonrisa enorme; todos los músculos agarrotados.
A las tres y cuarto de la madrugada, con la cien palpitando furiosa, dos líneas de coca encima y un miedo gigante el foro ya no parecía tan estúpido.
-¿Palo?
-¡Si!
Otro de baja frecuencia: “¿No tenés identificador de llamada, forro?”.
-Pero… ¿Qué…? Escuchame, ¿dónde estás? –sonó preocupado. Eso hizo que Palo se tranquilizará. Su madre solía decir: “No es bueno contagiar el caos, pero tampoco es  bueno ser el único alterado”.
-No tengo idea de dónde estoy…
-¿Te están siguiendo? –su alarma crecía.
-¡Sí!
-Sos un boludo… Te dije que tuvieras cuidado…
-Percha, la puta que te parió…
-Te dije… ¡Te dije! –parecía al borde del llanto.
-Percha… -De pronto le estaba costando mucho llegar a la próxima esquina-. Ayudame, por favor…
-Pero…
-No se puede… tomé precauciones… Es imposible… No podemos hacerlo a nuestro modo… Me van a hacer mierda…
La esquina, incluso, daba la impresión de alejarse. La Chevy, no habia lugar a dudas, adivinaba sus pasos: el rugido crecía.
-No, no, no, no… -Percha, ahora si, lloraba.
Una imagen fugaz: Percha en el primario, llorando en un rincón, porque un grupito de pibes había decidido que no podía formar parte de ninguno de los equipos de fútbol que se habían armado en el patio. Un llanto silencioso, avergonzado… Un llanto con más de odio que de tristeza. Después de eso Percha no había tardado en transformarse en su mejor amigo… Y ya nunca lo había visto llorar. Porque Percha, a pesar de lo que muchos habían pensado esa tarde en ese roñoso patio de colegio, era fuerte.
-Percha…
-No, no, no…
Llegó a la conclusión con una sorprendente resignación: Percha lloraba porque sabía que ya estaba muerto… Percha no podía ayudarlo.
Algo de reproche: “Pero todo esto fue idea de él…”. Luego volvió la certeza determinante y concreta: “Ésto es el Final”.
Dejó de correr, sin proponérselo. Sólo se detuvo, sin más. De la esquina aún lo separaban unos cuantos metros: “Mi último fracaso…”.
El corazón, con su ritmo, le sacudía todo el cuerpo. Un viento frío le acariciaba las mejillas. El pecho subía y bajaba.
-Percha…
-No, no, no…
-¡Percha!
-…
Tomó aire:
-Voy a borrar tu número de este celular, Percha… Voy a borrar esta llamada…
-Palo…
-Y nunca lo intentés Percha… Cuando estés convencido de verdad van a aparecer, de la nada…
Cortó.
Se dejó caer de rodillas. Borró el número de Percha, borró la llamada, tal como había dicho. Después de hacerlo, por las dudas, sacó el chip y lo tiró por una boca de tormenta que había a unos metros.
“Mis viejos van a decepcionarse… Está bien, eran los únicos que aún no se habían defraudado…”.
Esperó.
La Chevy no tardó en llegar. Bajaron tres tipos. Armados.
Palo se llevó las manos a la nuca.


Iba entre medio de dos de ellos. Llevaban pasamontañas negros que tenían una gran H bordada en rojo a la altura de la frente.
—¡No levantés la vista, hijo de puta!
Recibió un fuerte golpe en la cien que le bajó la vista de inmediato.
—Vamos a darte otra oportunidad… —dijo el tipo que manejaba. Su voz era grave—. Tu última oportunidad para que no arruines la Historia.
—Yo no soy parte de ninguna his…
Otro golpe. Esta vez en las costillas. Palo se debatió en el lugar a pesar de tener las manos fuertemente atadas. Sólo consiguió que lo golpearan más: tres puñetazos certeros. Uno de ellos en medio de la cara. La nariz le sangraba.
El tipo que manejaba siguió.
—Podés robar, matar, cogerte a tu vieja, traicionar la bandera bajo la que naciste… Está todo preparado para que lo hagas… No va a faltarte adrenalina… Nunca… Pero no arruines la Historia. ¿Entendés eso?
Palo estaba hecho un bollo sobre si mismo. Sus “custodios” lo tomaron de los brazos para incorporarlo.
—Te están hablando, infeliz…
—Contestá…
—Es muy típico de los Secundarios ser tan dramáticos…
Palo se sacó el pelo de la cara con un movimiento brusco. El calor pegajoso de la sangre (que ya le bañaba el mentón) estaba lejos de tranquilizarlo. La sangre le advertía que ya estaba todo dicho.
Ya había caído el preciado líquido rojo, entonces, ¿qué más daba morir?
El problema, el gran problema, el problema por excelencia, la madre de todos los problemas, el problema Génesis, era que él sabía que los Hombre H no iban a matarlo. Tenían armas, eran agresivos, pero si los desafiaba no iba a conseguir una bala en la cien. Lo sabía. Eran una representación prototípica, pero en esencia eran mucho más peligrosos que un poco de pólvora en el cerebro.
—Secundario las pelotas…
El auto pasó por un bache y Palo se chocó la cabeza contra el techo. Iban a gran velocidad. De pronto frenaron, con un ensordecedor chillido de los neumáticos.
El conductor se bajó, sin perder un segundo, dando un portazo. Los tipos que rodeaban a Palo se bajaron, entre asustados y obedientes. El que era sin duda el jefe de aquel grupo de Hombres H agarró a Palo por el cuello de la remera y lo arrojó al asfalto, con brusquedad.
Palo no pudo hacer nada para evitar aterrizar de boca. Se hizo un tajo en el labio.
Más Sangre.
“Mierda… Estoy vivo…”.
—¡En los Espacios Vacíos tenés que limitarte a cumplir tu rol, imbécil! —escuchó que le gritaba el otro, mientras le daba una patada en las pelotas—. ¡Nadie te prohíbe ser un delincuente! ¡La Historia sólo exige ser escrita!
Una patada.
Dos patadas.
Palo se tragó un diente.
Cuando pudo levantar la vista vio que el tipo lo apuntaba con una pistola. Detrás de él estaban los otros dos, firmes, soberbios. Chupa pijas.
“Va a pasar… Van a volverme al Principio… Voy a tener que repetirlo, hasta hacerlo bien…”.
Cerró los ojos, pensando en que no podría soportarlo.
Escuchó los disparos (muchos) y su cuerpo tembló.

Abrió los ojos. Uno por vez.
No tardó en pasar de asustado a intrigado.
Los tres Hombres H estaban en el piso. Sus cabezas habían estallado.
—Tres putitos chupamedias menos… —dijo alguien desde la oscuridad.
—Parece que esta noche vamos a poder divertirnos un poco…
—hgtkj…
Se aproximaron, muy de poco, son reserva, precavidos.
—Ho… hola…
Salieron de las sombras.
Eran tres, llevaban armas y ropa rotosas.
Eran deformes: uno de ellos arrastraba una tercer pierna atrofiada, muerta.
Palo tuvo que desviar la vista, con algo de repugnancia.
—Buenas noches, incauto. Somos el Escuadrón de Personajes Desechados y venimos a darle emoción a esta basura…

—¿htyjktrfgbmxsdw?
Palo miró a su interlocutor. Su cara era tan extraña que no pudo definir dónde estaba la boca.
—¿Eh?
—Perdonalo… nunca le dieron voz, no sabe expresarse… —el que le hablaba tenía una especie de mano asomando de la frente—. Pregunta qué mierda es lo que quisiste hacer…
El deforme “sin voz” asintió, entusiasta.
Palo se miró los pies. Estaba en una camioneta semi derruida, otra vez atravesando la ciudad a gran velocidad. Se frotó las muñecas recién liberadas.
—Quiero demostrarles que no soy parte de ninguna Historia…
Los miembros del Escuadrón de Personajes Desechados se miraron (incluso el que manejaba, que tenía cuatro ojos) y estallaron en ruidosas y desconcertantes carcajadas. Estuvieron así un rato, hasta que el de la mano en la frente dijo, luego de enjuagarse las lágrimas de la risa:
—Sí que sos parte de una Historia…
—No, yo…
—¿htyjktrfgbmxsdw?
—¿Eh?
—¡¿htyjktrfgbmxsdw?!
—¡No ENTIENDO!
—Te está preguntando lo mismo… ¿Qué mierda quisiste hacer?
—Me quise matar…
La declaración, tímida, desató otra ola de carcajadas.
—¡¿Qué cosa les da tanta gracia?!
—Perdón… pero…
—¿No te das cuenta?
—¿ghtgbsd?
—¿De qué?
Palo los miró, uno por uno, luchando contra su estómago, que se revolvía.
—El Hacedor es bastante idiota… Sólo hay una cosa que el Hacedor tiene predeterminado desde el Principio: el Final. Los Hombre H son los guardianes de ese Final.
—Pero… Pero…
Se quebró. Se sintió sucio entre esos seres tan grasientos. Se hundió en si mismo, desesperanzado.
Una mano exageradamente grande se posó sobre su hombro.
—Pero tampoco es para tanto, incauto… Siempre hay alguna alternativa.
Palo lo observó, con desconfianza.
—¿Alternativa?
—Claro… No podés no ser parte de la Historia, pero podés desaparecer de ella, volverte una laguna… Saldrías mucho mejor parado que nosotros, que apenas fuimos un boceto…
Palo escuchó con atención.

Se bajó en una esquina conocida. Rengueaba, pero se sentía bien.
—¿En serio no querés venir con nosotros?
—Tengo cosas que hacer… Y va a llevarme tiempo…
—htyhrw…
No lo entendió, pero sonaba decepcionado.
—Está bien… Tampoco es la gran cosa… No vamos a destruir nada… Nuestro vandalismo es más práctico… Cambiamos el nombre de las calles, alteramos la información básica… Si logramos volver loco al Hacedor antes de que termine todo este fastidio quizás podríamos tener un Apocalipsis un tanto más original…
—Ojalá…
—Ojalá.
Un pequeño silencio.
Luego:
—Suerte con eso… Y gracias…
—No lo hicimos por vos… Queríamos borrar del mapa a esos ratis…
—Está bien…
—Suerte.
Palo asintió y levantó un pulgar.
La camioneta se puso en marcha.
—¡Hey!
—¿Sí?
—¿tgh?
—Quería preguntarles algo…
—Preguntá…
—Entiendo que sean ideas desechadas… Pero… Eh… ¿por qué son deformes?
—Mmm… Pongámoslo así: la próxima vez que hagas un bollo con una hoja borrador pensalo dos veces. Pensá en las consecuencias.
Dicho aquello, se largaron.

Pensó en golpear la puerta, pero se decidió por su entrada particular. Trepó por una de las paredes del vecino y llegó directo a la ventana del cuarto de Percha.
Golpeó.
Su amigo no tardó en abrirle. Al verlo, sus ojos, irritados, se notaba que había estado llorando, se abrieron de par en par.
—¡PALO!
Intentó abrazarlo, pero Palo lo detuvo.
Levantó la pistola recién adquirida.
—Perdoná…
Percha retocedió. Se enredó con sus propios pies y cayó.
—¿Qué… qué pasa…?
Palo avanzó, sin dejar de apuntarle.
—Percha… Hay una única forma de no ser Historia…
—Palo… pará…
—Basta con No Ser… Es fácil No Ser…
—Palo, me estás asustando mucho… Por favor…
Una mancha de orina se dibujó en sus pantalones.
—Si nadie nos piensa, ya no somos… Es tan fácil como eso… Siempre fue así de fácil, Percha…
Percha quiso levantarse, apoyándose contra el placar, pero Palo, veloz, lo detuvo, poniéndole el arma en medio de la frente.
—Pará… ¡Por favor!
Sollozaba.
—Dejar de existir es mejor que morir…
—No, Palo, estás mal…
Palo ejerció presión, para que no pudiera moverse.
—Vos sos el que mejor me conoce, el que más me sabe, el que más libertad me dio… Pero el que más me vuelve un esclavo de Ser… Tengo que empezar por vos… No hay otra…
—Pa… Palo… por favor…
Lloraba, de modo tan intenso que toda su cara era agua.
Se encontraron sus pupilas: se vieron ahí, muchos sábados leyendo en el patio, hablando de escribir una historia juntos, riendo, sin pensar en ningún final.
—Así nunca te van a elegir para formar parte de algún equipo…
Supo (recordó) que a eso se reducía todo: o eras uno de los elegidos o te quedabas mirando el partido de afuera. No había puntos medios.
Era injusto. Demasiado.
“El fútbol es una mierda”, se dijo, delirando, al tiempo que apretaba el gatillo.

Caminó hasta una mesita, tambaleándose.
—Ya está… ya está… Si hice esto lo otro va a ser una pavada…
Temblaba. Su cuerpo, su voz, su espíritu.
Su vista se nubló. Cuando pudo recuperar el foco vio unas hojas, escritas a mano, con una letra horrible, presurosa. Pudo reconocerla, sin esfuerzo.
Leyó.
El arma cayó de sus manos.
Era una historia.

“El Escuadrón de Personajes Desechados”
Por Percha

Su vista volvió a nublarse.
Más convulsiones.
—Hijo de puta… —soltó mientras se desplomaba.

—Historia se combate con Historia… —fue lo único que soltó en el juicio.
No pudieron encarcelarlo, estaba mal de la cabeza según el Juez.
“Su cabeza está a años luz de esta realidad”, expresó.

Al final de la historia mato a mi mejor amigo.
Me parece un buen comienzo.

["El Escuadrón..." está siendo publicado para plataformas Apple por http://www.moosgo.com/]

Musa Muerta

6 ene 2011

ESO TAMBIÉN ES ESPECIAL
(dósis doble de Inspiración Nula)




PRIMERA DÓSIS

Es probable que lo veas en algún bar. Te va a llamar la atención y rápidamente vas a pensar: “¡Es un niño, no debería estar tomando!”.
Y cuando se giré va a ser peor.
“¡Es un niño, no puede estar fumando! ¡Y eso no es tabaco!”.
Vas a quedar atónito cuando aparezca una prosti bien llamativa y abrace al niño por detrás, le pase las manos por la espalda y termine acariciándole la chota.
Cuando se le corra la remera vas a ver que el pequeño lleva un arma bajo la cintura del pantalón.
Va a llamarte la atención, sin dudas. Vas a reconocerlo.
Quiero que lo mandes para casa. Se me escapó la otra noche, por una mala combinación de alcohol y pastillas. Ahora las historias no salen, las palabras se mueren en tinta seca, se extinguen las lapiceras, las hojas se pasean vírgenes y frígidas.
Quiero que lo mandes para casa. Lo necesito.

SEGUNDA DÓSIS

Una vez me hicieron un regalo especial.
Te das cuenta de que un regalo es especial cuando sentís que es algo que le gustaría tener al que te lo compró. Eso, claramente, habla de que esa persona en sí es especial. Es lógico que un regalo especial implique, necesariamente, una persona especial.
Te imaginás a esa persona, caminando por ahí, mirando vidrieras, quizás sin rumbo…Y de pronto lo ve. Puede ser cualquier cosa: un libro, un disco, un adorno. Cualquier cosa puede ser un buen regalo especial.
Te imaginás la cara de esa persona. Si es una persona especial, y ya coincidimos en que lo era, sabrás qué cara imaginarte: esa que hace cuando ve algo que le gusta, algo que llevaba tiempo buscando, sin saberlo.
Lo imaginás entrando, sin poder disimular su fascinación, comprando, pidiendo que lo envuelvan, por favor, volviendo a casa con la mochila cargada y cara de felicidad.
Podés imaginarte toda la secuencia, pero no podés imaginarte en qué momento fue que esa persona decidió regalarte el objeto tan preciado en vez de quedárselo. No sabés cuándo fue, pero pasó: en algún momento esa persona imaginó tu felicidad y eso la conmovió más que la felicidad propia.
Que no sepas en qué momento fue que se tomó la decisión es lo que hace especial el asunto.
Fue uno de esos regalos de para siempre. La clase de cosas que perduran más que las personas: la muestra de que lo que vale es la intensidad.
Hoy observo ese regalo especial.
No sé si alguna vez vuelva a recibir alguno.
No puedo imaginarlo.
Eso también es especial.

5 ene 2011

El Instante Absoluto
(“Ella tenía las pupilas dilatadas”)


Debo admitir que desde un principio todo aquello me resultó extraño. No suelo tener suerte con las mujeres… No es que escapen de mi, pero la mayor parte del tiempo estoy muy confundido como para jugar a eso de la seducción. No suelo mantener la vista fija en la mirada de alguien, no puedo simular alguna charla absurda… Siempre me pareció que esas cosas significan un esfuerzo que mata la posibilidad de una empatía verdadera. Es como decir: “Hola, se que ésto es una mentira, sabés que ésto es una mentira… ¿te gustaría que siguiéramos mintiéndonos?”. En el mejor de los casos eso es lo que conseguís: expandir una mentira lo máximo posible; desafiarla, para ver que tan elástica es. Si llega a la cama, mejor. 

Había estado en la casa de un amigo de la secundaria aquella tarde. Nos habíamos cruzado en el subte y habíamos decidió que era buena idea sentarnos a conversar un rato. Él había sido un buen amigo…. La charla que tuvimos ese día en su casa aniquiló todos los buenos recuerdos. No sé cómo, pero habíamos cambiado mucho. 
Terminamos tomando vodka, hablando del pasado, jugando a los suicidas.
-Todo se fue a la mierda…
-Todo…
-Nunca me imaginé…
-No, nunca…
Tomamos mucho, como cuando éramos jóvenes. A mi no me costó, nunca había bajado mi dosis. Puede notar que para él sí aquello significó un quiebre. 
Me despedí y me fui antes de que perdiera la consciencia y ya no fuera capaz de abrirme. Me fui antes de que empezara a vomitar, para evitar sentirme responsable.
“Él era el que me cuidaba antes…”
Jamás voy a volver a esa casa tan limpia, tan bien decorada, tan triste. Esa casa era un presente muerte, aniquilado, pudriéndose de adentro para afuera. Esa casa no tenía pasado ni futuro. Me asustó, la odié.
Y mi amigo… Mi ex amigo, estaba tan muerto como su casa.

Me fui derecho a un bar. Pensé en pedir más vodka, para no mezclar, pero terminé decidiéndome por una cerveza. Bien fría. Claro que sí. Necesitaba algo frío.
Me dediqué a hacer notas mentales sobre el cuento que estaba escribiendo. Me senté al lado de cada uno de los personajes y los dejé hablar. Algunos me sorprendían, otros eran tan yo que me fastidiaban. 
“Tengo que conseguir que salgan de ese embrollo…”
“Mmm… ¿Y por qué no hacés que me encuentre con un viejo amigo del secundario, para que eso tuerza mi ruta? Puede parecer un episodio casual, pero luego descubriríamos que ese amigo, en realidad…”
-Su cerveza…
-Gracias.
No levanté la vista. Si veía al tipo a los ojos iba a tener que matarlo. Me había robado mi pequeño espacio de felicidad. Si te roban las voces cuesta volver a encontrarlas. Cuando lográs que tus personajes salgan bien a la superficie el riesgo es que ellos empiezan a ser más sensibles a tu realidad. Si algo los perturba salen disparados hacia el interior, muy asustados, como un perro con la cola entre las patas. Hay que tener paciencia para que vuelvan. No queda otra. 
Ya sin compañía me entregué a la cerveza. Me habían traído también unas papitas rancias. Eso no me prohibió comerlas.

Cuando levanté la vista para pedir la tercer cerveza la vi. Estaba unas mesas a la derecha y me miraba fijo. Se notaba que iba drogada: las pupilas muy dilatas, la sonrisa sexy pero atontada. El color en las mejillas. El brillo. Mierda, brillaba demasiado. Nunca había visto que alguien brillara así.
Se levantó y se acercó hasta mi.
Llevaba un buzo que le dejaba al descubierto los hombros. Las mangas largas, ocultándole las manos. Un pantalón roto en varios sitios.
-¿Qué es lo que hace que una buena historia sea buena? –preguntó. Su voz era aguda pero no resultaba irritante.
-No tengo la menor idea, me gustaría saberlo.
Se sentó a mi lado. No paraba de mirarme. 
-¿Te diste cuenta de que la única forma que tenemos de mirarnos a nosotros mismos es recurriendo a una superficie espejada?

Nunca voy a saber si era un albergue transitorio o si era su casa: estábamos en una habitación pequeña, en una cama pequeña. Ella sobre mi, cabalgando, extasiada, desnuda, sin dejar de brillar y brillar, lastimándome la vista.
Gritaba. El pelo se le pegaba a la cara. Tenía unos aros con una forma muy extraña. 
La ventana me mostraba un cielo super estrellado. Pude adivinar que estábamos en un piso muy alto.
Cada detalle era magnífico y vivo en si mismo: ninguno necesitaba del otro para significar, pero a la vez su esencia era ser un eslabón dentro de una cadena de conceptualización hermosa.
Todos mis personajes, que quizás eran uno, bailaban alrededor: coincidíamos en tiempo, espacio y realidad por unos instantes. El Instante Absoluto.

Acabé.
Acabamos. Yo gritaba pero escuchaba su voz, mi cuerpo se retorcía en espasmos y sentía sus dedos desgarrándome. Era yo, afuera de mi.
Expandimos conciencia.
Ella se levantó de un salto. Sus pupilas estaban más que dilatas. Se reía. 
-¡Ahora sé por qué te eligieron!
Me incorporé sobre los codos. Algo se escurría de mi mente, algo me abandonaba. Empezaba la resaca, el Mundo Calesita, la presión en la cien. 
-¿Qué decís?
Estiró la mano, ofreciéndome un pequeño sobre que no sé de dónde sacó.
Lo tomé, con algo de duda. Lo abrí y miré en su interior. La luz era mortecina y amarillenta pero pude leer.
Se me hizo un nudo en el estómago.
-¿Así de simple? –pregunté, al tiempo que sentía que volvía a ser vulnerable, tonto, confuso, mortal. Humano.
Ella se encogió de hombros, burlona. 
-El resto sobra.
Acto seguido corrió hacia la ventana y se arrojó. 
No rompió el cristal. O no había cristal.

Al otro día, en el subte, volví a ver a mi amigo de la secundaria. Sé que me vio. Los dos nos esquivamos sin intentar ser disimulados. Miré por la ventana. 
Por momentos, cuando la luz era la adecuada, podía verlo reflejado... Él, el que una vez me había salvado la vida.
“Si vas a escribir tenés que morirte…” 
Ahora me daba la espalda. Se notaba agotado. 
Dejé de mirarlo. Me vi a mi. Me vi en mis pupilas.
Y dentro de las pupilas de mi  yo reflejado.
Ansiaba llegar de una vez por todas: necesitaba terminar el cuento.

Unas semanas después estaba con el Director de la revista, que asentía orgulloso. Llevaba una copia del cuento en una de sus manos.
Yo estaba de pepa. 
-Lo hiciste de nuevo… Es una buena historia… Pasá a buscar tu cheque el martes.
-Genial.
Me levanté y me dirigí a la puerta, para marcharme. Cuando puse la mano sobre el picaporte el otro dijo:
-¿Cómo lo hacés?
Parecía una pregunta sincera.
Lo miré. Detrás suyo había un espejo.
-¿A qué se refiere?
-¿Cómo hacés para llegar a esos finales? No sé cómo decirte… Todo se fue a la mierda… Nunca me imaginé… 
Movía las manos, excitado, tratando de explicar algo que yo sabía que nunca iba a poder explicar.
Me metí la mano en el bolsillo y apreté el pequeño sobre, para darme coraje, para aguantar otro día.
Es fácil. El resto sobra.
Decía (dice, dirá, para siempre):
“FIN”

[espacio vacío]

4 ene 2011

TE VA A DOLER, HIJO DE PUTA


La historia que siempre quise escribir no llegó hasta que fue demasiado tarde. Cuando los personajes estuvieron ahí sólo pude correr junto a ellos, ni siquiera pude preguntar qué mierda estaba pasando (aunque ya lo sabía, claro)

Estallaron las ventanas y cayeron las puertas, una por una. Me tuve que olvidar de mamá, de mi novia, de mis amigos, de todo.
Me tuve que olvidar de mi pequeño gatito, de mis libros, del trabajo que tenía atrasado, del cómic que no había terminado de leer.
Dejé unos cuantos cuentos inacabados, una piedra de marihuana muy bien escondida, una carta sin mandar, muchas ideas dando vueltos, impuestos sin pagar, algunos planes sin concretar y me llevé todas las convicciones: las mías, las de otros, las que lloraron los demás, las que encontré muertas en la calle. Todas.
Nunca voy a aprender a tocar la guitarra, nunca voy a conocer México.
Ahora hay una invasión y me voy a un lugar que vos no conocés y que no existió hasta que yo lo soñé. Sí, YO.
Porque por cada grito tuyo acusándome de loco, de perdido, de necio, de inmaduro, de poco hombre, yo estaba pateándole el culo a Dios.
Yo robo, asesino, violo, atento. Soy un peligro.
Ahora sé que los héroes, mis héroes, siempre soñaron de niños con ser héroes. Era la respuesta para todo: iba a llegar tarde o temprano.
El funeral fue absolutamente necesario, me estaba desprendiendo de tu campo informático, de tus ceros (0) y unos (1), estaba apagando las luces antes de partir, bajando el volumen de todas tus radios.
No te asustes: te dejé la casa en orden y comida en la heladera. Afuera es mucho más importante que mi venganza tonta. Jodete, de una. Ya te vas a joder, posta.
Consumí sacrificios, ansié ser esa porción de vida que conforma una historia, el concepto: ser Todo en una pequeña Hazaña. Entrar en la casa abandonada, salvar a la chica de mis sueños, ser épico en el final y luego ser otra cosa… Ser la manta con la que te cubrís por la noche, el presagio en tu bola de cristal de mal brujo, ser  la musa, que viene a buscarte con guantes de boxeo, dispuesto a darte una paliza, cogerme a tus líneas tan abstractas y pretenciosas… Acabarle en la cara a tus personajes acartonadas tan cobardes como vos, pura paja.
Te va a doler, hijo de puta. Te lo juro.
La historia que siempre quise escribir no llegó hasta que fue demasiado tarde.
Ahora soy parte del ejército. Ahora van a darme una medalla por el esmero, me van a sacar una foto, alguien va a estrechar mi mano. Y ahí, va a empezar a terminar.
En determinado momento TODOS empezamos a terminar... Nunca sabés cuánto puede durar el ensayo, pero de pronto, cuando menos lo esperás, escuchas esa voz que tantas veces habías presentido. Te dice:
“¡Acción!”
Suena la música, todo en función de los segundos que empiezan a romper tu cerebro, porque todo se hace lo que es y asimilás, por primera vez, cada detalle.
Tan perfecto, tanto sentido.
Voy a llorar mucho.
Vas a llorar mucho.
Espero que cuando encuentres el espacio vacío que te dejé en el rincón hagas que todo valga la pena.

“Respira hondo. Se va.”

sin descanso

3 ene 2011

KURT COBAIN NO MURIÓ,
KURT COBAIN SE MATA TODOS LOS DÍAS.
-3 disparos certeros-



[Lo lejano es la partitura con la que suena el futuro que tu presente te prohíbe escuchar. Oídos muertos por culpa de la radiación tecnológica: ya no hay tentáculos en tu cerebro, sólo una repugnante pasividad, quietud. Esperás lo que viene y te entregás a ser el tiempo perdido, ser el autor pasado de rosca, desmayado en el sillón. 
Si querés que sea extremo tenés que lograr la Sobredosis… Primero, lo primero, ésto no es juego de niños. Que quede claro. 
Acumulas las balas que no usaste, como un trofeo, como si pudieran significar algo para alguien. A nadie le importa que el plomo no descansé en medio de tu cerebro. Nadie va a felicitarte por no matarte hoy. Si querés que alguien te busque cuando ya nadie pueda encontrarte sólo tenés que vivir lo suficientemente fuerte como para dejar de vivir.
Vas a tocar una melodía gastada a medio tiempo, y vas a escuchar al universo zapando, encima de tus líneas. Vas a entender que no era tu show. 
Antes de vos ya había música.
Después de vos seguirá habiendo música.]


***

[En un principio éramos muchos, todos. Éramos fuertes, unidos.
Salíamos a quemar al Sol, oscurecíamos cada noche, nos garchábamos a cada amanecer, nos olvidábamos del atardecer, comíamos juntos y disfrutábamos de lo estúpido que era el Mundo, que se pensaba que iba a aplastarnos, como cucarachas.
“Pobre Mundo…”, dije una vez, en una terraza, feliz, fumando sin saber fumar, estallado en mi, “No sabe lo que le espera...”
Nos encontramos en una plaza, hablando de un libro y la policía pasaba y nos pedía documentos y decía que no estaba permitido tomar en la calle… Vos me mirabas, yo te miraba. Era demasiado fácil. Demasiado.
Y escuchábamos, con convicción, muy serios, en tren, mirando por la ventana que nos devolvía un paisaje que no era el nuestro. 
Dijimos cosas locas, raras, vivas… Dijimos la verdad, mil veces: “De acá no nos baja nadie…”
Y no habíamos pagado pasaje. 
Éramos muchos. 
Había un escudo en mi casa, en la habitación más pequeña, la que temblaba por las madrugadas. Me enamoré ahí, justo en esa cama, donde rompimos en un llanto desconsolado, no me acuerdo bien por qué. 
Escribías tus paredes y yo estaba en alguna de las letras. Fuiste mi primer editor. Mi único editor. 
Saltamos con rapidez, corrimos con furia, nos dimos la belleza de un momento distendido en el tiempo, comiendo en el piso. Corrimos, arruinados, arruinando los espacios que no nos parecían adecuados, resumiendo un poco las cosas… Sabíamos ver.
“¿Tenés miedo?”, me preguntaron alguna vez.
(¿Pudimos presentir algo de ésto?)
La cita sigue pendiente, las promesas de alguna vez, un poco pasados de cerveza, no se las comió el malestar de soportar la paliza, de soportar las manos manchadas, la espalda con dolor, la cabeza confundida, estancada, contaminada… la ausencia de MIS amigos.
Aún pensamos en el mismo sitio, en la misma bomba. 
“No puedo entender la mitad de lo que sucede...”
En un principio éramos muchos. Ahora somos los suficientes. 
Y estamos de pie. 
Yo por vos, vos por mi.]


***

[Hay algo que ya no podés hacer.
Podés recuperar una calle, meando en una esquina, puteando a los negocios que no estaban ahí cuando solías caminar como un héroe, con la frente bien alta. Podés reclamar lo que te pertenece: volver al graffiti, desafiar. Siempre desafiar.
Podés comprarte un licor de dulce de leche, como en los viejos tiempo, poner ese disco de temas veloces. Podés desafinar, caerte de la cama, mirarte en el techo y ver el futuro: oráculo por excelencia. 
Podés leer ese libro que sencillamente te cambió la vida. Podés decirle a esos personajes que fallaste en algo, que te sentís muy orgulloso, que estría bueno recibir un abrazo de vez en cuando. Podés volver al monstruo y hacerle “fuck you”, llorando, porque sos tan valiente que no te bancas nada y todo es demasiado bello. 
Podés ponerle play a ese película y que te den ganas. Podés acordarte de vos hablando de esa peli y podés asustarte por lo que dijiste. Podés llamar a las personas que vieron ese peli con vos y decirles: “Sigue siendo la única en mi vida.”
Podés sentarte en un bondi, mirar por la ventana, ponerte los auriculares y recordar lo que pasó cuando viajabas por primera vez en bondi, sólo, sin mamá.
Podés recordar a tu mejor amigo haciéndote trampa, enseñándote a mentir. Podés pasar a visitarlo y ocultarle lo que te pasa, total él lo va a saber, como siempre. 
Podés imaginarte cómo era no imaginarse nada, pero estar tan lejos como para comprobar que lo que no imaginás también sucede. 
Podés quejarte frente a la tele, ejercitando el intelecto, atrofiarlo de anabólicos.
Podés volver a un reci y pensar que capaz aún no te enamoraste.
Podés juzgarte o podés mirarte con los brazos cruzados, expectante.
Podés mirar a los ojos a la chica de tus sueños y aparecer bajo la luz de la Luna, en la noche más triste que compartieron, cuando parecía que se terminaba, de la mano, derecho a un telo, a matarlo todo. Y parecía para siempre. 
Podés llamar a las personas a las que le rompiste el corazón.
Podés soñar con una mascota que ya no está.
Podés.
Podrías.
Pero hay algo que ya NO podés hacer:
Ya no podés volver a empezar.]


-Yo sé/ Vos sabés-

2 ene 2011

MEJOR QUE NADIE


[Voy a decirte unas cuantas mentiras y me voy a esmerar en parecer importante, en mostrarme especial, así, como me gustaría ser de verdad. Así, de sábado con Sol, enamorado.
Voy a recostarme en la mesa y voy a decir: “Comer y beber todos de mi…”
Voy a guiñar un ojo, quedando en ridículo, pero ganándome el título de buen anfitrión. Y perderlo, al agregar: “Comer y beber todos de mi… Pero no usen cubiertos, no usen las manos…”
Voy a caminar por la zanja, manchando mis pies de musgo y te voy a decir que es un milagro. Si tengo suerte me vas a creer.
Voy a hacerte un truco pésimo, que aprendí muy de chico: consiste en simular que me saco el dedo pulgar. Voy a agradecer la inventada ovación llevándome una mano a la cintura e inclinándome, con respeto y entregado.
“Me debo a mi gente… A los que siempre confiaron en mi.”
Voy a reírme por lo bajo, pero sin disimularlo, para que te quede claro.
Voy a multiplicar las papas fritas, comprando otro paquete… La magia de los billetes no falla jamás. Voy a tomar mucho vino y voy a excusarme, voy a inventarte algo de mierda espiritual, para vomitar al rato, manchando tus zapatos.
Voy a dejarme el pelo mal, para que me quede bien, una barba prolijita, que parezca de pordiosero; voy a tener ropa casual, para demostrarte que a parte de ser grandioso soy pequeño en los detalles. Apuesto a ambos colores, para asegurar no sentirme rechazado.
Voy a reírme si te reís de mi, pero por adentro me va a doler mucho.
Voy a predicar con el ejemplo, voy a drogar a todos, voy a repartir ácidos en la calle. Voy a juntarlos en una plaza, no sé que voy a decir, porque voy a estar dado vuelta, seguro. Pero van a aplaudirme. Voy a asegurarme de que puedas ver eso, de lejos. Vas a estar tan orgullosa…
Voy a dejar de comprarle al dueño de la cadena de mercados, voy a ir al almacén vieja de la esquina, voy a saludar al viejito con un beso en la calva, voy a abrazar con delicadeza a su señora, que ni siquiera puede pararse.
Voy a portarme muy bien con ellos, aunque no sé si voy a devolverles el dinero si me dan mal el vuelto…
Voy a alquilarte una de zombies, para demostrarte que revivir a las personas no es ninguna genialidad. Voy a hablarte mucho de todo lo que sé y voy a intentar pasar una mano por tu espalda cuando la película llegué a la parte en la que da más miedo. Voy a apagar la luz para forzarte a hacerlo.
Voy a enamorarme de una prostituta, para que te de celos. Y si no te da celos al menos voy a pasarla bien. Voy a tirarle un vaso con agua a un desconocido en la cabeza y voy a bautizarlo:
-Te llamás “Cara de Picho”…
Y algunos se van a tomar un poco mal el chiste, la gente no tiene humor, lo sabés.
Lo sé mejor que nadie.
Van a correrme, alguien va a disparar: a todos les gustan las armas.
Van a colgarme por ahí.
Me van a dejar solo, muriéndome muy de a poquito.
No voy a resucitar al tercer día. Nadie se va a acordar de mi.
La función es toda para vos: no me interesa salvar al Mundo.
Espero que la disfrutes.]

[Tornado]

1 ene 2011

El 31 de Diciembre es el día más Post Punk del Año


Aglomeramiento de personas… Masa uniforme de rostros deformes.
Una nariz llena de pecas, un ojo casi cerrado, cargado de furia, un lunar mal puesto, una verruga en la nuca, un cuello gordo, una calvicie prominente, piernas flacas, ausencia de dientes, labios cortajeados, párpados demasiad cargados de azul, vestidos transpirados, bermudas, moscas que se posan en brazos, piernas. Nadie se percata de ellas, nadie mira las moscas, nadie siente a las moscas.
Sólo yo las escucho, ahí entre toda esa multitud, que murmulla, que no se calla, que no se detiene, que ya llego demasiado lejos con la mentira… Una multitud que se encoge de hombros. ¡Qué buen Chiste!
-Uno se pregunta por qué las cosas son tan injustas…
-Algunos pueden vacacionar, a otros nos toca trabajar…
-No podría imaginarme la vida de otro modo… Soy decente.
-Todos estamos bien… Todos. Ya tengo nietos, son hermosos.
-Ojalá nada arruine la fiesta… Vienen parientes de lejos…
-¿Alguien dijo 71? Yo tengo el 71… ¿Alguien dijo mi número?
-¿Qué más señora?
-Que tenga buen año…
-Nada más, gracias.
-Feliz año para todos.
¿Quién mierda puede escuchar a las moscas si nunca dejan de parlotear, de decir una pavada tras otra, de entenderse tan mal, de consolarse con consuelos sólidos como el pito de un impotente? Se dan consejos, claro que si, todo el tiempo.
¿Cómo podría funcionar de otra manera?
Un codazo disimulado, una mirada mafiosa, espaldas anchas, remeras pegadas al cuerpo, gotas deslizándose por debajo de los orificios nasales, llegando a un bigote pobre, en nacimiento. No hay galanes entre tanto olor a sudor podrido, vencido, pasado de temporada.
La muerte no huele tan mal.
No hay una expectativa futura, cada acción es tan degradante, humillante, molesta, perturbadora, que se transforma en lo único que hay. Todas son tragedias aisladas. Ya nadie sigue un hilo, ya nadie encuentra la conexión. Mutilados, minuto a minuto. Hay letras, a veces hay palabras, pero ya nadie cuenta una historia. Nadie tiene un buen final, nadie tiene personajes creíbles.
De tanto vivir en una obra tan retrasada mental perdimos el talento.
Están tratando de conformar a la Realidad, quieren besarle el culo. Quieren caerle bien, recibir caricias. Nadie quiere estar lejos de la Realidad.
(aunque insistan, persistentes, loritos, vacíos:
-Uno se pregunta por qué las cosas son tan injustas…)
Desesperan, muy de a poco, mientras las moscas siguen mudas para ellos, que tienen tanto que decir. Se agolpan más, un poco más de fastidio a la ensalada. Todos quieren una porción, quieren comprar la dignidad, otra vez, para devorarla y volverla a meter adentro.
“Pero hay cosas que una vez cortadas ya no vuelven a crecer”, anotó Van Gogh en su diario, con cara triste.
Todos apretándose en un pedacito de espacio. Pocos escotes sexys, las tetas transpiradas son lo mejor del festín. Asqueados de tanto pegotearse uno con el otro… Intercambian fluidos (nunca se chocan las pupilas), intercambias derrota.
Aúllan, furiosos, ante los furiosos vendedores, que estallan en el mismo orgasmo de frustración, directo a lo profundo, a seguir soñando con gusanos.
Afuera el Mundo se termina, los chicos consiguen drogas, destapan otra botella, de vino, de cerveza;  una chica trajo licor… Afinan instrumentos, alguien escribe algo.
Sonríe la juventud suicida.
Las moscas ignoradas traen la Revelación.
Cuando también las escuches vas a reírte. Y llorar.
Vas a ver el Tornado.
El 31 de Diciembre es el día más Post Punk del Año.