11 Flores Violetas... [III]

29 mar. 2010

11 Flores Violetas para el Funeral de un Conejo Blanco



[parte 3 de 3]

A Celes, por el aguante.


IV.

—Cecilia, esto es absurdo, en serio…
—Sí, pero es divertido… —me miró con una amplia sonrisa. Sus dientes no eran perfectos, pero me había enamorado de ellos—. ¿Te divierte, no?
—No sé…
Estábamos cayendo… No sé de dónde, no sé hacia dónde… Caíamos…. Y muchas flores, todas violetas, nos hacían compañía en la caída.
—¿Ya no te gusto?
Me dolió su tono triste… me dolió muchísimo. Logró que me odiara mucho a mi mismo y eso hizo que la odiara un poco más a ella.
—No sé por qué no se me paró… 
—Eso no me importa Esteban… Me refiero a otra cosa… -sus ojos se clavaron en los míos. Me amaba.
—No te referís a otra cosa… Te entiendo… Algo anda mal… Estoy preocupado… o asustado… o las dos cosas… No es excusa, pero… Me siento encerrado.
—¿Sentís que te encierro? –con movimientos lentos logró darme la espalda.
Yo suspiré y me fijé en su pelo que por efecto de la caída se elevaba sobre ella, como si fuera uno de esos graciosos gorros de duendes.
—Me gusta tu color de pelo… Vas a cumplir todos tus sueños… Yo no.
—Ya no te gusto…
—Cecilia… —traté de tocarle el hombro, para que se volteara, pero no pude hacerlo… De repente empezábamos a alejarnos—. Vas a llegar al piso… Tarde o temprano… Yo… Yo no voy a llegar nunca… Pase lo que pase voy a caer… siempre.
—Entonces no estás tan encerrado… ¡SOS UN MENTIROSO!
No había dudas, lloraba.
Pensé en sus palabras… Cuando levanté la vista ella estaba cada vez más lejos.
—Cecilia…
—¿Qué? —su voz sonó cerca.
(hay voces que siempre suenan cerca)
—Que tengas un feliz aterrizaje…
Cerré los ojos, el viento me acarició… Unos cuantos pétalos intentaron limpiar mis lágrimas… Pero ya era tarde.
Seguía cayendo…

Abrí los ojos para ver cómo la puerta del ascensor se abría frente a mí. Estaba tirado en el piso. Había sufrido un desmayo.
Me incorporé con velocidad, medio perdido, con un leve e injustificado sentimiento de culpa y con un revoltijo grande en el estómago. Bajé antes de que la enorme boca de metal se cerrara.
—Dónde mierda…
Un cartel respondió la pregunta antes de que pudiera formularla completa.
“Piso 11”.
“Perfecto…”, pensé sin saber si estaba siendo irónico o no.
Miré para ambos lados del pasillo extenso y luminoso: a unos cuantos metros a la izquierda había una larga fila de sillas, de esas de plástico oscuro… Las incómodas… Esas que están conectadas unas con otras, haciendo que si te movés fastidies al otro… O que el otro te fastidie.
Había un joven sentado ahí, con una caja a sus pies… Tendría veinte años como mucho, acné en el rostro y el pelo muy grasoso. Movía las manos con nerviosismo.
Antes de que pudiera pensar en desaparecer se giró y me vio.
—Buenas… —exclamó y los cachetes se le encendieron al rojo vivo.
—Buenas… —susurré para resultar cortés.
—¿Vos también vas a ser papá?
—¿Qué? —lo observé con intriga.
“No creo que pueda ser papá… la última vez que estuve con una chica no se me paró… Y eso que era la chica más hermosa del Mundo…”.
Caminé hacia él.
—Éste es el piso de partos… Mi mujer… bueno… novia… —sonrió con estupidez suprema, se ruborizó más, bajó la vista y siguió hablando—. Mi novia está teniendo a nuestro hijo ahora… Está en esa sala…
Señaló una puerta blanca… Una puerta igual a las otras del piso. Una puerta que podía ser cualquier puerta.
—Felicitaciones… —respondí de modo automático. Me apresuré a agregar:—. Supongo…
—Estoy muy contento… Aún no pensamos un nombre… —se puso muy serio—. Eso me preocupa… Sería muy inapropiado tener un hijo sin nombre…
En ese momento se escucharon unos gritos de dolor. Sentí fuertes puntadas en la cabeza.
El padre primerizo y prematuro miró hacia la puerta que podía ser cualquier puerta y abrió mucho los ojos.
—Está viniendo… —exclamó, entre asombrado y horrorizado.
“Corré… Corré… Andate… Sería lo más lógico… yo te entendería, en serio”.
Pero eso no pasó. Los gritos continuaron y él se quedó petrificado en su lugar. Al cabo de unos minutos, cautivado por esa sinfonía de agonía, me senté a su lado.
—Tu mu… novia… debe estar sufriendo mucho…
Asintió, muy lentamente.
Nos quedamos así por otro rato, hasta que un médico sin expresión (barbijo, gorro, lentes) se asomó por una de las puertas.
—¿Quién es el padre? —preguntó, seco.
El muchacho se paró y se dirigió al profesional con paso firme. Pensé en palmearle la espalda a modo de ánimos, pero, entre que lo evalué, fue tarde para hacerlo.
Bajé la vista y me fijé en la caja.
“¿Qué carajo tendrá?”, me pregunté.
Lo primero que vino a mi mente fue, claro, una bomba.
Vi el relojito, los cartuchos de dinamita...
Lejos de asustarme, sonreí.
En determinado momento la silla se movió y supe que el flamante padre acababa de recuperar su asiento.
—¿Y? —pregunté, sacudiendo la cabeza para librarme de todos mis pensamientos terroristas.
—¿Y, qué?
—¿Cómo salió todo?
—Bien… Sólo… Sólo nació deforme…
Se giró y me clavó sus ojos grandes, tontos. Sonrió. Yo me sentí de hielo por dos o tres minutos.
—Lo… Lo sien…
—Está bien… Voy a quererlo igual…
—Me parece bien…
—Y no voy a dejar que nadie se burlé de él…
Tenía la voz de un padre orgulloso y lo admiré por eso.
—Mejor que lo defiendas…
—Sí… Y voy a mimarlo… Éste es mi primer regalo…
La expresión optimista, dolorosa y aniñada de aquel nuevo hombre era abrumadora. Señaló la caja.
Quise devolverle la sonrisa y no me sentí capaz. Quizás yo nunca vaya a ser un hombre.
—¿Qué le compraste?
—Miralo vos mismo… —lo dijo casi de modo imperativo.
“Capaz que, después de todo, sí tenga una bomba improvisada...”.
Abrí una de las orejas de la caja y lo que vi me dejó duro.
—¿Le compraste un conejo?
—Sí… Dicen que hacen bien a los nenes…
El conejo me miró… nos vimos… Algo volvió a mi pecho… Angustia pura.
Parece que tenés algo con los conejos…
—Ese conejo está sufriendo, encerrado ahí…
—Estaba peor en la vidriera…
—No… no entendés…
No podía despegarme de la mirada del bicho. GRITABA.
Me levanté y empecé a retroceder.
—No puedo dejar a mi hijo sin nombre… Si me decís tu nombre podríamos…
Y siguió hablando, pero el animalito ya me había absorbido. Sufrí por él.
Sufrí lo que él sufría. La empatía me lastimó el cerebro.
—Perdón… —susurré.
Y me fui.
Huí.

V.

Antes de salir del hospital me metí en el baño de la planta baja. Miré la línea de puertas y abrí una al azar. Sentada sobre la tapa del inodoro, en pose budista, estaba la enfermera de tetas grandes y cicatriz en el cuello. K.
—Éste es el baño de hombres…
—Por eso estoy acá… —me dijo.
—El viejo de la 56 está loco…
—Ya sé…
Me arremangué el buzo y estiré el brazo hacia ella.
—Quiero un poco de eso que tenés ahí… —dije señalándole el bolsillo.
Ella sonrió y empezó a preparar la jeringa.
—Hace un rato vino una chica a recepción… Preguntaba por vos… Parecía preocupada… Quería verte.
—¿Luciana?
—Pero no la dejaron pasar… La habrían dejado… Tu estado es grave y está bien que alguien se quede con vos toda la noche… Pero esa chica era menor de edad.
—¿Menor de edad?
(siete gotas, ocho gotas…
—Sí…
—¿Era morocha?
…nueve gotas…
—Sí…
—¿Y tenía algo violeta?
…diez gotas…
—La remera…
Sonreí.
—Cecilia tiene fascinación con ese color… Dice que algún día se va a teñir el pelo de violeta…
…once gotas)
—Es muy linda chica…
—Es hermosa…
No miré la aguja cuando me inyectó para no descomponerme.
Un escalofrío me erizó los pelos de la nuca.
—¿Te gusta este lugar?
—Odio los hospitales… los viejos se mueren con demencia, los chicos nacen deformes…
—No te hablaba del hospital… hablaba del Mundo.
—Es igual…
Lo meditó y dijo:
—Hay una película que tiene un fotograma oculto del Mundo estallando…
Sonreí.
—Eso no puede ser… El Mundo aún no explotó…
—El Mundo está explotando en este momento… Siempre está explotando.
Sonreí con más ganas.
—¿De dónde es el fotograma? ¿De qué peli?
—Una de Mad Crampi, si no me equivoco…
Después me preguntó si quería mirarle las tetas y asentí. Pero la cicatriz de su cuello era mejor. La cicatriz la hacía especial.
No pudimos hacer nada, por supuesto.
Mi pájaro estaba muerto.

VI.

La noche estaba hermosa y sentí un alivio enorme al salir. Sólo me dolían un poco las cuencas de los ojos. No los ojos, las cuencas.
Me metí la mano en el jean y saqué el fibrón que siempre llevo conmigo. En una de las paredes laterales del hospital escribí: “Todo lo que soy lo soy por accidente”. Y subrayé la palabra “accidente” tres veces. Abajo dibujé un conejo decapitado.
Me alejé, pensando en no sé qué y entonces escuché un tintineo a mis pies. Me detuve para mirar justo al tiempo que sonaba un bocinazo y un camión pasaba a dos centímetros de mi cara.
No me pregunten cómo llegué allí pero estaba en medio de la avenida. El corazón me latía con fuerza. El conductor del camión que casi me mata me insultó con inusual originalidad.
Levanté la pata de conejo del suelo y corrí hacia la vereda, asustado.
No sé cómo se salió esa porquería de mi bolsillo. La miré con atención y me pareció oír la tos y la risa del viejo. Tomé fuerzas y tiré el puto llavero lo más lejos que pude.
Miré mi reloj y pude verlo en el instante en que pasaba de 11:11 a 11:12. No me sorprendí.
La calle estaba demasiado solitaria y por eso empecé a correr… Antes de caer inconsciente me acuerdo que pensé que ese día se me estaba haciendo eterno y que extrañaba a mamá.
A mamá con sus orejas largas.


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11 Flores Violetas... (II)

24 mar. 2010

11 Flores Violetas para el Funeral de un Conejo Blanco




[NOTA 1: parte 2 de 3 del relato. Parte 1 en la entrada anterior]
[NOTA 2: este relato se concluirá y otros serán publicados siempre y cuando se dejen comentarios en el link que dice "Diálogos" al final de la publicación]


III.

Me masturbé y salí de la habitación. Mi puerta era la número 47.
El pasillo estaba vacío y sólo se escuchaba el rumor de lo que parecía un respirador artificial. No sentí miedo… Sentía un cosquilleo en el estómago… Algo agradable. Cuando era más chico me solía pasar a menudo, los sábados por la mañana sobre todo… Quizás sepan de lo que hablo… Esos momentos en los que parece que alguien te susurra al oído, “Hey, ingenuo… El Mundo es un lugar más grande y misterioso de lo que pensabas, ¿no?”.
Caminé, semi embriagado, hacia la 56 y me detuve allí. Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue pasar el sobre por debajo de la puerta… pero por alguna razón no me pareció la mejor opción. Además sentía curiosidad y no estaba en mis planes volver rápido a casa. Me gusta mucho perder el tiempo. A veces camino por horas y horas sin saber a dónde voy.
Miré mi reloj, eran casi las diez.
“No es tan tarde…”, me dije.
Levanté el puño para golpear y entonces, antes de que lo hiciera, como en esas películas de terror en blanco y negro, se escuchó una voz débil desde el interior.
—Pasá, te estaba esperando…
Tardé unos segundos en reaccionar… Luego entré, encogiéndome de hombros.

La habitación era individual. Un clon de la habitación en la que yo había estado. La diferencia residía en que las luces estaban apagadas y el único resplandor, tenue y enfermizo, provenía del velador de la mesa de luz.
Un hombre viejo, con demasiadas arrugas y manchas, calvo, estaba en la cama. Su cabeza estaba levantada gracias a tres almohadas.
Ni bien entré se giró, me miró y levantó los brazos.
—¡Cinco conejos por el Pentáculo del Bien y cinco conejos por el Pentáculo del Mal! —exclamó entusiasmado. Hizo un gesto extraño con las manos y luego agregó—. ¡Y un último conejo por las visiones de Aliester Crowley!
Sonrió de modo exagerado e hizo gestos para que me acercara. Yo cerré la puerta tras de mi, con delicadeza, y luego, sin despegar la vista del piso, caminé hasta la silla destinada a los visitantes. Me aclaré la garganta.
—Me mandaron a que le deje esto… —dije mostrándole el sobre.
—Mirame…
—¿Cómo? —pregunté alzando la mirada, intrigado por lo que acababa de oír.
—Sabía que ibas a venir… —sus ojos eran grises acuosos… Nada que ver con los ojos de mamá… Sin embargo me recordaban a alguien—. ¿Sabés cuántos años tengo?
Me volví a aclarar la garganta. El tipo me incomodaba… No gran cosa, pero si lo suficiente como para desestructurarme… Su piel parecía áspera, como la de un reptil.
—¿Ochenta?
—Casi… Noventa y dos… Y todavía me funciona la Magia… Ya te dije: sabía que ibas a venir…
—Se lo habrá dicho la rubia de tetas grandes —dije serio. No me gustan ese tipo de bromas, me ponen paranoico. Que la gente finja saber mucho de uno es algo que me revienta.
El viejo rió y luego su risa se transformó en tos.
—Ojalá viniera alguien con esas características… —exclamó, ahogado. Cuando se estabilizó siguió hablando, con un tono más duro—. Entiendo que no creas… Tu generación no confía en los poderes de los ancestros…
Movió la cabeza en gesto negativo. Muchos tubos le salían del cuerpo. Estaba terriblemente flaco.
—No sé en qué confío…
—Sentate…
—¿Cómo?
Me miró muy fijo y tomé asiento.
—Decime una cosa… Esa enfermera de tetas grandes que acabás de mencionar… ¿Sabe que sos un Asesino?
Lo miré con recelo y suspiré profundo.
—Supongo que no…
—No tendrías que ponerte así… Cada uno tiene que ser feliz con lo que es… Tendrías que estar orgulloso de ser un Asesino…
Bajé la vista y sentí mucho frío. Siempre que hablo con un desconocido me pasa lo mismo: me siento incómodo pero a la vez me dan ganas de desahogarme… Me dan ganas de largar esas cosas que ni siquiera cuento a las personas con las que trato a diario. Creo que eso es lo que me vuelve vulnerable con el entorno. Es una mierda.
—El problema es que no quise matar a nadie…
El viejo frunció el entrecejo.
—Negarse a uno mismo es muy perjudicial —dijo a modo de reproche.
—¡No me estoy negando! —dije alzando un poco la voz—. Yo quería que ese conejo fuera libre, por eso lo robé de la casa de los vecinos… Lo tenían en una jaula muy chica y con ese perro estúpido ladrándole todo el día… Se iba a quedar sordo si alguien no lo sacaba… Y no es que yo tenga mucha conciencia sobre los animales y esas cosas… No soy vegetariano ni nada… Pero ese conejo estaba sufriendo… Yo… lo sentía.
El viejo dejó al descubierto unos dientes horribles, en una mueca (tan horrible como sus dientes) cómplice.
—Por eso lo mataste… ¡Dios bendiga a los Asesinos que nos liberan del dolor! ¡Dios bendiga al gran Jack el Destripador!
—¡NO! ¡Mi idea no era matarlo! —me levanté de la silla y me dirigí hasta la cama. Sentí como se me erizaban los pelos de la nuca—. Yo se los robé para soltarlo en un campo que hay cerca de casa… Lo subí al auto de mi hermana y lo llevé por la ruta… El conejo iba en el asiento de atrás… Yo lo miraba por el espejo retrovisor y me sentía muy bien… Cuando llegamos a la zona donde yo quería paré en la banquina y lo bajé… Saltó al césped, contento… Hasta me pareció que se reía y yo pensaba en que el perro estúpido ya no iba  a poder torturarlo…
Me detuve para tomar aire. Me di cuenta de que temblaba. Continué:
—Cuando estaba por irme, satisfecho, el conejo empezó a saltar hacia la ruta.  El tipo del camión ni lo vio… O hizo como que no lo vio… Le pasó por arriba y siguió de largo…
El viejo empezó a toser y de a poco la tos se convirtió en carcajadas.
Volví hasta la silla y me senté. Apoyé los codos sobre las rodillas y descansé la cara sobre mis manos. Por unos largos segundos me sentí muy desdichado.
—Se murió a las 11:11 de esta mañana. Miré el reloj ni bien subí al auto... Manejé hasta casa con muchas ganas de vomitar… Y cuando llegué me encontré con todo el revuelo… El conejo era de una nena de 5 años… Cuando no encontró a su mascota salió a buscarla y sus padres no se dieron cuenta… Salió a la calle y la mató un auto… Simple.
El viejo abrió grande los ojos, con un entusiasmo morboso.
—¿Asesinato múltiple? ¿Me estás haciendo una broma?
Negué con la cabeza.
El hijo de puta se volvió a reír.
—Cuando me lo dijeron subí a mi habitación, al segundo piso… Me senté en el marco de la ventana y prendí un cigarrillo… No fumo seguido…
—Ahí te deprimiste por tu profesionalismo como Asesino y te tiraste…
—No… Me caí… Estaba mirando las flores del jardín y me mareé…
—¿No te quisiste matar?
—¡NO!... Es decir… Sé que tengo motivos… Pero no… Cuando me caí estaba pensando en una ex novia…
Por un rato se instaló el silencio. Me acordé de la carta que me había dejado Luciana: “Nosotros vamos a estar en el funeral de Amanda… No se te ocurra venir”. Por supuesto que no pensaba ir… Hay que ser un enfermo para ir al funeral de una nena de 5 años.
Después pensé en Cecilia. En Cecilia y en las flores violetas del jardín.
—Igual no entiendo por qué te avergüenza ser un Asesino…
—No me avergüenza ser un Asesino… Me avergüenza no tener remordimientos… No siento dolor por lo que pasó… —lo analicé mejor y agregué:—. Bueno… por el conejo un poco…
—Probablemente salvaste a esa nena de que la violaran y la mataran en un baldío…
—Entonces soy un héroe… —dije con ironía y algo de tristeza.
—No vas a poder comprobarlo nunca… pero estoy seguro de que esa nena murió a la misma hora que su querida mascota… Cuando uno es chico es fácil crear vínculos con animales… 11 y 11.
Otra vez el silencio… La oscuridad me empezó a parecer algo malo. La sentí como algo palpable. El cuerpo me empezó a picar. Me di cuenta de que el olor allí era asqueroso. Me levanté.
—Me voy… Acá le dejo el sobre…
—No… —el viejo me señaló con un dedo retorcido de uña amarillenta y larga—. Yo tengo algo para vos… Ahora que conozco tu historia entiendo mejor por qué tengo que dártelo… Pero primero vas a leerme eso que tenés para mi…
Iba a decirle al tipo que no quería nada de él… Pero hubiera sido una mentira. La curiosidad es un bicho siempre hambriento.
Saqué la hoja que había en el sobre. Allí figuraba un nombre que ya olvidé y un diagnóstico.
—Acá dice que su enfermedad es terminal… Supongo que esto no era para que lo leyera usted… Algún pariente…
—No tengo parientes, se murieron todos… ¿Cuánto me queda?
Bajé el papel y miré al viejo a sus profundos y agonizantes ojos grises.
—Poco…
—¿Poco?
—Poco —asentí.
El viejo metió la mano bajo las almohadas y con trabajo sacó algo que había allí. Era un llavero con una pata de conejo incrustada.
—Toma, dicen que es de buena suerte… Además parece que tenés algo con los conejos…
Agarré lo que me daba y lo levanté para verlo mejor.
—¿Es de un conejo de verdad?
—No sé…
Me lo guardé en el bolsillo, sin agradecérselo.
—Tengo noventa y dos, ¿te dije?
—Sí…
—¿Y que tenés un aspecto horrible? ¿Eso también te lo dije?
—También…
El viejo cruzó las manos sobre el pecho y miró hacia el ventilador que pendía sobre él, a unos cuantos metros.
—Daría cualquier cosa por seguir viviendo… En cambio vos no tenés veinte y ya quisiste matarte…
Hice un bollo con la hoja que tenía en la mano y la dejé caer. Empecé a caminar hacia la puerta.
—Esteban…
—¿Qué? —no le pregunté cómo sabía mi nombre.
—Sos un Asesino de buen corazón…
Bufé y salí dando un portazo.
Unos segundos después volví a entrar y golpeé al viejo con fuerza en el rostro.
Eso me ayudó a irme más tranquilo.
Me cago en el poder de los ancestros.

[continúa]


11 Flores violetas...

20 mar. 2010

11 Flores Violetas para el Funeral de un Conejo Blanco



[El siguiente relato se pulicará por partes. La presenté es la parte 1 de 3]


I.

Me despertó un bocinazo. Esa clase de bocinazo largo, histérico, psicótico. El equivalente a una puteada en el trastornado mundo de los automovilistas. Lo escuché de lejos, amortiguado, pero así y todo pude entender su naturaleza y deducir que se trataría de un camión. La imagen que me vino a la mente fue la de un tipo gordo, gesticulando, escupiendo, con algunos dientes menos, casi calvo, desprolijo, de brazos peludos, camiseta blanca, sucia, sudada… el prototipo: siempre termino en el maldito prototipo. A veces me fastidia mi falta de imaginación.
Lo primero que vi cuando abrí los ojos fue a mamá e instantáneamente se me hizo un nudo en el estómago. Percibí un olor extraño y familiar. Me desorientó la posición en la que estaba la cama en la que me encontraba acostado. Observé la ventana cerrada, la lámpara, la televisión apagada. Supe dos cosas de inmediato: era de noche y esa no era mi habitación.
Paredes blancas, no el poster de Delta Whitte, mi actriz porno favorita… paredes blancas, no el poster rotoso de “Alicia en el país de las maravillas” que había robado de un video club hace unos años…
Paredes blancas… claro, otra vez en el hospital. Me llevé una mano a la frente, molesto, y no me sorprendió ver la tira que apretaba mi muñeca.  
—La última vez que estuve en un hospital pasé once días sin tener una erección… no sé qué me inyectan pero no me agrada —mi propia voz me sonaba pastosa, sentí ganas de escupir pero no supe dónde. De haber estado solo hubiera escupido en el suelo.
—Tampoco es tan importante una erección —susurró mamá, con tranquilidad.
Sentí el calor subiéndome por las mejillas… sentí la reacción natural del cuerpo, pero no sentí vergüenza. Puedo hablar de erecciones con cualquier persona. De hecho recuerdo haber hablado de erecciones con seres inanimados.
—Por no poder tener una erección me peleé con Cecilia…
—¿En serio?
La miré. No sé por qué no tuve la suerte de nacer con su mismo color de ojos. Un verde como apagado, más hermoso que cualquier otra cosa. Yo comparo esos ojos con la fotografía de un paisaje de esos que transmiten paz e inquietud. Una plaza vacía en un día nublado.
—No me imaginaba que Cecilia fuera de la clase de chica que deja a alguien porque no tenga una erección… —siguió mamá.
—No dije que me dejó… dije que nos peleamos… me pareció muy hipócrita que ella me dijera que una erección no era importante.
—Hay muy buenas formas de suplantar a un pene…
—Eso es ridículo —exclamé interrumpiéndola. Con un poco de dificultad logré incorporarme y arrastré la espalda por la pared hasta quedar sentado—. Mamá, Cecilia y yo tenemos 17 años, necesitamos sexo de verdad… sino alguien termina frustrado…
Tuve un leve mareo, me tomé una pausa bastante larga antes de continuar. Cada célula de mi ser sintió repulsión por ese lugar asqueroso, monótono y exageradamente pálido.
—No digo que no crea en la fuerza de los consoladores, sólo digo que esa es una religión para la que soy muy joven —lo solté todo muy rápido. La rematé yendo al grano—. Quiero… Necesito tenerla dura y sentir que estoy entrando en alguien… es así de simple y punto.
Mamá se encogió de hombros dejando ver que me entendía pero que no compartía mi punto de vista. Eso no me gusta de las madres… eso de “hace lo que quieras” es una maniobra psicológica que implica una gran dósis de mala leche.
Nos quedamos un rato en silencio. Aproveché para pensar en Cecilia. Me pregunté si en ese momento estaba acostada con alguien. La imaginé semidesnuda, besando otro cuerpo. Para mi sorpresa no sentí odio, sino que una enorme tristeza.
—¿Por qué te quisiste suicidar? —me preguntó mamá sacándome (gracias a Dios, Buda, Isis) de mis pensamientos.
—¿Otra vez lo mismo?... Yo…
Me quedé mudo: mamá tenía dos enormes orejas de conejo, blancas, que parecían brotarle del cuero cabelludo.
Una serie de imágenes invadieron mi mente: un perro ladrando furioso, un gancho difícil de destrabar, una ruta, el sol imponente, caras sorprendidas, césped, espacio amplio, verde, verde, más sol, gris, líneas amarillas, sangre en las zapatillas que más me gustan, rojo, sol, ruta, verde…
Sacudí la cabeza con fuerza. Al lado de mi cama sólo había una silla vacía. Mamá no estaba.
Mi mamá había muerto hacía cinco años, en un accidente de tránsito.
Estaba solo en la habitación. Al menos no era una habitación compartida.
“¿Y Luciana?”.
Mi hermana siempre era la primera en estar cuando yo estaba en el hospital. Me fastidiaba bastante, pero en ese momento deseé que estuviera para que me contara sobre sus obras de teatro y esas cosas.
Miré el reloj circular, insípido, como todo allí, que colgaba de la pared. Eran las nueve en punto. Suspiré. Cerré los ojos y de pronto me sentí caer. Los volví a abrir con brusquedad.
Caer…
Caer, las flores acercándose a toda velocidad…
Todo encajó a la perfección. El corazón se me aceleró.
“¿En serio causé yo todo eso?”.
Unos minutos después descubrí la nota que había sobre la mesa de luz. Sí, soy muy despistado. En la primaria siempre me olvidaba la mochila y recién lo notaba cuando estaba por llegar a casa.
Volví a sentir la boca pastosa.
Tic- tac… tic- tac…
Del exterior llegó el ruido de un camión que pasaba a gran velocidad.
Escupí en el piso.

II.  

Luciana y yo tenemos una buena obra social. Es una de las pocas cosas buenas que pudo darnos mi viejo. Y no me importa como suene esto y menos me importa las conclusiones que saquen sobre mi: nunca, jamás, pisaría un hospital público. Lo hice una sola vez, cuando tenía siete años, y tuve pesadillas por meses. Pasillos interminables, laberínticos… gente, mucha gente, quejidos, decadencia,  ropa rota, rostros sucios, muertos vivos, una recepcionista  con un tic nervioso, mucha infección, podridos, gusanos, médicos con cara de pervertidos… y brujas, brujas detrás de las paredes, seguro, frotándose con escobas, maldiciendo a los recién nacidos, torturando a los agonizantes… Moho en el techo de las habitaciones… y el olor…
Es definitivo, jamás voy a volver.
Mi ropa estaba pulcramente doblada en el baño. Me vestí sin prisa (las zapatillas manchadas, náuseas), eché una meada larga y me miré en el  espejo. Tenía dos grandes moretones bajo los ojos. Casi parecía un antifaz.
—A la mierda —solté y me empecé a tocar la cabeza en busca del golpe… para mi sorpresa no lo encontré. En ese instante comprendí que la lesión era mucho más grave de lo que yo podía imaginar… pero no me importó.
Escuché que la puerta de la habitación se abría. Me preparé para el circo de los doctores al que tan acostumbrado estaba. Largué un bufido que procuré que se escuchara para el recién llegado y cerré de un manotazo la puerta del baño.
Esperaba que alguien me dirigiera la palabra. Esbocé mi mejor insulto, lo adorné, me sentí orgulloso de él… pero no pude parirlo.
“Lo lógico es que me pregunten si estoy bien”, pensé, indignado y frustrado al cabo de unos minutos. Agudicé el oído: era evidente que alguien había entrado… alguien con mucha paciencia.
  Salí del baño con violencia. Me desconcertó un poco ver sentada sobre la cama a una enfermera joven. Siempre me había tocado lidiar con enfermeras y médicos mucho más grandes… y sobre todo en las guardias nocturnas, así que esa chica era toda una rareza. Sin embargo no alcanzó para que yo cerrara mi bocota.
—¡Podría haber estado desmayado ahí adentro! ¡O muerto! Si me hubiera caído y me hubiera golpeado ya estaría desangrado… Se supone que si estoy acá es porque estoy débil… ¡O enfermo! O algo… Y tendrían que preocuparse…
Me quedé en el lugar, respirando agitado, con los puños cerrados.
La chica me miró con una gran sonrisa. Dos cosas me llamaron la atención: Sus tetas de tamaño más que considerable y una cicatriz de unos diez centímetros que le surcaba el cuello en el lado izquierdo.
—¿Y si te hubieras muerto, qué? —soltó ella con una voz dulce, llena de armonía—. Estas acá porque saltaste del segundo piso de tu casa… ¿Por qué te quisiste matar?
—¡No me quise matar!
—Y no es la primera vez que entrás por algo así…
No despegaba sus ojos burlones de los míos.
—Nunca me quise matar…
Ella asintió, pensativa.
—Entiendo —exclamó—. ¿Entonces? ¿Por qué te quisiste matar?
Negué con la cabeza, resignado, sabiendo que sería inútil seguir con esa conversación. Me crucé de brazos y me apoyé en una de las paredes. Creo que fingí más enojo del que realmente sentía. Centré mi vista en la cicatriz de la chica, para hacerla sentir incómoda. Latía.
—Está bien, no me cuentes… —dijo ella sin perder la cordialidad y la sonrisa. Tomó unos papeles y una lapicera que estaban a su lado—. El médico sugirió que te quedaras para que te hagan una tomografía mañana… Pero supongo que te vas a escapar, ¿no?
—Sí.
—Me alegro… Sos menor de edad y el hospital puede tener problemas si te vas… —miró algo en los papeles, concentrada—. Si igual te interesa hacerte la tomografía podés venir pasado mañana que está el médico encargado…. Es decir… El 13 de Noviembre a partir de…
—No voy a venir —la interrumpí. Me miró y se pasó la lengua por los labios.
—Te lo digo porque capaz querés cuidar tu salud… —y agregó con burla:—. Ya que vos no querés morirte…
—No dije que no quería morirme… —le retruqué—. Dije que no quise ni quiero matarme…
La chica largó una carcajada y se incorporó. Se alisó el uniforme y pude ver que el prendedor en el que se leía su nombre estaba tachado con brusquedad y sólo se veía la primer letra: una K.
Guardó la lapicera y los papeles en uno de sus bolsillos y de otro sacó una enorme jeringa y un pequeño gotero.
Al ver eso debo admitir que me alarmé. Me despegué de la pared y retrocedí unos pasos. Varios malos finales se me cruzaron por la cabeza.
—Tranquilo… —dijo K., al tiempo que empezaba a llenar la jeringa.
No supe qué hacer ni qué decir. Me quedé observándola como un idiota, contando gotas, evaluando la posibilidad de salir corriendo o tomar la silla para usarla como arma de defensa… O…
Pero me limité a contar, estupefacto… Nunca me hipnotizaron y no permitiría que alguien lo hiciera… Pero supongo que el estado debe ser parecido.
Siete gotas, ocho gotas, nueve gotas, diez gotas, once gotas.
Guardó el gotero.
—Brindo por vos y por todos los cobardes del Mundo —exclamó y se clavó la aguja en el brazo, sin dudarlo.
Miré para otro lado, por instinto. Cuando volví a ver la jeringa había desaparecido. El rostro de la enfermera estaba más brillante y la cicatriz le latía con más fuerza.
—No voy a avisar a nadie que te vas… Pero los favores se pagan con favores… Antes de irte dejá esto en la habitación 56…
Metió la mano donde había metido las hojas hacía unos minutos y sacó un sobre.
Sin ser muy conciente de lo que hacía, lo agarré.
—Pero…
Se llevó el índice a los labios. Una enfermera indicando silencio. Me causó risa.
Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Cuando lo hizo, sus tetas rozaron mi pecho.
Me sentí desorientado pero al menos tenía una erección…
Y eso era bueno.

[continúa]

"Todos los caminos..."

"Todos los Caminos conducen a Innsmouth"


Me encontré con la Bruja en una calle sin nombre, en el edificio Fantasía, en el piso 13 (claro, elemental). No alcanzamos a presentarnos cuando ella me dijo:
-El Joven Manos de Tijera aún está vivo… Pero alguien quiere matarlo…
-Yo estoy viejo para esas cosas…- le respondí.
-Pero si vos no lo hacés entonces no va a poder hacerlo nadie….
-¿Indiana Jones?
-No…
-¿Por qué?
-Porque no…
Iba a insistirle en que Indy era mejor opción que yo… Pero desistí cuando ví su mirada de odio.
-¿Y dónde está El Joven Manos de Tijera?
-En un cuento de Lovecraft… En Innsmouth…
Entonces fui yo el que se alteró:
-No, no, no… Si fuera un cuento de Poe puede ser… ¡Pero Lovecraft...!
-Callate…
Definitivamente la Bruja tenía más carácter que yo.
Suspiré resignado.
-¿Y cómo llego a Innsmouth?
-En un DeLorean…
-Si, ¿pero dónde queda?
-¡DEBERIAS SABERLO!- gritó y luego agregó con una sonrisa- Innsmouth está muy adentro tuyo…
Saque un block de notas de mi bolso y anoté: “Hansel y Gretel son una mentira, llevo unos minutos acá y la Bruja no me ofreció golosinas”.
-¿Y quién quiere matar al Joven Manos de Tijera?
-Un Asesino a Sueldo... y vos, por si no te habías dado cuenta…
-No me gusta hablar de mis problemas- retruqué y guardé el block de notas otra vez en el bolso. Saqué una petaca de licor de frutilla y le di un trago largo.
-Lo importante es que It, no tiene nada que ver en esto… Él esta dispuesto a ayudarte…
-¿A que lo salve o a que lo mate?
Ella bufó de impaciencia.
-La sociedad capitalista es un lugar demasiado violento…
-Ya sé…- susurré y miré el piso. Analicé la situación y di mi veredicto- Quiero evitar este crimen…
-¿Confías en la Magia de la Nieve?
-Tal vez…
La Bruja me guiño un ojo y se desabrochó los botones delanteros del vestido, entre medio de sus pechos había un Conejo Blanco. Lo tomó con sus dedos largos y me lo dio.
-Llevalo en un hombro- exclamó- Sé que no vas a defraudarme…
Coloqué al Conejo donde ella indicó y supe que lo había bautizado Frank aún antes de pensar en bautizarlo.
Me sentí inmensamente excitado. Ella lo percibió y por eso se abrochó el vestido con lentitud, dejándome ver mucho. Me sentí un tanto incómodo y rompí el silencio con lo primero que se me cruzó:
-¿Por qué los helados de vainilla se derriten antes que los de chocolate?- arqueé una ceja para que la pregunta sonara interesante.
-Por la misma razón que si encontrás al Asesino a Sueldo tenés que matarlo…
-Perfecto…
-Y si de camino te encontrás con ese tipo que tiene un programa de chimentos en la televisión también matalo…
-Hay muchos programas de chimentos…
-Matalos a todos…
Asentí.
-Bien, entonces ya no hay más nada que hablar… Se me hace tarde…- consulté mi reloj y vi que faltaban sólo 12 horas para el Fin del Mundo.
La Bruja se puso triste y su pelo cambió de colores muchas veces. De no haber sido daltónico aquello me hubiera dejado ciego.
-¿Cómo llegaste hasta acá?- me preguntó- ¿Cómo me encontraste?
Me encogí de hombros con sinceridad.
-No sé… Me venía siguiendo un hombre lobo, corrí mucho y me perdí… Quise volver a casa pero no encontraba el camino y le pedí ayuda a un zombie que encontré en una esquina... Tengo buena relación con los zombies… Me gusta como se les explota la cabeza… Él me señalo este edificio… Eso fue unos segundos antes de que sus sesos se esparcieran por todos lados…
Ella me miró con dulzura.
-Andate, por un tiempo ya no te quiero ver…
En ese momento me sentí muy solo y tuve ganas de quedarme, pero me di vuelta y caminé hacia la puerta.
-Y una cosa más...- me dijo mientras yo estaba de espaldas- Recordá que un impotente no es más que un hombre al que el pene se le vuelve emo…
Largó una carcajada y cuando quise mirarla me di cuenta de que ya estaba en la calle.
Observé de reojo al Conejo Blanco que llevaba en el hombro, consulté mi brújula (como siempre no la entendí) me acomodé la gorra gastada, me até los cordones y me dispuse a emprender el viaje.
Unas cuadras después me sorprendió comprobar que mis bolsillos estaban llenos de caramelos.
Me sentí una porquería.

Cuatro Jinetes...

Cuatro Jinetes, Diez Cervezas y un Unicornio Muerto


Destapé la décima cerveza, le di un trago largo y caminé sin tambalearme hasta la ventana.
La luz de la calle seguía parpadeando, las sirenas sonaban a lo lejos; por momentos un resplandor, extraño, rojizo, brillaba en el cielo. Autos abandonados, un camión verde en la esquina con cinco tipos con armas y mascaras raras, la vecina gorda muerta en mitad de la calle después de haber saltado de la terraza, su perro aullando al lado, el tipo del quiosco de enfrente asomado como yo a la ventana…
Suspiré. Estaba aburrido… Cansado… Todo el asunto del Fin del Mundo me había hinchado las pelotas. Demasiado escándalo. Encima esa era mi última cerveza… Cuando la terminara ya no habría más y no iba a poder salir a comprar otra…
El del quiosco, con los ojos muy abiertos, me señaló a los del camión verde. Lo ignoré y cerré las cortinas. Hacia ya un par de días que venía jodiendo con rebelarse a los militares o lo que carajo fueran…
-Que se curtan todos- pensé y me dirigí al sillón. La tele estaba muerta y tenía aún el souvenir de nuestra última pelea. La pata de una silla estaba incrustada en la pantalla.
La luz se iba y venía, por eso tenía velas por todos lados… Cuando se armó el caos fui uno de los primeros en llegar al supermercado: tengo el don de presentir cuando la gente se va a volver idiota… me gasté lo que me restaba del sueldo en cervezas y velas… Después me enteré que todos saquearon el lugar… No es que me molestara gastar mis 50 pesos… Pero podría haber tenido más bebida…
Traté de relajarme… No pude.
La sirena seguía sonando a lo lejos. Insoportable.
Me acordé que tenía pilas guardadas. Las busqué y se las puse al equipo de música. La radio hablaba de nuevas explosiones y muertes en…
La saqué, puse mi cd preferido y subí el volumen… Jim Morrison gritó por los parlantes. Brindé, en soledad, por eso.
Entonces apareció ella.

Golpeó suave y es raro pero la escuché…
Agarré una de las botellas vacías y la golpeé con fuerza contra el borde de la mesa. Caminé hasta la puerta decidido a enfrentarme al que me viniera a decir que bajara el volumen….
-Que se curtan todos…
Abrí y la ví. Tenía el pelo largo y morocho, era pálida, tetas grandes, labios rojos y ojos inquietos. Tenía una bata como la que usan los enfermos en los hospitales pero más corta, no tenia corpiño y llevaba en la mano una mochila de motivo infantil, con el dibujo de un conejo.
-Yo podría salvarlos a todos- dijo muy segura de si misma.
Tenía zapatillas de lona gastadas, desatadas y medias a rayas blancas y negras que le subían hasta un poco por encima de las rodillas.
-Además tengo esto… -siguió. Abrió la mochila y me mostró el interior. Había licores, una botella de whisky y muchas latas de cerveza.
Intercambiamos sonrisas y entró.
No le pregunté cómo había sido que los del camión de la esquina la habían dejado pasar.
Destapó el whisky. Yo agarré una de las latas: estaban frías y el calor era sofocante.
Lo primero que hizo fue bailar. Se subió al sillón y empezó a moverse al ritmo de los Doors con una gracia particular.
No probó una gota del whisky, sino que para mi sorpresa se vació media botella encima. La bata se le pegó al cuerpo.
Me hizo señas y me acerqué, ahora si tambalente… Bailé con ella y por primera vez no me sentí torpe.
Me tomó con suavidad de la mano y sentí mucha intimidad en ese acto… Ella se rió con timidez y volcó lo que quedaba de la botella sobre mí… Sentí calor. Mucho. Me tomé la lata de cerveza de un trago.
Se acercó y susurró en mi oído:
-Soy un conejo… Los conejos vamos a sobrevivir al Apocalipsis… Los conejos somos inmunes al fuego… El mundo quedara habitado sólo por conejos… Va a ser divertido…
Era lo más coherente que había escuchado en meses.
-¿Sabés por qué empezó todo esto?
Negué con la cabeza mientras empezaba a acariciarla.
-Un tachero atropelló a un Unicornio en la 9 de Julio… Después de eso bajaron los cuatro jinetes…
Con lentitud se recostó en el sillón y me arrastró con ella.
-Tacheros de mierda- dije sólo por decir algo, mientras ella empezaba a frotarse contra mi- Son todos unos psicópatas…
Ella me miró fijo a los ojos y largó una carcajada suave.
-Tacheros de mierda…- repitió y empezó a acariciarme- Yo podría salvarlos a todos… Conozco el secreto…
La besé a través de la bata, el whisky me lastimaba los labios.
-¿Por qué no te importa?
Mientras lo decía me clavó las uñas. Sangré.
Acaricié sus piernas hasta llegar a los muslos. Nos besamos con pasión.
-¿Por qué no estás salvándolos si es que podés?- susurré a su oído, sonriendo.
Ella me miró, casi indignada. Se mordió el labio inferior con fuerza, con deseo. Pronto su sangre se mezcló con la mía. Sin sacarse la bata se sacó la ropa interior, con furia, enojada por mis palabras, desafiante.
La música parecía aumentar de volumen.
Sentí su humedad, ardiente.
Comenzó a cabalgarme sin despegar sus ojos de los míos. Con fuerza, gimiendo.
-Te escapaste del hospital neuro-psiquiátrico que hay a dos cuadras- le dije mientras mi cuerpo era invadido por pequeños temblores…
Ella aumentó el ritmo.
-Y vos aún pensás en la última chica que te dejó… Te destruyó…
La recorrí con mis manos, extasiado, perdiendo conciencia y siendo conciente de todo.
Ella se estiró hasta agarrar una de las velas encendidas. La acercó a mi, mientras ambos reíamos.
Las llamas cobraron vida al instante.
En el segundo antes de la explosión final ella se pegó a mi cuerpo y volvió a acelerarse.
Ambos gritamos.
En los últimos instantes, por encima de la música, pude escuchar disparos y a mi vecino gritar algo acerca de la libertad. Puede ver como ella se separaba de mí, victoriosa: las llamas no habían saltado a su cuerpo.
Los dos susurramos algo al unísono.
-Que se curtan todos…
Cerré los ojos. Ví un lugar lleno de conejos que saltaban de un lado a otro.
Fue lo último que ví.
Y fue tan aterrador como hermoso.

El DÍA QUE...

El día que No cambié el Mundo


Me metí en el baño y cerré de un portazo. Estaba histérico… No hubo un detonante en particular, sólo llegué a la rotunda conclusión de que aquello no podía seguir. Ya no podía fingir, me sentía mal, enfermo, desganado… Entré a uno de los individuales, bajé la tapa y me senté en el inodoro. Respiré hondo. Miré los límites que convertían mi mundo en un dos por dos… Todo tan pulcro, sin lugar para el desastre… Saqué una petaca de licor de la mochila. La bajé de un solo sorbo. Luego saqué un fibrón y me propuse  escribir sin que me importara nada… Pero antes tenía que hacer otra cosa.
Me bajé el cierre del pantalón y sin perder tiempo empecé a masturbarme.
A los pocos segundos apareció ella. No la escuché entrar. Antes de que pudiera hacer otra cosa ya había apartado la puerta de una patada y estaba delante mío, observándome. Tenía el uniforme del colegio: chomba blanca, pollera cuadrille, zapatos, medias hasta casi la rodilla, una mochila pequeña que dejó caer a su lado.
Se acercó y empezó a acariciarse todo el cuerpo, con delicadeza y furia. Se levantó la pollera, me mostró su humedad. Respiraba agitada. Sus ojos destilaban deseo.
Cuando ya no lo soporté estiré una mano para tocarla. Mis dedos encontraron su piel sudorosa y suave pero entonces me golpeó. Con fuerza, en la cara. Me percaté de que tenía una manopla. La miré sin entender, me sonrió…
Me mostró qué tan erectos estaban sus pezones. Volví a acercar una mano y me golpeó nuevamente. Esta vez escupí sangre.
Se aproximó hasta quedar sobre mi, sin que nos rozáramos siquiera. Empecé a masturbarme nuevamente y esta vez me dio un cabezazo. Acto seguido pasó su lengua por mi cara, me rozó el lóbulo de la oreja.
Levanté mis manos, en son de paz, y ella se levantó la remera y el corpiño. Empezó a pasarme sus pechos por el rostro, mientras gemía.
Quise lamerla, pero me sorprendió con una piña en las costillas. Tosí.
Se paró en el borde del inodoro y se giró. Bailó con suavidad  a tres centímetros de mi. Luego me expuso su sexo y sentí cómo se me hacia agua a la boca. Quería hundirme en ella. Volví a agarrar mi pene y ella me pateó.
Bajó con delicadeza y frotó su cuerpo con el mío. Me besó, se entretuvo un rato entre mis piernas. Cuando empecé a moverme casi me vuela un diente. Salpiqué de rojo la pared.
Por último se paró, se metió la mano bajo la ropa interior y empezó a masturbarse, gritando. Yo grité con ella mientras mis manos temblaban a centímetros de su piel. En el segundo final la agarré de las nalgas y la pegué a mi. La sentí acabar contra mi pecho agitado. Yo manché sus muslos. No le importó.
Se separó de mi extasiada y me rompió la nariz. Me reí a carcajadas.
—¿Por qué estabas haciendo eso cuando entré?— me preguntó, acomodándose la ropa.
—Estaba tomando coraje… —dije, levantando la cabeza y tratando de parar la hemorragia con la mano—. Voy a escribir todo este lugar de mierda… Voy a rebelarme.
Rió y me acarició el pelo, con amor.
—¿Y vos? —quise saber—. ¿Por qué acabas de hacer… esto?
—También estaba tomando coraje… —respondió. Tomó su mochila, la abrió y sacó un arma—. Voy a matar al director.
Me guiñó un ojo y se marchó con paso firme.
Revolución.
La revolución… No sorprende que sea una palabra femenina.
Me desmayé y no me desperté hasta que el disparo retumbó en todo el lugar.
Estaba feliz y tenía, nuevamente, una erección.
Volví a guardar el fibrón.