Tres bajo cero

28 ene. 2011

LA RELIGIÓN DEL TRAUMA


Si te digo que el verano es la estación más fría vas a mostrarme tu culo bronceado, para que aplauda.

Y es probable que aplauda, claro, lo que no significa que no me estoy congelando en el rincón sur de la casa con un bajón de tres bajo cero y una tormenta de nada que revuelve las ideas y me deja un desierto lleno de ausencias, de finales que no fueron y una colección de frases-engendro, que son más plagio que otra cosa.
Y si tiemblo vas a mostrarme las fotos que le sacaste a las plantas del patio, porque las plantas están cada día más lindas, decís.
Y sí, es una foto bien tomada y las plantas están en su mejor momento, pero del patio me separan ya dieciséis días, porque la distancia es acumulativa y lo único que había que saber sobre los números nunca te lo enseñaron en el colegio: los días suman, las horas restan. Y qué desgracia que me lluevan las agujas y se me claven los minutos. Me los intenté sacar de encima en un principio, ahora los dejo ahí, total la ecuación no juega de mi lado y voy a perder por mucho que me sacuda.
(No creo en paraguas y no insistas con eso)
Se me están atrofiando las piernas, las manos, el cerebro, cada vez más inútil a la hora de anexar una idea con otra, una frase con otra, una palabra con otra… Y cuando se me escapen las letras agarrate, porque capaz que te voy a querer mandar a la mierda, con tu canasta tan bien preparada para el pic-nic, y vas a entender un “TE AMO”, y me vas a abrazar y me voy a poner violento y me va  agarrar alergia y voy a estornudar y voy a morirme. Si, porque soy un exagerado.
O capaz quiera decir que “TE EXTRAÑO”, y vos no me veas entre la niebla espesa que me sube por las rodillas y tirites un rato parada en la puerta, me busques con la mirada por última vez y te vayas al sol, a jugar con la cámara, a dejar otro momento retratado, mientras yo sigo borrando mi historia, con énfasis.
Porque vivir es como escribir, pero al revés. Y el verano es una garcha.

No Importa Nada

12 ene. 2011

MASTURBADOR MENTAL en OFERTA



[Se va.
Se va, y en la tele anuncian otro romance arreglado, otra formula secreta para mantener las tetas bien paradas, otro rumor sobre el masturbador mental de turno.
Se va, y el culo roto más codiciado dice que la pendeja de 15 lo entiende como ninguna, lo que quiere decir que petea como ninguna.
La mina que estuvo en la pija correcta, en el momento correcto, se ríe con prótesis mal puestas y a vos se te para, aunque no quieras.
Se te para. Y él se va.
Se va escuchando las mentiras de una nueva invasión extraterrestre, de otro fin del Mundo, de otro corrupto que mata sin piedad… La ausencia de novedades seca el cerebro y todos se toman la leche bien calentita, para dar un buen ejemplo. Todos vomitan al ritmo de la música que se compró el Verano… Un tema pegadizo que tiene un mensaje escondido que no está escondido: “Chupala”.
Último momento: la sensación térmica es record. Y él se va.
Se va y no importa si un pelotudo con buenos estudios te dice que “trabajo es salud”; no importa si te prometen que en la próxima primavera van a inventar un aparato para ver con cuantos tipos se acostó cada una; no importa si te venden unas zapatillas que te alargan la chota; no importa si la pobreza es la misma o es más: no importa si se cagan a trompadas por un poco de pasión y te hablan de ideales que en realidad se pasan por el orto (yo me los paso por el orto, vos te los pasas por el orto); no importa si el diario tiene tu cara; no importa si lo lograste; no importa si mañana alguien le va a tirar una bomba a alguien; no importa quién le ganó a quién; no importa cuantas Madres Teresa De Calcuta fueron violadas la semana pasada, no importa cuántas de esas Madres Teresa de Calcuta hoy te tiran la goma por cinco pesos; no importa esa pareja que se hizo bosta en medio de la ruta 2, mientras se iban de vacaciones, ¡qué tristeza!; no importa el tipo de la bandera, ni esa barba que te vende buenos discursos y se caga en los pantalones si alguien habla de dinamita; no importa que tu escritor favorito saque un libro nuevo, que la banda más chota hoy sea la rebelión; no importa tanta campaña para dejar de fumar si te hicieron fumarla toda la vida, día, tras día… No importa lo que le gritaste a una pared, si total el graffiti te lo vendí yo y te cobré de más… No importan las drogas nuevas que se consiguen en forros usados; no importa si hay una nueva vacuna para curar la depresión después de los asados; no importa si escribiste un cuento en honor a él.
La verdad es que no importa la hora, ni el lugar.
No importa tanta pavada enfrascada, ni los chicos que se suicidan por la ventana. No importan los actores que ya se murieron, ni las películas que te quedaron sin ver; no importa tu personaje favorito, ni la oferta del mes.
Se va.
Todo lo demás va a seguir igual: no importa nada.]

***

[Es Superman, subido a una nube, mirando triste, temeroso de regresar a este Infierno.
Es Batman, borracho en un bar, resignado, con lágrimas en los ojos.
Parece la derrota final, parece el no va más, parece la rabia vuelta cuchillo en el pecho. Parece la Kriptonita, con la que siempre coqueteaste… Pero ahora se terminó jugar, ahora era de verdad… Ahora eras el superhéroe y si no te salió es game over para vos. Tanto tiempo de preparación, de pelearte con paredes, de exhibirte en madrugadas frente al espejo, de mearle los pies a la depresión, de apretar los puños para no desmayarte en esa casa llena de gente…
Tano tiempo de preparación y al primer ataque ya estás acurrucado bajo la cama, desilusionado.
Te fallaste, de nuevo.
Y no salvaste a un inocente de ser violado en un sótano. No salvaste a una piba de que un taxista putañero la aplaste contra una pared. No salvaste a los niños con hambre ni a los viejos que se mueren sin nadie y sin un peso.
No llegaste a conocer a tu Archi-Enemigo.
Nadie se encariñó con tu personaje, no sos una aventura digna… No sos una buena anécdota en una reunión ajena.
Cuando te vayas nadie va a hablar de vos.
Ahora hay que sacarse la máscara y volver, derrotado… Ya no hay hogar, queda la incertidumbre y el vagar.
Ningún editor, productor, compraría una segunda parte, una secuela de tan humillante show.
Ni siquiera te queda Clark Kent ni Bruce Wayne, que se hacen los boludos y te dan la espalda. No es fácil mirarte a los ojos.
¿Y que hay de la historia que sí escribiste?
Lo mejor de vos queda en tu corazón.
Mierda, cómo duele no poder expandirse…
Es Superman, escondido atrás de un avión, con un ataque de asma.
Es Batman, muy drogado, camuflado en una fiesta de disfraces, con un ataque de paranoia.
Es el sentimiento más horrible.]

Algún Día

11 ene. 2011

INDISPENSABLES y VULNERABLES



 ‎[Quiero que la Historia que hoy va a ayudarme a no pegarme un tiro la lea la persona adecuada y la guarde en el lugar correcto, para que dentro de unos años, cuando mi suerte marginada cruce nuestros caminos y alguien nos esté espiando, puedas mostrarme las pavadas que dije ayer y me enseñes a escribir en tiempo futuro.]


***

[Las rutas vacías, el Sol (más hijo de puta que nunca) quemando asfalto que ya jamás será pisado por humanos.
Mi campera preferida, cubriéndote de la lluvia, mientras te alejas, entre los autos que ya nunca volverán a encender sus motores.
La peste llena mis sentidos y los cadáveres se esfuerzan por desviar mi atención. Pero te observo hasta que te pierdo de vista.
Quedo solo. Solo con ese eterno resplandor anaranjado.
Las cosas son extrañas en el Mundo desde que todo estalló.
Siento el viento que perfora mis mejillas. Veo las ruinas del lugar donde solíamos alquilar películas; veo el banco en el que alguna vez me animé a darte un beso; recuerdo la voz de ese vagabundo que una vez me dijo que el era muy como yo cuando era joven.
El colegio al que concurrí de chico, al que de grande garabateé con aerosol una noche de borrachera, junto a mi mejor amigo… Todo está tan igual de diferente.
Ya nada es nada para nadie.
Es un sabor viejo para mi.
Sonrío con amargura, por la vez en la que me imaginé el lugar prendido fuego.
“Finalmente pasó, hijo de puta… Finalmente todo pasa.”
Me alejo, muy cansado, pero sin saber qué hora es. Voy a caminar hasta desaparecer.
Es el modo más digno. Me voy a despedir de cada detalle que valga la pena. No voy a llorar.
La comiquería donde compré el cómic que me cambiaría la vida… El Parque del que una vez me corrieron a patadas; el colectivo en el que más viaje.
Auriculares, ventana.
El disco más repetido.
Ningún lugar era lejos, ningún lugar era casa. Todo empezaba a ir tan bien y tan mal que tuve que jugar a ser fuerte.
(¿A quién mentirle? No puedo ser un hombre, mi reina)
Tantas personas que sólo fueron una sombra.
Y ahora, al Ocaso Final, tarareando melodías conocidas.
Me gustó como se dieron las cosas… Todo tuvo sentido, hubo buenas vueltas de tuerca, me sorprendieron ciertas muertes y entendí que nadie era indispensable. Entendí que todos eran vulnerables.
No me quejo, para nada.
Me hace bien saber que vas a estar bien.]


***

‎[-La Creación no tiene dueños… -dijo un amigo.

Y un rato después estábamos en el patio, tomando vodka. Era una buena noche.

-Creo que todos tuvieron la sensación, alguna vez, de que iban a ver el Fin del Mundo… Después, de a poco, todo eso se va.

-¿A vos se te fue?

Lo pensé un rato.

-No sé.

Nos quedamos ahí, tranquilos, sin decir palabra, sin cuestionarnos las madrugadas que no estuvimos, ni la muerte de su perro, ni la muerte de mi abuela. No importó que en el medio yo había sido tío, no importó que él había pasado de psicóloga a psiquiatra. 

No lloramos el pasado, ni nos dijimos que ojalá no hubiéramos hecho ciertas cosas, porque si decís eso tendrías que pensar que si no lo hubieras hecho lo querrías hacer, así que hasta tus errores son necesarios. Es más, no sos más que tus errores.

Pero no hablamos de eso.

No hablamos de la piba que le rompió el corazón ni de mis actuales ataques de pánico. 

No hablamos de los libros que no compartimos ni de las bandas que estuvieron cuando nosotros no estuvimos. 

No hablamos de las lágrimas a las siete de la tarde, porque es obvio que hubo lágrimas. ¡Qué obviedad!

No hablamos de los aumentos que él pidió, de los trabajos que yo dejé.

No hablamos de nada. Absolutamente Nada.

Nos entendimos muy bien. Seguimos siendo importantes: él para mi, yo para él.

En determinado momento pasó un cometa.

-Algún día se va a estrellar contra la Tierra…

-Algún día.

Brindamos, contentos. 

-¿Se pide un deseo cuando pasa esto?

Me encogí de hombros:

-Pedilo, ¿qué problema hay?

-Ojalá yo no esté en tu funeral.

Lo miré. Hacía tiempo que no me decían algo que me emocionara tanto.

Éramos chicos, íbamos al colegio, hacíamos la tarea… Ahora tomábamos vodka, en una noche eterna, ventosa, calurosa pero bien.

-A veces somos una porción muy chica… 

-A veces da la sensación de que todos me escuchan…

El cielo, esa noche, era enorme. Era Todo.

No pasaron más cometas, nos reímos mucho, las estrellas brillaron fuerte.

A cada rato sentía que ya no podría soportarlo, pero lo soporté. 

Cada instante es, quizás, sólo otro instante.

Sea como sea: espero no estar nunca en el funeral de un amigo.]

A veces el Sol deja de salir

10 ene. 2011

[Me hubiera gustado conocerte ayer]
“Los lunes son así…”



Buceaba feliz, desnudo, en aguas oscuras pero llenas de paz. Iba con los ojos abiertos, por eso sabía que era un sueño: nunca pude abrir los ojos bajo el agua.
Buceaba con énfasis, ganaba profundidad.
“Tengo que darle de comer a Pixie…”
Era una tarea noble; me hacía sentir noble.
Tenía que bajar.
(Más…
Más...)
Y bajaba convencido.
Me movía con gracia. Cada uno de mis movimientos estaba cargado de convicción.
Ojalá hubiera podido concretar el sueño.  O quizás ese era todo el sueño. Supongo que hay cosas que jamás pueden saberse.


Me levanté un poco más temprano de lo habitual, porque los lunes siempre me levanto un poco más temprano de lo habitual. Los lunes cuesta mucho más volver a ser una persona de las que cumplen horario, de las que tienen una tarjeta de crédito… Una persona de esas que cruza bien por la senda peatonal… Un boludo de los que pagan impuestos. Los lunes cuestan. Y te preguntás  por qué no te pegaste un tiro el domingo, a las siete, cuando estabas en el clímax de la depresión. Los lunes te acordás que sos un cagón, que al pibe que soñaba con ser alguien de grande lo violaron en un baldío, lo cortaron en pedacitos y lo tiraron al Riachuelo para que se lo comiera Riachuelito (el mutante traga bala que se esconde en esas míticas aguas).
Parpadeé varias veces hasta que mi vista se acomodó a la oscuridad de la casa.
“Tengo que darle de comer a Pixie”.
Fui hasta el baño tambaleándome, rascándome la entrepierna, los ojos entreabiertos, el pelo cayendo sobre la cara, olor a transpiración etílica. No prendí la luz (tengo una única regla de convivencia para conmigo: “Jamás prender la luz del baño. Mirarse en el espejo entre sombras es mucho más reconfortante”) y me regalé una sonrisa muy chota que mi reflejo devolvió indignado.
“Andá a cagar, exquisito”.
Estudié las ojeras. Muy pesadas, imposible ocultarlas.
Me centré en los ojos… Lo que se suponía blanco estaba irritado… Las pupilas estaban dilatadas… Tan dilatadas que me dieron náuseas.
“Tengo los ojos muy grandes…”, llegué a pensar antes de girarme y vomitar. No soy de vomitar con regularidad, pero logré darle al inodoro de lleno, como un experto, sin siquiera salpicar, lo que fue todo una proeza si se tiene en cuenta que fue un vómito totalmente líquido (color rojizo).
El estómago se me contrajo y sentí un dolor punzante y horrible en toda la espalda. Como un escalofrío hecho de espinas, o algo así.
Me quedé un rato inclinado. Algunos fragmentos sueltos del fin de semana acudieron a mi mente… Una botella de vino era la protagonista.
—A mi no me gusta el vi…
Volví a vomitar. Me tembló todo el cuerpo. La cerveza no es tan hija de puta. No señor.
Con torpeza estiré la mano y accioné el botón para que el agua se llevara todo eso que hasta hacía un rato había estado en mi interior. Cuando los fluidos se mezclaron y se arremolinaron nuevos recuerdos afloraron en mi cabeza afiebrada: en el vértigo me vi tirado en el piso, la vista clavada en el techo, fascinado… Sólo que ahora el techo era yo, vomitando. Otro escalofrío, esta vez de los clásicos.
Cerré un rato los ojos (“Son enormes…” –principio de arcada… Por suerte ya no había nada qué expulsar-) y respiré hondo. Mi aliento apestaba, la garganta apestaba… Tosí.
—Esto es irremediable… —dije, sin sentir pena, con la cabeza hundida en uno de mis brazos. Luego otro recuerdo, de carácter sonoro:—. A veces el Sol deja de salir.
Me pareció basura, poesía mediocre, pero me gustó. Los lunes son así, como decía.
Sin perder el tiempo abrí el agua caliente y me dispuse a lavarme los dientes, con un dentífrico de color opaco y dudosa consistencia que se escurría sobre un cepillo maltrecho y amarillento.
Tenía una remera de mangas largas y en un acto de lucidez me la arremangué para evitar mancharla. Me fastidia que las manchas de dentífrico se parezcan tanto a manchas de semen. No me gusta quedar como un pervertido que se eyacula en la ropa cuando en realidad soy un idiota que tarda en despabilarse.
Al verme el brazo quedé petrificado por unos segundos que se hicieron eternos.
Traté de asimilarlo, traté de convencerme de que yo había tenido tatuajes toda la vida y que de pronto lo había olvidado. Intenté persuadirme con esmero, lo juro. Hasta evalué la posibilidad de bajar la manga e ignorar el detalle… La verdad es que no pude hacerlo.
Tiré el cepillo a un costado y me saqué la remera, con desesperación.
—La cagué…
Me miré al espejo y prendí la luz de un manotazo, rompiendo mis reglas: ya no había nada que perder.
Estudié todos esos garabatos enfermizos que me cubrían del cuello para abajo.
Un nuevo flashback, veloz, conciso, hiriente: velas, dibujos en las paredes (“¿Qué paredes? ¡¿Mis paredes?!”), cuerpos desnudos, risas, saliva mezclándose con sangre, objetos raros y perturbadoramente fálicos. Más cuerpos desnudos, mojados.
Retrocedí un paso, entre espantado y sorprendido. Trastabillé y caí.
Los recuerdos dejaron de ser una catarata sin sentido. Al menos parte de ellos.
—¿Participé de una orgía y no me lo acuerdo?
El pensamiento me escandalizó, pero en algún punto me hizo sentir orgulloso.
“¡Participé de una orgía!”.
—¡Dejá de hacer ruido!
 Me giré con brusquedad. La voz (una voz femenina y aguda) provenía de mi habitación.
“No… No puede haber nadie ahí… No puede haber nadie en mi habitación… No puede…”.
—Laura…
Salió de mi boca sin que pensara en decirlo… Y no había en mi mente más que eso: un nombre. Fijé mi vista en los azulejos, queriendo perforarlos, deseando ver al otro lado.
“¿Laura? ¿Quién mierda es La…?”.
De pronto: “Ella es Laura”. “Hola, un gusto…”. “El gusto es mío… Traje un vino…”.
No lograba ver rostros, la subjetiva era bastante pobre en detalles. Pero bastó.
“Parece que me acosté con Laura…”.
Me levanté despacio, para no marearme, sosteniéndome de todo lo que podía.
“¿Por qué no me percaté de que había alguien en la cama cuando me desperté?”, me recriminé.
Usé la pileta para equilibrarme y ahí me quedé, agarrado de ella. Eché algunas miradas veloces al espejo.
—La cagué… La cagué…
—¡SHHHHHH!
“Bien, segundo dato importante”, me dije, “Aparte de llamarse Laura tiene un humor espantoso por las mañanas…”.

Salí del baño, con cautela, y me dirigí con paso apresurado al comedor.
Mejor dicho: lo que quedaba de mi comedor.
Las paredes estaban dibujadas, como había temido. Pero eso no era nada a comparación del resto.
No había una sola silla sana, los sillones (propiedad de mi vieja) estaban rajados en varios sitios y de sus heridas asomaban desde un tenedor hasta una  fotografía (mi ex y yo de vacaciones en Mendoza… O Salta).
La mesa estaba tapando la ventana que, evidentemente, ya no tenía vidrio. El ventilador de techo colgado de unos pocos cables que no eran gruesos y que no daban un gran sentimiento de seguridad. Las ollas y sartenes formando torres igual de inestables.
El mueble de los libros estaba destrozado y, por lo que se podía intuir, alguien lo había roto valiéndose del perchero que me habían traído del Tigre (creo). Los libros, claro, no habían corrido mejor suerte: ninguno estaba cerrado y había hojas mutiladas esparcidas por todo el lugar.
Algunas dedicatorias habían sido arruinadas para siempre.
Los cds estaban fuera de sus cajas, machacados, convertidos en fragmentos cortantes: músicos muertos dos veces muertos. Ian Curtis ya no iba a poder aconsejarme desde el más allá.
Mi escoba había penetrado a la tele. Aún seguían en pleno acto sexual, con impunidad grotesca y morbosa. Había paquetes de fideos, de arroz, de harina… todos abiertos, violados.
Rostros, lugares, palabras… Todo hecho una maraña. De pronto mi maestra de jardín era la piba que a los catorce me había hecho una paja en la plaza. Y me miraba a los ojos, mientras decía: “¿A quién querés más? ¿A mamá o a papá?”.
Tragué saliva con dificultad. Era como tragar arena.
Las paredes estaban transpiradas, el techo goteaba.
La botella de detergente, la de aceite, la de gaseosa, la de cerveza y otras cuantas que no reconocí mezclaban sus fluidos en un rincón: de pronto tenía un pequeño lago artificial y psicodélico en mi comedor.
Los caracoles que había juntado durante mis doce veranos en Mar de Plata estaban alineados demarcando un camino que iba de donde yo estaba hasta un bulto rectangular que descansaba cerca de la puerta, tapado con un mantel. Había velas prendidas a su alrededor.
“¿Velas prendidas? ¿Hace cuánto que terminó esta locura? ¿Cuánto hace que…?”.
Pero todo eso quedó sepultado. Me centré en el bulto del piso.
Caminé entre tangas, forros usados y vasos (los vasos estaban todos parados y en perfecto estado, cargados hasta el tope, ajenos a la tragedia que los rodeaba). Caminé con una mano tapándome la boca. Un solo pensamiento (deseo) rebotando en mi cabeza, de una punta a la otra, desquiciado:
“Que Pixie esté bien… Que Pixie esté bien…”.

Saqué el mantel, temblando.
La pecera estaba sana, tenía agua, nadie había desconectado el purificador… Pero Pixie, mi pececito dorado, ya no estaba. En su lugar había una botella de vino.
Una botella de vino dentro de una pecera.
Volví a marearme.
“Esa botella de vino…”.
“Ella es Laura…”.
“El gusto es mío… Traje un vino…”.
Desvié la vista, asqueado, y me topé con unas líneas de coca que alguien había olvidado sobre el teléfono, que tenía el cable enrollado sobre sí, sobre una gran cantidad de latas de energizante, al lado de la licuadora que tenía mi trofeo de quinto grado (¿Trofeo de fútbol? ¿Trofeo por asistencia perfecta?) en su interior…
Aquello era demasiado.
Volví corriendo al baño, desandando el camino de caracoles. El baño, por alguna razón, al igual que los vasos, se había salvado de la detonación nuclear.
Volví corriendo al baño, sí. Pero antes me metí la coca.
Dos líneas, de una.
“Pixie… Pixie… Pixie…. Pixie…”.
Me tomé la cabeza con ambas manos y me tumbé contra la puerta, cerrándola, con fuerza.
—¡SHHHHHHHHHHHH!
“Pixie… Pixie… Pixie…. Pixie…
¿Qué le pasó a Pixie?”.
Me deslicé por la madera hasta quedar sentado. Las lágrimas caían de mis ojos sin que intentara detenerlas.
—No llorés…
Venía de mi cabeza.
Con rapidez, instinto asesino, me aferré a esas dos palabras, dispuesto a no dejarlas escapar. Tiré de ellas, furioso.
Las traje hacia mí, sin piedad.
Traje las horas perdidas.
“¡¿QUÉ CARAJO LE PASÓ A PIXIE?!”.

—No llorés…
—Tengo ganas de llorar…
—Va a estar todo bien…
—Ya sé… No soy yo la que tiene todos esos dibujos en el cuerpo…
—¿Entonces?
—Me hubiera gustado conocerte antes, nada más.
—¿Cómo era tu nombre?
—Laura.
—Claro, Laura.
—…
—…
—¿Por qué lo hacés?
—No llorés…
—Ayer me sentía tan mal como vos te sentís ahora… Pero ayer no nos conocíamos.
—¿Por qué te sentías mal?
—Porque siempre me siento encerrada. Siempre siento que me ahogo.
—Estar encerrado es horrible…
—Si te hubiera conocido te hubiera llamado llorando, para que vinieras a darme ánimos… Pero ni siquiera sabía tu nombre, no estabas en mi agenda, nunca había soñado con vos, nunca te había extrañado, nunca nos habíamos emborrachado juntos, nunca tuvimos una cena pelotuda y romántica…
—Hay tiempo…
—Hay de todo, menos tiempo.
—No digas pavadas… No llorés…
—…
—…
—¿Qué pasa?
—Nada. Esos dibujos te quedan bien.
—A mi tampoco me gusta ahogarme…
—Hay que ir hasta el fondo…
—Aguantar la respiración.
—Todo esto va a terminar mal. Me hubiera gustado conocerte antes.
—Tengo un pez. ¿Te lo presenté?
—¿Te pensás que sos el único que puede hacer una idiotez?
—Es un pececito dorado… Él no sufre.
—¿Cómo podés decir que no sufre?
—Él no tiene amigos, él no tiene conocidos… No tiene tiempo.
—¿De dónde salió toda esta gente?
—No tengo idea.
—Es tu fiesta, deberías saberlo…
—No creo…
—¿Cómo?
—No creo que sea mi fiesta… Creo que estoy en el lugar correcto, en el momento correcto. Alguien se confundió y yo no me confundí. No me acuerdo de nada…. Es decir, los detalles están ahí… Pero me siento ajeno.
—…
—…
—¿Te pensás que sos el único que puede hacer una estupidez?
—Ayer me tendrías que haber llamado.
—…
—…
—¿Querés más vino?
—Dale…
—¿Sabés? A veces el Sol deja de salir…

Me sangraba la nariz.
Me levanté con rapidez y abrí el pequeño botiquín en el que guardaba el algodón. Me sorprendí al ver allí mi celular.
La sangre pasó a segundo plano.
Prendí el aparato, ansioso. Estaba transpirado de pies a cabeza. Mojado, húmedo.
“¿Y ahora?”.
La pantalla inicial estaba en blanco. Mi fondo habitual, con el dibujo de Delirio, el personaje de Sandman, había desaparecido.
Giré el pequeño teléfono entre mis manos, para cerciorarme de que fuera el mío. Lo era: los mismos golpes, los rayones, el pedazo de papel en la tapa trasera, para que no se saliera la batería.
Cada detalle tan significativo… Pero tan lejano.
Revisé la agenda: vacía.
Todos mis contactos habían desaparecido.
—¿Quién mierda…?
Ni un mensaje, ni lista de llamadas. Aquello era un celular fantasma.
Hice memoria hasta que unos números brillantes aparecieron en mi cabeza. Los marqué con rapidez, convencido.
Me atendieron al segundo timbrazo.
—¿Hola?
—¿Dedo?
—Sí… ¿Quién habla?
—¡Yo, boludo! –traté de no levantar mucho la voz, me tapé el oído libre con un dedo, dejando que la sangre brotara libremente, y pegué la frente a los azulejos fríos.
—No… no sé quién habla…
—¡Yo! ¡Gaby! ¡Necesito saber qué cosa pasó ayer en la fiesta! ¡Necesito saber dónde está Pixie! ¡Necesito que me digas por qué estaba en la misma cama que la piba esa que vino con no-sé-quién! Esto es un desastre, Dedo… Posta… La cagué… No sé bien cómo pero la cagué… Y explicame por qué estoy todo tatuado... Por favor…
Respiraba de modo agitado. Las palabras se atoraban, eran aniñadas, cobardes, suplicantes. No me molesté por disimular nada.
Esperé unos segundos. Creí que se había cortado.
—¿Hola?
—Hola… Sí…
—Dedo… ¿Qué pasa?
—Mirá… No sé quién sos… Me llamo Dedo… Me dicen Dedo… —hizo una pausa, confundido—. Soy Dedo, pero no sé si querés hablar conmigo… No tengo idea de lo que decís…
—Dedo, no me jodas…
El corazón me empezó a latir muy fuerte.
—No conozco a ningún Gaby, no fui a ninguna fiesta y estoy por llegar tarde al trabajo así que…
—Dedo…
—Perdoname…. No te puedo ayudar. Te confundiste.
Y cortó.

“Te confundiste”.
Miré el celular, atónito. Intenté volver a llamar, pero el número ya no estaba en “Llamadas Recientes”. Quise volver a marcar, pero fue en vano: los números se negaron a aparecer en mi cabeza.
“Mierda… recién me lo sabía…”.
Descubrí, unos minutos después, que incluso había olvidado por qué le decíamos Dedo a Dedo.
Del auricular del celular empezó a brotar agua. Lo tiré, espantado.
—La cagué…
—Sí, la cagaste…
La voz me resultó extrañamente familiar, aunque no la conocía: era muy grave, con una especie de eco. Venía de la ducha.
Corrí la cortina, mientras sentía que mi cerebro bajaba por un tobogán, a gran velocidad.
Más abajo…
Más…
Más…
Cuando lo vi, caí de rodillas.
—No… Pixie…
Estiré una mano para tocarlo, pero la repulsión fue más fuerte.
Estaba en un pequeño charquito bordo. Estaba partido a la mitad. Su cola había desaparecido. Había dolor en sus pequeños ojos.
—La cagaste… —repitió—. No sé cómo, pero la cagaste feo. A veces el Sol deja de salir.
Tosió y siguió agonizando.
Sentí que el pecho se me abría a la mitad. Sentí que me ahogaba.

—Me ahogo…
—Es normal…
—¿Voy a morirme?
—No.
—¿Muy seguro?
—Para nada… ¿Estás seguro de que querés olvidarte?
—Sí… Estos dibujos son graciosos…
—La realidad es que las cosas nunca se olvidan del todo…
—No tengo nada muy importante para recordar, pero así y todo estoy mal…
—Como quieras…
—…
—…
—¿Y ella?
—Dice que no sos el único que puede hacer una idiotez…
—Entiendo…
—…
—…
—¿Qué son?
—¿Qué cosa?
—Los garabatos…
—Los nombres de las personas que nunca conociste.
—Yo no veo ninguna letra…
—Algún día las vas a ver.
—Ah…
—…
—…
—Ehhh…
—¿Sí?
—¿Voy a morirme?
(Suspiro)

Salí del baño, patiné en la puerta, me levanté y me dirigí a la habitación, sin pensarlo.
Prendí la luz.
Laura era tal como no la recordaba.
—¿Qué hacés?
Le saqué la sábana, de un manotazo, y cuando comprobé mi hipótesis estallé en carcajadas.
Laura era una sirena. Su cola de pez se movía, frenética.
—Deberías meterte en una pecera… Vas a empezar a pudrirte… No podés estar fuera del agua…
Me miró intrigada, aún con fastidio. Se volvió a tapar.
Dejé de reírme.
—¿De qué hablas? Ésta es nuestra pecera… —susurró—. Ésta siempre va a ser nuestra pecera… Siempre, Pixie.
Acto seguido se giró.
—¿Qué? —logré soltar.
—Apagá la luz…. ¡YA!
Obedecí.
Los lunes son así: a veces se estancan, no terminan más.
A veces el Sol deja de salir.

["Me hubiera gustado conocerte ayer" está siendo publicado para plataformas Apple por http://www.moosgo.com/]

No Ser

7 ene. 2011

EL ESCUADRÓN DE PERSONAJES DESECHADOS


Al final de la historia mato a mi mejor amigo.

Sacó el celular y, sin detenerse, marcó un número. Tuvo que bajar la cabeza para hacerlo. Casi se mata al tropezar con un pedazo de vereda que asomaba burlona, levantada por culpa de un árbol que la había violentado con sus ramas viriles, invasivas, fuertes, llenas de savia.
Puteó, después se llevó el teléfono (grande, nada de última generación para él) al oído. Un timbrazo… Dos…
Dobló en una esquina, agitado, dejándose llevar por un impulso. Su sombra quedó delante suyo.
Sus pisadas levantaban ecos en la noche silenciosa. Se tentó: “Los perdí… Es probable que los haya perdido…” (era un pensamiento en frecuencia baja… Su cabeza era instinto puro, supervivencia. La ecuación era: ESCAPAR- LLAMAR A PERCHA… El resto era un decorado vertiginoso).
-¿Sí?
Escuchó la voz al mismo tiempo que escuchaba resurgir el motor de la vieja Chevy. Se aproximaban.
-¡Me descubrieron! –gritó.
-¿Eh?
-¡Me descubrieron… Pelotudo!
Volvió a doblar, confiando en su oído, alejándose del motor que avanzaba, implacable. La transpiración le empapaba la frente, la espalda, las pelotas. Las piernas le dolían, el estómago le dolía, la cabeza le dolía…
Recordó que una vez había leído en un foro muy estúpido que una persona había muerto al consumir cocaína y luego presentarse en una maratón. Dos kilómetros y el corazón había reventado. El tipo (lo afirmaba alguien que parecía tener autoridad en el foro) estaba con el pene duro como una roca; una sonrisa enorme; todos los músculos agarrotados.
A las tres y cuarto de la madrugada, con la cien palpitando furiosa, dos líneas de coca encima y un miedo gigante el foro ya no parecía tan estúpido.
-¿Palo?
-¡Si!
Otro de baja frecuencia: “¿No tenés identificador de llamada, forro?”.
-Pero… ¿Qué…? Escuchame, ¿dónde estás? –sonó preocupado. Eso hizo que Palo se tranquilizará. Su madre solía decir: “No es bueno contagiar el caos, pero tampoco es  bueno ser el único alterado”.
-No tengo idea de dónde estoy…
-¿Te están siguiendo? –su alarma crecía.
-¡Sí!
-Sos un boludo… Te dije que tuvieras cuidado…
-Percha, la puta que te parió…
-Te dije… ¡Te dije! –parecía al borde del llanto.
-Percha… -De pronto le estaba costando mucho llegar a la próxima esquina-. Ayudame, por favor…
-Pero…
-No se puede… tomé precauciones… Es imposible… No podemos hacerlo a nuestro modo… Me van a hacer mierda…
La esquina, incluso, daba la impresión de alejarse. La Chevy, no habia lugar a dudas, adivinaba sus pasos: el rugido crecía.
-No, no, no, no… -Percha, ahora si, lloraba.
Una imagen fugaz: Percha en el primario, llorando en un rincón, porque un grupito de pibes había decidido que no podía formar parte de ninguno de los equipos de fútbol que se habían armado en el patio. Un llanto silencioso, avergonzado… Un llanto con más de odio que de tristeza. Después de eso Percha no había tardado en transformarse en su mejor amigo… Y ya nunca lo había visto llorar. Porque Percha, a pesar de lo que muchos habían pensado esa tarde en ese roñoso patio de colegio, era fuerte.
-Percha…
-No, no, no…
Llegó a la conclusión con una sorprendente resignación: Percha lloraba porque sabía que ya estaba muerto… Percha no podía ayudarlo.
Algo de reproche: “Pero todo esto fue idea de él…”. Luego volvió la certeza determinante y concreta: “Ésto es el Final”.
Dejó de correr, sin proponérselo. Sólo se detuvo, sin más. De la esquina aún lo separaban unos cuantos metros: “Mi último fracaso…”.
El corazón, con su ritmo, le sacudía todo el cuerpo. Un viento frío le acariciaba las mejillas. El pecho subía y bajaba.
-Percha…
-No, no, no…
-¡Percha!
-…
Tomó aire:
-Voy a borrar tu número de este celular, Percha… Voy a borrar esta llamada…
-Palo…
-Y nunca lo intentés Percha… Cuando estés convencido de verdad van a aparecer, de la nada…
Cortó.
Se dejó caer de rodillas. Borró el número de Percha, borró la llamada, tal como había dicho. Después de hacerlo, por las dudas, sacó el chip y lo tiró por una boca de tormenta que había a unos metros.
“Mis viejos van a decepcionarse… Está bien, eran los únicos que aún no se habían defraudado…”.
Esperó.
La Chevy no tardó en llegar. Bajaron tres tipos. Armados.
Palo se llevó las manos a la nuca.


Iba entre medio de dos de ellos. Llevaban pasamontañas negros que tenían una gran H bordada en rojo a la altura de la frente.
—¡No levantés la vista, hijo de puta!
Recibió un fuerte golpe en la cien que le bajó la vista de inmediato.
—Vamos a darte otra oportunidad… —dijo el tipo que manejaba. Su voz era grave—. Tu última oportunidad para que no arruines la Historia.
—Yo no soy parte de ninguna his…
Otro golpe. Esta vez en las costillas. Palo se debatió en el lugar a pesar de tener las manos fuertemente atadas. Sólo consiguió que lo golpearan más: tres puñetazos certeros. Uno de ellos en medio de la cara. La nariz le sangraba.
El tipo que manejaba siguió.
—Podés robar, matar, cogerte a tu vieja, traicionar la bandera bajo la que naciste… Está todo preparado para que lo hagas… No va a faltarte adrenalina… Nunca… Pero no arruines la Historia. ¿Entendés eso?
Palo estaba hecho un bollo sobre si mismo. Sus “custodios” lo tomaron de los brazos para incorporarlo.
—Te están hablando, infeliz…
—Contestá…
—Es muy típico de los Secundarios ser tan dramáticos…
Palo se sacó el pelo de la cara con un movimiento brusco. El calor pegajoso de la sangre (que ya le bañaba el mentón) estaba lejos de tranquilizarlo. La sangre le advertía que ya estaba todo dicho.
Ya había caído el preciado líquido rojo, entonces, ¿qué más daba morir?
El problema, el gran problema, el problema por excelencia, la madre de todos los problemas, el problema Génesis, era que él sabía que los Hombre H no iban a matarlo. Tenían armas, eran agresivos, pero si los desafiaba no iba a conseguir una bala en la cien. Lo sabía. Eran una representación prototípica, pero en esencia eran mucho más peligrosos que un poco de pólvora en el cerebro.
—Secundario las pelotas…
El auto pasó por un bache y Palo se chocó la cabeza contra el techo. Iban a gran velocidad. De pronto frenaron, con un ensordecedor chillido de los neumáticos.
El conductor se bajó, sin perder un segundo, dando un portazo. Los tipos que rodeaban a Palo se bajaron, entre asustados y obedientes. El que era sin duda el jefe de aquel grupo de Hombres H agarró a Palo por el cuello de la remera y lo arrojó al asfalto, con brusquedad.
Palo no pudo hacer nada para evitar aterrizar de boca. Se hizo un tajo en el labio.
Más Sangre.
“Mierda… Estoy vivo…”.
—¡En los Espacios Vacíos tenés que limitarte a cumplir tu rol, imbécil! —escuchó que le gritaba el otro, mientras le daba una patada en las pelotas—. ¡Nadie te prohíbe ser un delincuente! ¡La Historia sólo exige ser escrita!
Una patada.
Dos patadas.
Palo se tragó un diente.
Cuando pudo levantar la vista vio que el tipo lo apuntaba con una pistola. Detrás de él estaban los otros dos, firmes, soberbios. Chupa pijas.
“Va a pasar… Van a volverme al Principio… Voy a tener que repetirlo, hasta hacerlo bien…”.
Cerró los ojos, pensando en que no podría soportarlo.
Escuchó los disparos (muchos) y su cuerpo tembló.

Abrió los ojos. Uno por vez.
No tardó en pasar de asustado a intrigado.
Los tres Hombres H estaban en el piso. Sus cabezas habían estallado.
—Tres putitos chupamedias menos… —dijo alguien desde la oscuridad.
—Parece que esta noche vamos a poder divertirnos un poco…
—hgtkj…
Se aproximaron, muy de poco, son reserva, precavidos.
—Ho… hola…
Salieron de las sombras.
Eran tres, llevaban armas y ropa rotosas.
Eran deformes: uno de ellos arrastraba una tercer pierna atrofiada, muerta.
Palo tuvo que desviar la vista, con algo de repugnancia.
—Buenas noches, incauto. Somos el Escuadrón de Personajes Desechados y venimos a darle emoción a esta basura…

—¿htyjktrfgbmxsdw?
Palo miró a su interlocutor. Su cara era tan extraña que no pudo definir dónde estaba la boca.
—¿Eh?
—Perdonalo… nunca le dieron voz, no sabe expresarse… —el que le hablaba tenía una especie de mano asomando de la frente—. Pregunta qué mierda es lo que quisiste hacer…
El deforme “sin voz” asintió, entusiasta.
Palo se miró los pies. Estaba en una camioneta semi derruida, otra vez atravesando la ciudad a gran velocidad. Se frotó las muñecas recién liberadas.
—Quiero demostrarles que no soy parte de ninguna Historia…
Los miembros del Escuadrón de Personajes Desechados se miraron (incluso el que manejaba, que tenía cuatro ojos) y estallaron en ruidosas y desconcertantes carcajadas. Estuvieron así un rato, hasta que el de la mano en la frente dijo, luego de enjuagarse las lágrimas de la risa:
—Sí que sos parte de una Historia…
—No, yo…
—¿htyjktrfgbmxsdw?
—¿Eh?
—¡¿htyjktrfgbmxsdw?!
—¡No ENTIENDO!
Te está preguntando lo mismo… ¿Qué mierda quisiste hacer?
—Me quise matar…
La declaración, tímida, desató otra ola de carcajadas.
—¡¿Qué cosa les da tanta gracia?!
—Perdón… pero…
—¿No te das cuenta?
—¿ghtgbsd?
—¿De qué?
Palo los miró, uno por uno, luchando contra su estómago, que se revolvía.
—El Hacedor es bastante idiota… Sólo hay una cosa que el Hacedor tiene predeterminado desde el Principio: el Final. Los Hombre H son los guardianes de ese Final.
—Pero… Pero…
Se quebró. Se sintió sucio entre esos seres tan grasientos. Se hundió en si mismo, desesperanzado.
Una mano exageradamente grande se posó sobre su hombro.
—Pero tampoco es para tanto, incauto… Siempre hay alguna alternativa.
Palo lo observó, con desconfianza.
—¿Alternativa?
—Claro… No podés no ser parte de la Historia, pero podés desaparecer de ella, volverte una laguna… Saldrías mucho mejor parado que nosotros, que apenas fuimos un boceto…
Palo escuchó con atención.

Se bajó en una esquina conocida. Rengueaba, pero se sentía bien.
—¿En serio no querés venir con nosotros?
—Tengo cosas que hacer… Y va a llevarme tiempo…
—htyhrw…
No lo entendió, pero sonaba decepcionado.
—Está bien… Tampoco es la gran cosa… No vamos a destruir nada… Nuestro vandalismo es más práctico… Cambiamos el nombre de las calles, alteramos la información básica… Si logramos volver loco al Hacedor antes de que termine todo este fastidio quizás podríamos tener un Apocalipsis un tanto más original…
—Ojalá…
—Ojalá.
Un pequeño silencio.
Luego:
—Suerte con eso… Y gracias…
—No lo hicimos por vos… Queríamos borrar del mapa a esos ratis…
—Está bien…
—Suerte.
Palo asintió y levantó un pulgar.
La camioneta se puso en marcha.
—¡Hey!
—¿Sí?
—¿tgh?
—Quería preguntarles algo…
—Preguntá…
—Entiendo que sean ideas desechadas… Pero… Eh… ¿por qué son deformes?
—Mmm… Pongámoslo así: la próxima vez que hagas un bollo con una hoja borrador pensalo dos veces. Pensá en las consecuencias.
Dicho aquello, se largaron.

Pensó en golpear la puerta, pero se decidió por su entrada particular. Trepó por una de las paredes del vecino y llegó directo a la ventana del cuarto de Percha.
Golpeó.
Su amigo no tardó en abrirle. Al verlo, sus ojos, irritados, se notaba que había estado llorando, se abrieron de par en par.
—¡PALO!
Intentó abrazarlo, pero Palo lo detuvo.
Levantó la pistola recién adquirida.
—Perdoná…
Percha retocedió. Se enredó con sus propios pies y cayó.
—¿Qué… qué pasa…?
Palo avanzó, sin dejar de apuntarle.
—Percha… Hay una única forma de no ser Historia…
—Palo… pará…
—Basta con No Ser… Es fácil No Ser…
—Palo, me estás asustando mucho… Por favor…
Una mancha de orina se dibujó en sus pantalones.
—Si nadie nos piensa, ya no somos… Es tan fácil como eso… Siempre fue así de fácil, Percha…
Percha quiso levantarse, apoyándose contra el placar, pero Palo, veloz, lo detuvo, poniéndole el arma en medio de la frente.
—Pará… ¡Por favor!
Sollozaba.
—Dejar de existir es mejor que morir…
—No, Palo, estás mal…
Palo ejerció presión, para que no pudiera moverse.
—Vos sos el que mejor me conoce, el que más me sabe, el que más libertad me dio… Pero el que más me vuelve un esclavo de Ser… Tengo que empezar por vos… No hay otra…
—Pa… Palo… por favor…
Lloraba, de modo tan intenso que toda su cara era agua.
Se encontraron sus pupilas: se vieron ahí, muchos sábados leyendo en el patio, hablando de escribir una historia juntos, riendo, sin pensar en ningún final.
—Así nunca te van a elegir para formar parte de algún equipo…
Supo (recordó) que a eso se reducía todo: o eras uno de los elegidos o te quedabas mirando el partido de afuera. No había puntos medios.
Era injusto. Demasiado.
“El fútbol es una mierda”, se dijo, delirando, al tiempo que apretaba el gatillo.

Caminó hasta una mesita, tambaleándose.
—Ya está… ya está… Si hice esto lo otro va a ser una pavada…
Temblaba. Su cuerpo, su voz, su espíritu.
Su vista se nubló. Cuando pudo recuperar el foco vio unas hojas, escritas a mano, con una letra horrible, presurosa. Pudo reconocerla, sin esfuerzo.
Leyó.
El arma cayó de sus manos.
Era una historia.

“El Escuadrón de Personajes Desechados”
Por Percha

Su vista volvió a nublarse.
Más convulsiones.
—Hijo de puta… —soltó mientras se desplomaba.

—Historia se combate con Historia… —fue lo único que soltó en el juicio.
No pudieron encarcelarlo, estaba mal de la cabeza según el Juez.
“Su cabeza está a años luz de esta realidad”, expresó.

Al final de la historia mato a mi mejor amigo.
Me parece un buen comienzo.

["El Escuadrón..." está siendo publicado para plataformas Apple por http://www.moosgo.com/]