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DESIERTO

5 ago 2010

SEXTO DESIERTO, A LA IZQUIERDA


Banda sonora: THE WHITE STRIPES

Tengo seis personajes. Uno es violeta y no desea salir de su escondite. Otro es demasiado bello como para asumir que está equivocado. El tercero está deprimido y se pregunta, con obsesiva insistencia, si ya estará muerto (“Quizás nadie me aviso”). De los que restan tampoco hay mucho que decir: uno es enorme, ama los árboles y no se siente cómodo con su realidad; el más pequeño, el que sufre de asma, el que nunca, jamás, combatirá contra las injusticias, quiere ser superhéroe. El último de ellos, el de la sonrisa brillante, está drogado. No le importa nada. O quizás ya nada le importe gracias a las drogas. En realidad creo que a él todo le importa demasiado. En fin, no es el punto.
Tengo seis personajes. No se conocen entre ellos, no conocen a nadie. Están solos y piensan en voz alta.
La Libertad es un sentimiento extraño…”, dice alguno de ellos, quizás sin saber lo que dice.
Tengo seis personajes unidimensionales (malísimos), una frase gastada de tan repetida y algunas líneas de presentación… Sigo sin tener una historia.
Una hoja en blanca violada sin un fin aparente, sin una causa justa. Tu ropa interior, inmaculada, ahora salpicada con sangre; sábanas manchadas de semen; barro en tus zapatos, mugre en las uñas por querer cavar una tumba en la tierra menos adecuada (“¿Qué hacemos entonces, señor Juez, con todos los cadáveres?”); tu remera preferida, la de la infancia, quemada, arruinada de modo estúpido por la curiosidad (¡sagrada y divina curiosidad!) de saber qué se siente fumar, qué se siente desobedecer a mamá y papá; una herida… Todo es una hoja en blanco mamarrachada por algún capricho.
Agua bendita en lugar de tinta, crucifijo en lugar de lapicera… Exorcismo, sudor, temor… Con poco convencimiento, pero seguro, me proclamo Rey, desnudo, desafiante, Dios.
Le grito al desierto (muere otra hoja en blanco) y le pregunto al cielo cargado de estrellas, símbolos, arcanos: “¿Qué hago con mis seis personajes?”.
Y me contesta la Luna, que no habla, y me dice, con ecos y vientos, que los personajes se crean en función de una causa, que la telaraña se empieza por el centro.
Me tomo una pausa para entenderla y mis personajes se impacientan… Uno golpea las paredes con los puños cerrados, fuerte… Otro las golpea con la cabeza (“Que mas da… Si es probable que esté muerto…”); otro se toma las rodillas y grita. Sus habitaciones no tienen puertas.
Muy tarde para intentar modificarlo.
“Ellos están ahí, se encerraron y ahora me piden a mi, que a penas los conozco por lo que de modo imprevisto salió de mi lapicera (cruz), que les de un sentido…”, explico, cerrando los ojos, orgulloso por la Revelación, ansioso por volver a pisar suelo fértil. Sin embargo, espío y todo sigue igual: desierto y noche.
La Luna, ya habiendo dicho demasiado, después de mirarme con desaprobación, se gira… Y me deja solo.
“Qué conchuda”.
Luego: “La Libertad es un sentimiento extraño…”. Esta vez soy yo quien lo dice. En  voz alta todo tiene mucho más sentido. Comprendo.
“En un desierto tampoco hay puertas…”
Me rio del chiste un rato largo… Me rio tan fuerte que mis personajes me presienten. Agudizan sus sentidos… Sin embargo están tan lejos de mi como yo de la Luna.
Insisto: yo no sé nada de esos seis sujetos… Jamás podría comprenderlos, jamás podría brindarles consuelo… Es muy injusto…. Para ellos y para mi.
Pero la tentación es enorme… Tejer la telaraña de modo inverso puede llevarme al centro… Y cuando haya una causa no habrá necesidad de contar una historia… Porque habrá una historia… Y si hay historias entonces no se escribe… O la escribe otro… Pero ese será su problema… Que se joda. Me conformo con volver a la hoja en blanco.
Tengo seis personajes… Y mi presencia, lejos de tranquilizarlos, los inquieta más… Sólo hay un escape. Cierran los ojos, simultáneamente, y piensan, sin tener un plan pre fijado, en una araña. Una araña gigante.
Una araña gigante que me muerde el cuello (¡MIERDA! ¡A los conejos no nos gustan las arañas!)… El desierto se vuelve torbellino, vértigo, dolor…
No vi venir el ataque y eso me pone nervioso.  Aunque también me tranquiliza.
“Tengo todo bajo control: soy conciente de que nada está bajo mi control…”
El veneno de la araña no tarda en recorrer mis venas y va directo al cerebro, sacudiéndome.
Son convulsiones, espasmos, electricidad.
“Tengo un personaje…”, dice el Violeta.
“… que ha sido picado por una araña…”, susurra el Señor Oscuridad.
“Un personaje envenenado…”, sigue el Idealista.
Agregan los otros tres:
“¿Y ahora,
Que será
De él?”
No hay metáfora, no es así de simple, ¿verdad?
Mis seis personajes ni siquiera habitan el mismo Mundo, pero comparten el mismo sueño. Y me odian. Tanto como yo a ellos.
La Libertad es un sentimiento extraño…”. Sale de la boca de la araña, que se queda en mi hombro, como si fuéramos viejos y buenos amigos.
Estamos en un lugar blanco. Muy blanco.
“¿Es la Luna?”, pregunto ilusionado.
“No… Una hoja…”
Y me imagino a mi escribiendo… Pero no soy yo: es otro que imagina escribir mi vida, sin saber que yo, contándolo, estoy escribiendo la suya (¿la mía?).
¿Tejo hacia adentro o hacia afuera?
No sé. Aún no puedo saberlo.
Tengo seis personajes. Los seis están soñando.
Creo que yo también sueño.
Y es entonces cuando las cosas se complican de verdad.

Pequeños Atentados

15 jul 2010

PEQUEÑOS ATENTADOS

"Y se me agrandan más los ojos..."
MASSACRE, La Reina de Marte

INVASOR

-Es el último que queda vivo... -sentenció el Civil devenido en Militar.
-Está destrozado... -observó el Héroe, orgulloso.
El Invasor respiraba con dificultad, el cráneo partido, una pierna amputada.
-Voy a hacerle un favor con ésto...
El tiro retumbó en todo el lugar y el sonido de la bala que marcaba el fin de una especie recorrió kilómetros de calles vacías y solitarias.
El Científico entró unos segundos después, transpirado, alterado. Al ver los restos de seso en la pared se llevó una mano a la boca.
-Hice estudios...
-Tarde, ya nos libramos de la amenaza...
-Ellos no venían de otro planeta... Eran nuestra evolución...
Los dos hombres se giraron con brusquedad hacia el recién llegado.
-¿Qué?
-Eso mismo... Aniquilamos el futuro...
-No... No puede ser...
-Lo hicimos...
-No... Es absurdo... Y suponiendo que tuvieras razón... Eso significa que vamos aprender a viajar en el tiempo...
-¡Es cierto! ¡Podemos usar esa capacidad para evitar esta guerra! -exclamó el Civil, culminando el razonamiento del otro, contento por ayudar.
El Científico le clavó sus ojos cansados y viejos.
-Evitar la guerra es lo que Ellos estuvieron intentado hacer todo el tiempo...
El Cobarde, que había estado escuchando todo, salió de su escondite.
-Hey... No se alarmen... -dijo sonriente- Las paradojas y esas mierdas existen porque la gente fuerza a la razón y la lógica... Las cosas son más sencillas... Sin un futuro sólo somos más libres...
Los otros lo miraron, horrorizados.
-Sos un maricón de mierda... -le soltó el Héroe, dando un paso al frente- Querés escapar a los problemas...
El Cobarde lo observó, confundido. Su sonrisa se evaporó.
-No... Estoy diciendo que somos libres... No hay problemas... Se soluciona todo nunca viajando en el tiempo...
La idea volvió a causar escalofríos en sus interlocutores.
-Por gente como vos todo se va al carajo siempre...
El Héroe no dudó y le encajó un tiro en medio de la frente. Sus compañeros lo vitorearon y luego todos se pusieron a idear el plan para poder no fallarle al Destino.

 ***

«...y la peste caerá y todo será enfermedad.... Y el Mundo se irá a la mierda. Pero mal. Y de la tierra devastada brotaran tumores radioactivos que provocaran impotencia en los hombres y sequedad vaginal en las mujeres y la raza más estúpida por excelencia entenderá demasiado tarde que hubiera sido preferible garchar y no tanto juzgar y juzgar y juzgar...
Ya no habrá alcohol para mantener ebria a la desesperación y cuando alguien grite por ayuda, el Salvador (TU Salvador) estará super drogado y contestará a modo épico, dándole un final al libro del Destino: "Fumate Esta..."»

[APOCALIPSIS según Matías Oniria, 11, 4-14]


***



♦Portal... Libro, Viaje, Caída, Domingo, Humo, Infinito, Sombra, Garabato, Palabra, Cuento, Dios, Conejo, Cruz, Explosión, Sol, Césped, Infancia, Misterio, Magia, Fuego, Agua, Hoja, Vacío, Birome... Portal

 [pic by CONDUCTA M]




*** 

Estoy muy convencido de que en la otra vida fui una bruja... Y sé que nos conocimos...
Fuiste parte del ritual (el sacrificio; la mejor parte) que me permitió hoy reencarnar en este ser huracanado que no tiene un segundo de paz...
Y ahora te escribo, para devolverte el favor, para darte la vida que una vez te quité...
Vas a ser mi personaje favorito y vas a escribir el cuento que siempre quise escuchar: el del escritor mediocre y resentido que creía que había sido bruja en su vida anterior…

***

Brindaron, rompieron las copas, se cortaron el rostro... Después, con la sangre, dibujaron corazones en el piso.
"El Mundo es un lugar absurdo...", dijo él, con una sonrisa; enamorado.
"Sí", afirmó ella, sin dejar de admirarlo.
Se desmayaron.

Al otro día sólo tenían cicatrices, sangre reseca y una resaca de la puta madre.
No intercambiaron palabra, no se saludaron, no volvieron a llamarse.
 
*** 

Otra vez mirando para abajo [cara de preocupado], calculando los metros que me separan del piso... Otra vez la capa puesta, empecinado...
La verdad es que a veces no quiero. Y a veces me cuesta.
Pero alguien está aniquilando a los superhéroes... y no puedo soportarlo.
Otra vez noche, viento, tristeza.
Sin poderes...
En serio, no es justo...
Voy a putearte en la caída. Y va a ser una caída larga.
Algún día van a darse cuenta: cada vez que me hago mierda estoy salvando el Mundo.

***


TRASTORNO

-Que nadie te diga nunca "Te dije"...
Ese es el consejo que me dio ella aquella noche, en ese callejón oscuro.
Nos quedamos callados un rato, mientras el vapor salía por nuestras bocas, dibujando conversaciones mudas.
-¿Me hiciste venir por esa boludez? -pregunté, algo contrariado.
-Bueno... -lo dudó un poco, se aclaró la garganta, quiso sonar profunda- No es ninguna boludez...
-¿Vos viste el frío que hace?
-Pensalo...
-Pensalo las bolas...
Me dí media vuelta y me fui, congelándome a cada paso, tiritando, masticando una puteada.
Y ella se quedo ahí, entre las sombras, con orgullo, parada bien firme, aguantando las lágrimas con el mismo esfuerzo digno de admiración con el que yo me aguantaba de matar al Mundo.
Al final de ese día yo sí lloré y ella mató el resto de humanidad que quedaba entre nosotros.

Nos volvimos a encontrar un tiempo después. No fue casualidad.
-Es muy tarde... Hacela corta... Me despertaste... -le dije, mirando el reloj. Hacía días que no dormía. Venía arrastrando un insomnio bien hijo de puta. Estaba enfermo de tanto no poder escribir.
-La otra vez tenías razón... Era una boludez...
-Viste... Te dije...
Me reí del chiste por dentro, sin ganas. Detesto mi humor. Me hace sentir mal.
-Cuidate...
Se giró y empezó a marcharse, decidida.
-Antes de decir una boludez, pensalo dos veces... -le grité, sólo para ver si lograba mantenerla un rato más cerca mio.
Pero fue en vano.

El tercer encuentro fue azar puro. Que es como decir que lo planeamos ambos, sin saber.
Ella estaba particularmente feliz, a pesar del rimel corrido.
-¿Qué pasa? -le pregunté, después de toser. Estaba afiebrado, con la barba crecida.
-Tenías razón... En todo... Voy a dejar de soñarte...
Me cayó como un balde de agua fría.
-Pero...
-Antes de decir una boludez pensalo dos veces...
Nos sonreímos con sinceridad. Fue un momento espléndido.
Nos despedimos agitando la mano, con timidez.
Como si no nos conociéramos.
Inocentes, como al principio.
Cuantos buenos consejos.
Cuanta mierda.

Y las hojas siguen en blanco, cayendo a mi alrededor.
Espero que pronto cambie la estación, porque el cáncer avanza y estoy un poco harto de estar despierto.

***
Dinamita debajo de tu almohada.
Dulces sueños.


11 Flores Violetas... [III]

29 mar 2010

11 Flores Violetas para el Funeral de un Conejo Blanco



[parte 3 de 3]

A Celes, por el aguante.


IV.

—Cecilia, esto es absurdo, en serio…
—Sí, pero es divertido… —me miró con una amplia sonrisa. Sus dientes no eran perfectos, pero me había enamorado de ellos—. ¿Te divierte, no?
—No sé…
Estábamos cayendo… No sé de dónde, no sé hacia dónde… Caíamos…. Y muchas flores, todas violetas, nos hacían compañía en la caída.
—¿Ya no te gusto?
Me dolió su tono triste… me dolió muchísimo. Logró que me odiara mucho a mi mismo y eso hizo que la odiara un poco más a ella.
—No sé por qué no se me paró… 
—Eso no me importa Esteban… Me refiero a otra cosa… -sus ojos se clavaron en los míos. Me amaba.
—No te referís a otra cosa… Te entiendo… Algo anda mal… Estoy preocupado… o asustado… o las dos cosas… No es excusa, pero… Me siento encerrado.
—¿Sentís que te encierro? –con movimientos lentos logró darme la espalda.
Yo suspiré y me fijé en su pelo que por efecto de la caída se elevaba sobre ella, como si fuera uno de esos graciosos gorros de duendes.
—Me gusta tu color de pelo… Vas a cumplir todos tus sueños… Yo no.
—Ya no te gusto…
—Cecilia… —traté de tocarle el hombro, para que se volteara, pero no pude hacerlo… De repente empezábamos a alejarnos—. Vas a llegar al piso… Tarde o temprano… Yo… Yo no voy a llegar nunca… Pase lo que pase voy a caer… siempre.
—Entonces no estás tan encerrado… ¡SOS UN MENTIROSO!
No había dudas, lloraba.
Pensé en sus palabras… Cuando levanté la vista ella estaba cada vez más lejos.
—Cecilia…
—¿Qué? —su voz sonó cerca.
(hay voces que siempre suenan cerca)
—Que tengas un feliz aterrizaje…
Cerré los ojos, el viento me acarició… Unos cuantos pétalos intentaron limpiar mis lágrimas… Pero ya era tarde.
Seguía cayendo…

Abrí los ojos para ver cómo la puerta del ascensor se abría frente a mí. Estaba tirado en el piso. Había sufrido un desmayo.
Me incorporé con velocidad, medio perdido, con un leve e injustificado sentimiento de culpa y con un revoltijo grande en el estómago. Bajé antes de que la enorme boca de metal se cerrara.
—Dónde mierda…
Un cartel respondió la pregunta antes de que pudiera formularla completa.
“Piso 11”.
“Perfecto…”, pensé sin saber si estaba siendo irónico o no.
Miré para ambos lados del pasillo extenso y luminoso: a unos cuantos metros a la izquierda había una larga fila de sillas, de esas de plástico oscuro… Las incómodas… Esas que están conectadas unas con otras, haciendo que si te movés fastidies al otro… O que el otro te fastidie.
Había un joven sentado ahí, con una caja a sus pies… Tendría veinte años como mucho, acné en el rostro y el pelo muy grasoso. Movía las manos con nerviosismo.
Antes de que pudiera pensar en desaparecer se giró y me vio.
—Buenas… —exclamó y los cachetes se le encendieron al rojo vivo.
—Buenas… —susurré para resultar cortés.
—¿Vos también vas a ser papá?
—¿Qué? —lo observé con intriga.
“No creo que pueda ser papá… la última vez que estuve con una chica no se me paró… Y eso que era la chica más hermosa del Mundo…”.
Caminé hacia él.
—Éste es el piso de partos… Mi mujer… bueno… novia… —sonrió con estupidez suprema, se ruborizó más, bajó la vista y siguió hablando—. Mi novia está teniendo a nuestro hijo ahora… Está en esa sala…
Señaló una puerta blanca… Una puerta igual a las otras del piso. Una puerta que podía ser cualquier puerta.
—Felicitaciones… —respondí de modo automático. Me apresuré a agregar:—. Supongo…
—Estoy muy contento… Aún no pensamos un nombre… —se puso muy serio—. Eso me preocupa… Sería muy inapropiado tener un hijo sin nombre…
En ese momento se escucharon unos gritos de dolor. Sentí fuertes puntadas en la cabeza.
El padre primerizo y prematuro miró hacia la puerta que podía ser cualquier puerta y abrió mucho los ojos.
—Está viniendo… —exclamó, entre asombrado y horrorizado.
“Corré… Corré… Andate… Sería lo más lógico… yo te entendería, en serio”.
Pero eso no pasó. Los gritos continuaron y él se quedó petrificado en su lugar. Al cabo de unos minutos, cautivado por esa sinfonía de agonía, me senté a su lado.
—Tu mu… novia… debe estar sufriendo mucho…
Asintió, muy lentamente.
Nos quedamos así por otro rato, hasta que un médico sin expresión (barbijo, gorro, lentes) se asomó por una de las puertas.
—¿Quién es el padre? —preguntó, seco.
El muchacho se paró y se dirigió al profesional con paso firme. Pensé en palmearle la espalda a modo de ánimos, pero, entre que lo evalué, fue tarde para hacerlo.
Bajé la vista y me fijé en la caja.
“¿Qué carajo tendrá?”, me pregunté.
Lo primero que vino a mi mente fue, claro, una bomba.
Vi el relojito, los cartuchos de dinamita...
Lejos de asustarme, sonreí.
En determinado momento la silla se movió y supe que el flamante padre acababa de recuperar su asiento.
—¿Y? —pregunté, sacudiendo la cabeza para librarme de todos mis pensamientos terroristas.
—¿Y, qué?
—¿Cómo salió todo?
—Bien… Sólo… Sólo nació deforme…
Se giró y me clavó sus ojos grandes, tontos. Sonrió. Yo me sentí de hielo por dos o tres minutos.
—Lo… Lo sien…
—Está bien… Voy a quererlo igual…
—Me parece bien…
—Y no voy a dejar que nadie se burlé de él…
Tenía la voz de un padre orgulloso y lo admiré por eso.
—Mejor que lo defiendas…
—Sí… Y voy a mimarlo… Éste es mi primer regalo…
La expresión optimista, dolorosa y aniñada de aquel nuevo hombre era abrumadora. Señaló la caja.
Quise devolverle la sonrisa y no me sentí capaz. Quizás yo nunca vaya a ser un hombre.
—¿Qué le compraste?
—Miralo vos mismo… —lo dijo casi de modo imperativo.
“Capaz que, después de todo, sí tenga una bomba improvisada...”.
Abrí una de las orejas de la caja y lo que vi me dejó duro.
—¿Le compraste un conejo?
—Sí… Dicen que hacen bien a los nenes…
El conejo me miró… nos vimos… Algo volvió a mi pecho… Angustia pura.
Parece que tenés algo con los conejos…
—Ese conejo está sufriendo, encerrado ahí…
—Estaba peor en la vidriera…
—No… no entendés…
No podía despegarme de la mirada del bicho. GRITABA.
Me levanté y empecé a retroceder.
—No puedo dejar a mi hijo sin nombre… Si me decís tu nombre podríamos…
Y siguió hablando, pero el animalito ya me había absorbido. Sufrí por él.
Sufrí lo que él sufría. La empatía me lastimó el cerebro.
—Perdón… —susurré.
Y me fui.
Huí.

V.

Antes de salir del hospital me metí en el baño de la planta baja. Miré la línea de puertas y abrí una al azar. Sentada sobre la tapa del inodoro, en pose budista, estaba la enfermera de tetas grandes y cicatriz en el cuello. K.
—Éste es el baño de hombres…
—Por eso estoy acá… —me dijo.
—El viejo de la 56 está loco…
—Ya sé…
Me arremangué el buzo y estiré el brazo hacia ella.
—Quiero un poco de eso que tenés ahí… —dije señalándole el bolsillo.
Ella sonrió y empezó a preparar la jeringa.
—Hace un rato vino una chica a recepción… Preguntaba por vos… Parecía preocupada… Quería verte.
—¿Luciana?
—Pero no la dejaron pasar… La habrían dejado… Tu estado es grave y está bien que alguien se quede con vos toda la noche… Pero esa chica era menor de edad.
—¿Menor de edad?
(siete gotas, ocho gotas…
—Sí…
—¿Era morocha?
…nueve gotas…
—Sí…
—¿Y tenía algo violeta?
…diez gotas…
—La remera…
Sonreí.
—Cecilia tiene fascinación con ese color… Dice que algún día se va a teñir el pelo de violeta…
…once gotas)
—Es muy linda chica…
—Es hermosa…
No miré la aguja cuando me inyectó para no descomponerme.
Un escalofrío me erizó los pelos de la nuca.
—¿Te gusta este lugar?
—Odio los hospitales… los viejos se mueren con demencia, los chicos nacen deformes…
—No te hablaba del hospital… hablaba del Mundo.
—Es igual…
Lo meditó y dijo:
—Hay una película que tiene un fotograma oculto del Mundo estallando…
Sonreí.
—Eso no puede ser… El Mundo aún no explotó…
—El Mundo está explotando en este momento… Siempre está explotando.
Sonreí con más ganas.
—¿De dónde es el fotograma? ¿De qué peli?
—Una de Mad Crampi, si no me equivoco…
Después me preguntó si quería mirarle las tetas y asentí. Pero la cicatriz de su cuello era mejor. La cicatriz la hacía especial.
No pudimos hacer nada, por supuesto.
Mi pájaro estaba muerto.

VI.

La noche estaba hermosa y sentí un alivio enorme al salir. Sólo me dolían un poco las cuencas de los ojos. No los ojos, las cuencas.
Me metí la mano en el jean y saqué el fibrón que siempre llevo conmigo. En una de las paredes laterales del hospital escribí: “Todo lo que soy lo soy por accidente”. Y subrayé la palabra “accidente” tres veces. Abajo dibujé un conejo decapitado.
Me alejé, pensando en no sé qué y entonces escuché un tintineo a mis pies. Me detuve para mirar justo al tiempo que sonaba un bocinazo y un camión pasaba a dos centímetros de mi cara.
No me pregunten cómo llegué allí pero estaba en medio de la avenida. El corazón me latía con fuerza. El conductor del camión que casi me mata me insultó con inusual originalidad.
Levanté la pata de conejo del suelo y corrí hacia la vereda, asustado.
No sé cómo se salió esa porquería de mi bolsillo. La miré con atención y me pareció oír la tos y la risa del viejo. Tomé fuerzas y tiré el puto llavero lo más lejos que pude.
Miré mi reloj y pude verlo en el instante en que pasaba de 11:11 a 11:12. No me sorprendí.
La calle estaba demasiado solitaria y por eso empecé a correr… Antes de caer inconsciente me acuerdo que pensé que ese día se me estaba haciendo eterno y que extrañaba a mamá.
A mamá con sus orejas largas.


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11 Flores violetas...

20 mar 2010

11 Flores Violetas para el Funeral de un Conejo Blanco



[El siguiente relato se pulicará por partes. La presenté es la parte 1 de 3]


I.

Me despertó un bocinazo. Esa clase de bocinazo largo, histérico, psicótico. El equivalente a una puteada en el trastornado mundo de los automovilistas. Lo escuché de lejos, amortiguado, pero así y todo pude entender su naturaleza y deducir que se trataría de un camión. La imagen que me vino a la mente fue la de un tipo gordo, gesticulando, escupiendo, con algunos dientes menos, casi calvo, desprolijo, de brazos peludos, camiseta blanca, sucia, sudada… el prototipo: siempre termino en el maldito prototipo. A veces me fastidia mi falta de imaginación.
Lo primero que vi cuando abrí los ojos fue a mamá e instantáneamente se me hizo un nudo en el estómago. Percibí un olor extraño y familiar. Me desorientó la posición en la que estaba la cama en la que me encontraba acostado. Observé la ventana cerrada, la lámpara, la televisión apagada. Supe dos cosas de inmediato: era de noche y esa no era mi habitación.
Paredes blancas, no el poster de Delta Whitte, mi actriz porno favorita… paredes blancas, no el poster rotoso de “Alicia en el país de las maravillas” que había robado de un video club hace unos años…
Paredes blancas… claro, otra vez en el hospital. Me llevé una mano a la frente, molesto, y no me sorprendió ver la tira que apretaba mi muñeca.  
—La última vez que estuve en un hospital pasé once días sin tener una erección… no sé qué me inyectan pero no me agrada —mi propia voz me sonaba pastosa, sentí ganas de escupir pero no supe dónde. De haber estado solo hubiera escupido en el suelo.
—Tampoco es tan importante una erección —susurró mamá, con tranquilidad.
Sentí el calor subiéndome por las mejillas… sentí la reacción natural del cuerpo, pero no sentí vergüenza. Puedo hablar de erecciones con cualquier persona. De hecho recuerdo haber hablado de erecciones con seres inanimados.
—Por no poder tener una erección me peleé con Cecilia…
—¿En serio?
La miré. No sé por qué no tuve la suerte de nacer con su mismo color de ojos. Un verde como apagado, más hermoso que cualquier otra cosa. Yo comparo esos ojos con la fotografía de un paisaje de esos que transmiten paz e inquietud. Una plaza vacía en un día nublado.
—No me imaginaba que Cecilia fuera de la clase de chica que deja a alguien porque no tenga una erección… —siguió mamá.
—No dije que me dejó… dije que nos peleamos… me pareció muy hipócrita que ella me dijera que una erección no era importante.
—Hay muy buenas formas de suplantar a un pene…
—Eso es ridículo —exclamé interrumpiéndola. Con un poco de dificultad logré incorporarme y arrastré la espalda por la pared hasta quedar sentado—. Mamá, Cecilia y yo tenemos 17 años, necesitamos sexo de verdad… sino alguien termina frustrado…
Tuve un leve mareo, me tomé una pausa bastante larga antes de continuar. Cada célula de mi ser sintió repulsión por ese lugar asqueroso, monótono y exageradamente pálido.
—No digo que no crea en la fuerza de los consoladores, sólo digo que esa es una religión para la que soy muy joven —lo solté todo muy rápido. La rematé yendo al grano—. Quiero… Necesito tenerla dura y sentir que estoy entrando en alguien… es así de simple y punto.
Mamá se encogió de hombros dejando ver que me entendía pero que no compartía mi punto de vista. Eso no me gusta de las madres… eso de “hace lo que quieras” es una maniobra psicológica que implica una gran dósis de mala leche.
Nos quedamos un rato en silencio. Aproveché para pensar en Cecilia. Me pregunté si en ese momento estaba acostada con alguien. La imaginé semidesnuda, besando otro cuerpo. Para mi sorpresa no sentí odio, sino que una enorme tristeza.
—¿Por qué te quisiste suicidar? —me preguntó mamá sacándome (gracias a Dios, Buda, Isis) de mis pensamientos.
—¿Otra vez lo mismo?... Yo…
Me quedé mudo: mamá tenía dos enormes orejas de conejo, blancas, que parecían brotarle del cuero cabelludo.
Una serie de imágenes invadieron mi mente: un perro ladrando furioso, un gancho difícil de destrabar, una ruta, el sol imponente, caras sorprendidas, césped, espacio amplio, verde, verde, más sol, gris, líneas amarillas, sangre en las zapatillas que más me gustan, rojo, sol, ruta, verde…
Sacudí la cabeza con fuerza. Al lado de mi cama sólo había una silla vacía. Mamá no estaba.
Mi mamá había muerto hacía cinco años, en un accidente de tránsito.
Estaba solo en la habitación. Al menos no era una habitación compartida.
“¿Y Luciana?”.
Mi hermana siempre era la primera en estar cuando yo estaba en el hospital. Me fastidiaba bastante, pero en ese momento deseé que estuviera para que me contara sobre sus obras de teatro y esas cosas.
Miré el reloj circular, insípido, como todo allí, que colgaba de la pared. Eran las nueve en punto. Suspiré. Cerré los ojos y de pronto me sentí caer. Los volví a abrir con brusquedad.
Caer…
Caer, las flores acercándose a toda velocidad…
Todo encajó a la perfección. El corazón se me aceleró.
“¿En serio causé yo todo eso?”.
Unos minutos después descubrí la nota que había sobre la mesa de luz. Sí, soy muy despistado. En la primaria siempre me olvidaba la mochila y recién lo notaba cuando estaba por llegar a casa.
Volví a sentir la boca pastosa.
Tic- tac… tic- tac…
Del exterior llegó el ruido de un camión que pasaba a gran velocidad.
Escupí en el piso.

II.  

Luciana y yo tenemos una buena obra social. Es una de las pocas cosas buenas que pudo darnos mi viejo. Y no me importa como suene esto y menos me importa las conclusiones que saquen sobre mi: nunca, jamás, pisaría un hospital público. Lo hice una sola vez, cuando tenía siete años, y tuve pesadillas por meses. Pasillos interminables, laberínticos… gente, mucha gente, quejidos, decadencia,  ropa rota, rostros sucios, muertos vivos, una recepcionista  con un tic nervioso, mucha infección, podridos, gusanos, médicos con cara de pervertidos… y brujas, brujas detrás de las paredes, seguro, frotándose con escobas, maldiciendo a los recién nacidos, torturando a los agonizantes… Moho en el techo de las habitaciones… y el olor…
Es definitivo, jamás voy a volver.
Mi ropa estaba pulcramente doblada en el baño. Me vestí sin prisa (las zapatillas manchadas, náuseas), eché una meada larga y me miré en el  espejo. Tenía dos grandes moretones bajo los ojos. Casi parecía un antifaz.
—A la mierda —solté y me empecé a tocar la cabeza en busca del golpe… para mi sorpresa no lo encontré. En ese instante comprendí que la lesión era mucho más grave de lo que yo podía imaginar… pero no me importó.
Escuché que la puerta de la habitación se abría. Me preparé para el circo de los doctores al que tan acostumbrado estaba. Largué un bufido que procuré que se escuchara para el recién llegado y cerré de un manotazo la puerta del baño.
Esperaba que alguien me dirigiera la palabra. Esbocé mi mejor insulto, lo adorné, me sentí orgulloso de él… pero no pude parirlo.
“Lo lógico es que me pregunten si estoy bien”, pensé, indignado y frustrado al cabo de unos minutos. Agudicé el oído: era evidente que alguien había entrado… alguien con mucha paciencia.
  Salí del baño con violencia. Me desconcertó un poco ver sentada sobre la cama a una enfermera joven. Siempre me había tocado lidiar con enfermeras y médicos mucho más grandes… y sobre todo en las guardias nocturnas, así que esa chica era toda una rareza. Sin embargo no alcanzó para que yo cerrara mi bocota.
—¡Podría haber estado desmayado ahí adentro! ¡O muerto! Si me hubiera caído y me hubiera golpeado ya estaría desangrado… Se supone que si estoy acá es porque estoy débil… ¡O enfermo! O algo… Y tendrían que preocuparse…
Me quedé en el lugar, respirando agitado, con los puños cerrados.
La chica me miró con una gran sonrisa. Dos cosas me llamaron la atención: Sus tetas de tamaño más que considerable y una cicatriz de unos diez centímetros que le surcaba el cuello en el lado izquierdo.
—¿Y si te hubieras muerto, qué? —soltó ella con una voz dulce, llena de armonía—. Estas acá porque saltaste del segundo piso de tu casa… ¿Por qué te quisiste matar?
—¡No me quise matar!
—Y no es la primera vez que entrás por algo así…
No despegaba sus ojos burlones de los míos.
—Nunca me quise matar…
Ella asintió, pensativa.
—Entiendo —exclamó—. ¿Entonces? ¿Por qué te quisiste matar?
Negué con la cabeza, resignado, sabiendo que sería inútil seguir con esa conversación. Me crucé de brazos y me apoyé en una de las paredes. Creo que fingí más enojo del que realmente sentía. Centré mi vista en la cicatriz de la chica, para hacerla sentir incómoda. Latía.
—Está bien, no me cuentes… —dijo ella sin perder la cordialidad y la sonrisa. Tomó unos papeles y una lapicera que estaban a su lado—. El médico sugirió que te quedaras para que te hagan una tomografía mañana… Pero supongo que te vas a escapar, ¿no?
—Sí.
—Me alegro… Sos menor de edad y el hospital puede tener problemas si te vas… —miró algo en los papeles, concentrada—. Si igual te interesa hacerte la tomografía podés venir pasado mañana que está el médico encargado…. Es decir… El 13 de Noviembre a partir de…
—No voy a venir —la interrumpí. Me miró y se pasó la lengua por los labios.
—Te lo digo porque capaz querés cuidar tu salud… —y agregó con burla:—. Ya que vos no querés morirte…
—No dije que no quería morirme… —le retruqué—. Dije que no quise ni quiero matarme…
La chica largó una carcajada y se incorporó. Se alisó el uniforme y pude ver que el prendedor en el que se leía su nombre estaba tachado con brusquedad y sólo se veía la primer letra: una K.
Guardó la lapicera y los papeles en uno de sus bolsillos y de otro sacó una enorme jeringa y un pequeño gotero.
Al ver eso debo admitir que me alarmé. Me despegué de la pared y retrocedí unos pasos. Varios malos finales se me cruzaron por la cabeza.
—Tranquilo… —dijo K., al tiempo que empezaba a llenar la jeringa.
No supe qué hacer ni qué decir. Me quedé observándola como un idiota, contando gotas, evaluando la posibilidad de salir corriendo o tomar la silla para usarla como arma de defensa… O…
Pero me limité a contar, estupefacto… Nunca me hipnotizaron y no permitiría que alguien lo hiciera… Pero supongo que el estado debe ser parecido.
Siete gotas, ocho gotas, nueve gotas, diez gotas, once gotas.
Guardó el gotero.
—Brindo por vos y por todos los cobardes del Mundo —exclamó y se clavó la aguja en el brazo, sin dudarlo.
Miré para otro lado, por instinto. Cuando volví a ver la jeringa había desaparecido. El rostro de la enfermera estaba más brillante y la cicatriz le latía con más fuerza.
—No voy a avisar a nadie que te vas… Pero los favores se pagan con favores… Antes de irte dejá esto en la habitación 56…
Metió la mano donde había metido las hojas hacía unos minutos y sacó un sobre.
Sin ser muy conciente de lo que hacía, lo agarré.
—Pero…
Se llevó el índice a los labios. Una enfermera indicando silencio. Me causó risa.
Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Cuando lo hizo, sus tetas rozaron mi pecho.
Me sentí desorientado pero al menos tenía una erección…
Y eso era bueno.

[continúa]